La pantalla del siglo

La piedra ausente: El Tláloc y su traslado al DF

Cómo olvidar mi primera visita a la ciudad de México? Como cualquier turista extranjero visité el Museo Nacional de Antropología en el parque de Chapultepec. Fue una especie de peregrinación llena de fascinación y respeto por las culturas prehispánicas que sólo conocía a través de catálogos y documentales. Encuentro en mi memoria la imagen del monolito de Tláloc cuyo tamaño, peso y textura parece proteger la entrada al Museo Nacional de Antropología con su patio central y la columna – un inmenso hongo escondido detrás de una cortina de agua – que invitan al visitante a descubrir sala por sala las culturas indígenas. El choque entre el cuadrado monolito gris y la ligereza de la arquitectura del museo me impresionó. Lo que no sabía y nunca me pregunté en aquel entonces, fue de dónde venía el gigantesco monolito y cómo fue a dar al lugar dónde está actualmente. Parecía haber estado ahí desde siempre, como testigo del pasado y custodio de un museo del presente.   

La gira de documentales Ambulante que visitó nuestra ciudad en 2013 incluyó en su programa el documental La piedra ausente que me impresionó porque me hizo recordar mi primer encuentro con Tláloc, el dios de la lluvia, y mi primera visita al Museo Nacional de Antropología. El documental realizado por Sandra Rozental y Jesse Lerner (1913) me llevó a una viaje en el tiempo al informarme cómo, dónde y cuándo se descubrió el monolito, por qué el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez decidió ponerlo enfrente del museo recién construido y lo que implicó, hace cincuenta años, trasladar la inmensa roca tallada al centro de la ciudad de México. Con asombro los espectadores descubrimos la historia de un hallazgo arqueológico y la hazaña de arqueólogos e ingenieros de trasladar un peso de tal magnitud. Pero también nos enteramos del lado humano de las cosas, del apego de un pueblo por un símbolo que le da identidad y de la capacidad de resistencia de una comunidad frente a las imposiciones del poder.

El documental mezcla varias líneas narrativas y estilos estéticos para narrar con detalle dónde se ubicaba “la piedra” y qué significaba para el pueblo de San Miguel de Coatlinchán, Texcoco. Para los habitantes de la región la piedra no sólo era un centro de reunión, un espacio para un día de campo y un punto de encuentro para novios y grupos de jóvenes, sino que se trataba de una piedra que representaba una diosa prehispánica. (Sí, la piedra tenía género femenino). Los recuerdos que los habitantes del pueblo comparten con el espectador conmueven profundamente puesto que los mayores hablan de la pérdida de una pieza que creaba identidad mientras que los jóvenes muestran a la cámara cómo luce la plaza del pueblo con la réplica que “el gobierno” mandó construir.

A través de testimonios y material de archivo también se documenta la lucha que el pueblo libró para que no se llevaran a su diosa/piedra. Fueron meses de resistencia y negociación contra “la autoridad”. Todo terminó cuando en abril de1964 los tráileres y la plataforma construidos especialmente para soportar las 167 toneladas de peso, partieron lentamente rumbo al Museo Nacional de Antropología del DF.   

El clímax del filme es, sin duda, el paso del convoy por el Zócalo de la ciudad de México. Con material de archivo de noticieros de televisión y testimonios de ingenieros y transportistas responsables del traslado, se sigue el lento paso de la piedra por la ciudad y la torrencial lluvia que acompañó al dios de la lluvia hacia su nuevo hogar. Los habitantes del Coatlinchán, en cambio, se quejan de la sequía que padecen desde que los despojaron de la pieza.  

La riqueza del material de archivo y la pertinencia de las opiniones de los personajes entrevistados – entre ellos el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez - construyen un documental valioso y emocionante. Quizás para contextualizar o facilitar la observación de un espectador poco familiarizado con la historia de México, los realizadores ilustraron cierta información sobre rituales indígenas con dibujos animados al estilo de los códices. Me parece que las secuencias animadas interrumpen el ritmo y flujo del documental con un tono didáctico que disminuye el suspenso y la emoción. Por cierto, el 16 de abril 2014 se cumplieron 50 años desde el traslado de Tláloc al Museo Nacional de Antropología. Es hora de darse una vuelta al DF para verlo con ojos e información renovados. 

annemariemeier@hotmail.com