La pantalla del siglo

Una perdida entre muchos perdidos: "Gone Girl"

En el quinto aniversario de boda Nick Dunne (Ben Affleck), ex escritor y propietario de un bar, empieza su día como cualquier otro. Sale de la casa, se dirige a su bar, toma su primer trago y platica con su hermana quien atiende la barra. Su vida cambia cuando regresa a casa. En lugar de encontrar a su esposa lista para festejar, hay muebles tirados, una mesa de vidrio rota y ningún rastro de su esposa. A partir de ahí su vida se vuelve un caos y el relato fílmico un rompecabezas en varios tiempos. Por un lado se narra la crónica de los días que pasan desde la desaparición de Amy (Rosamund Pike), se da seguimiento a la búsqueda de la mujer por parte de la policía, los padres, amigos, vecinos y  medios de comunicación. En otra línea temporal se arma la historia de la pareja desde que los dos se conocen, enamoran, casan y se cambian de Nueva York a Misuri. También se da seguimiento a la escritura de un diario en el que Amy relata las etapas de su relación de pareja con Nick.

Es a través de las secuencias que suceden en varias épocas que el espectador se entera de los antecedentes de Amy quien fue una especie de niña prodigio, protagonista de una serie de libros editada por su padre. Es en este momento que el espectador empieza a comprender que como niña, joven y esposa, Amy, es una especie de construcción y invento imaginario de su entorno, los padres, pretendientes, el enamorado Nick, los vecinos y loa medioa. La belleza, inteligencia, elegancia, riqueza y una conducta algo enigmática convierten a la joven mujer en una heroína - y víctima - ideal para los medios de comunicación de la provincia de EUA que compiten por “descubrir” al sospechoso de asesinato e instrumentar una campaña de linchamiento.          

Es imposible completar la sinopsis sin revelar más detalles, puesto que el atractivo del filme reside justamente en la estructura y los giros argumentales que muestran una y otra vez que nada es lo que parece. El juego con las idas y vueltas del presente al pasado, además de las secuencias e inserts que no revelan su procedencia, llevan al espectador a una aventura incierta y llena de engaños y manipulaciones en las que se ve envuelto (y reacciona igual que la mayoría de los personajes del filme). Por ejemplo la simpática detective asignada al caso, quien se siente perdida por los giros que da la investigación y refuerza la impresión del espectador con un suspiro desconcertado y la expresión “Ya no entiendo nada”.  Ciertamente es la característica del thriller, definido y realizado magistralmente por Alfred Hitchcock, la de “torturar” (de manera placentera) al espectador con anticipaciones de lo que podría pasar - o podría haber sucedido. Sin embargo, Perdida es una construcción de las llamadas nuevas tendencias del cine, en las que la forma – en este caso la estructura – es más importante que la narración, es decir la anécdota del filme.   

No he leído la novela Gone Girl de la escritora estadounidense Gillian Flynn pero leí en una entrevista que David Finch convenció a la autora de formular ella misma el guión para el filme. Como maestro de la observación de personajes ambiguos,  atormentados y obsesivos y una puesta en cámara y en escena maravillosamente acertada, Fincher tomó el guión y creó un filme que sorprende e inquieta al espectador en todo momento. Quizás no tanto por lo que que narra sino por cómo dosifica la información, manipula la mirada del espectador, cambia la interpretación de los sucesos. Esta manera de jugar con las emociones y certidumbres del espectador es, desde luego, absolutamente premeditada y dirigida. Pienso que la película está dirigida a un público familiarizado con las tendencias del relato - literario y cinematográfico - no lineal y complejo. Al salir de la sala de cine me pareció descubrir varios rostros y miradas desconcertadas. Pero quizás es mi propio desconcierto que proyecté en las expresiones de otros puesto que, aunque me gustaron mucho la estructura, los giros argumentales y el juego con el tiempo, me quedé con una sabor de boca un tanto amargo.        

Al tratar de aclararme mi reacción, me di cuenta que lo que me disgustó tiene que ver con la tensión entre el tema y la manera cómo termina el filme. Me gusta el humor negro, la ambigüedad y las contradicciones que marcan al ser humano y la sociedad, envenenan las relaciones de pareja y pueden convertir el amor y el deseo en odio. Pero me parece incongruente que el clímax y desenlace le asignen la culpa principal a uno de los dos jugadores (o luchadores). Además, el personaje realmente malo tenía que ser el femenino. Desde luego que hay complicidad entre los esposos, se establece con claridad el poder de las televisoras, la ceguera del aparato de justicia y la fuerza de las convenciones sociales. Todos son ambiguos y contradictorios; sin embargo, hay una más mala que los demás. ¿Por qué tiene que ser siempre la misma?

 

annemariemeier@hotmail.com