La pantalla del siglo

"El pasado". Personajes al borde de un ataque de nervios

En un vuelo desde Irán un hombre llega al aeropuerto de París. Detrás de un ventanal que refleja los movimientos de los pasajeros lo espera una mujer quien lo descubre con una tímida sonrisa. El hombre se le acerca y trata de comunicarle algo a través del vidrio pero es imposible interpretar sus gestos. Más adelante observamos a los dos en un coche con rumbo a la casa de Marie. Entre ellos hay familiaridad pero también tensión puesto que Ahmad llega de Irán después de cuatro años de ausencia porque Marie le pidió firmar  los papeles de divorcio ante un juez. En el camino a casa de Marie, Ahmad descubre que su aún esposa tiene una nueva pareja y que ella y sus hijas de un matrimonio anterior comparten la casa con Samir y su pequeño hijo Fouad.  

Durante el arranque del filme Le Passé (El pasado) el espectador anticipa una trama de separación con un triángulo amoroso y los acostumbrados duelos de celo entre dos hombres y una mujer. Es cierto que Marie se encuentra atrapada entre su ex pareja, hijas y el nuevo compañero de vida. Sin embargo, la cosa es más compleja y complicada puesto que el filme arma una trama que describe no sólo la red de relaciones, dependencias y complicidades de un núcleo familiar sino también las necesidades y luchas internas de cada personaje que interviene en las “arenas movedizas” sobre las que están construidas las relaciones humanas. 

El iraní Ahmad (Ari Massafia) es un hombre tranquilo que regresó a Irán porque “no encajaba” en la cultura de Francia, según le dice un amigo iraní propietario de un restaurante. Interesante que de Ahmad, quien aparece como protagonista de la primera parte del filme, sabemos muy poco. Habla francés con acento y a pesar de ser el involucrado central se convierte en confidente y apaciguador de conflictos entre Marie y su hija adolescente Lucie quien se opone a una nueva relación de su madre. Pero también hay conflicto con el hijo de Samir quien a sus cuatro años, sufre por estar en casa ajena y tener a su madre en coma en un hospital. También la relación entre Marie y Samir es tensa porque los dos no sólo están atrapados en su pasado sino que no logran ver con claridad su presente y futuro.       

El realizador Asghar Farhadi llegó al cine después de haberse dedicado varios años al teatro. Como guionista y realizador le interesa el desarrollo de personajes complejos e incluso contradictorios. Como gran maestro de la puesta en escena de sentimientos y relaciones, sus filmes atrapan por la precisión con la que capta cambios de ánimo, explosiones de frustración y furia que dan paso a sentimientos de culpa y gestos de ternura. Sus anteriores filmes Firework Wednesday y Nader y Simi, la separación –que ganó el Oscar a mejor filme en lengua extranjera en 2012– sitúa la trama en Irán lo que obliga al espectador a relacionar los conflictos personales y sociales con la situación iraní. El pasado es su primer filme realizado en el extranjero y al tema de las relaciones humanas y el choque entre sexos y generaciones se le agrega el encuentro de culturas y la fragilidad del migrante, en especial si es indocumentado.         

El filme se nutre de los conflictos internos y externos de los personajes alrededor de un suceso traumático que está en el pasado. A manera de thriller psicológico descubre poco a poco lo que provocó el coma de la mujer de Samir y madre de Fouad. El proceso de descubrimiento involucra a todos, crea suspenso y dramatiza la trama que a ratos llega a la desesperación e histeria. El desorden caótico de la casa en la que conviven todos muestra con su infinidad de tiliches que el pasado guardado obstaculiza la libertad para vivir el presente y construir el futuro. 

La actriz Bérénice Bejo, hija del director de cine argentino Miguel Bejo, ganó la Palma de oro de Cannes por caracterizar a la francesa Marie. Su interpretación de una mujer estresada por la vida y continuamente “al borde de un ataque nervios”, es muy buena. Sin embargo, me parece que la extrema dramatización y verbalización de los conflictos son una debilidad –quizás la única– del filme. El incesante ir y venir entre sentimientos, reproches y explosiones de violencia emocional y física pueden cansar. Pero quizás eso sea una reacción cultural, una reacción que también tenemos cuando vemos a una madre o padre gritar o pegar a su hijo o a un automovilista insultar a un peatón que se le atraviesa en el camino.

A mis lectores siempre atentos: La pantalla del siglo se toma un descanso. Nos leeremos de vuelta en septiembre.

 

annemariemeier@hotmail.com