La pantalla del siglo

2016 en el cine


Estoy consciente que el título le queda grande a una columna que pretende hacer un recuento de las películas que me han impresionado en el transcurso de un año. Guadalajara se caracteriza por ser una ciudad “cinera” y contar con un público cinéfilo que no sólo acude regularmente al cine sino que busca estar al día de las novedades cinematográficas. Desgraciadamente la ciudad se ha quedado sin un circuito de exhibición alterno a las salas comerciales. ¡Cómo nos hace falta un hogar del cine como la Cineteca Nacional de la CDMX dónde la programación refleja las tendencias del cine mundial. Aquí vemos lo que nos dejan ver, y eso es, por lo general, el cine del mainstream y alguna que otra probadita de cine de autor del resto del mundo. El recuento de un año de cine se reduce entonces a la selección de lo que los circuitos comerciales exhibieron y el Cineforo y el FICG rescataron en forma de ciclos y muestras temáticas. Mi recuento de ninguna manera puede intitularse “lo mejor ni lo más taquillero del 2016” ya que la recepción – y la memoria -  de un filme es una cuestión subjetiva y que la taquilla muy pocas veces refleja los valores temáticos y estéticos de una película.

Empecemos con las más recientes obras de Quentin Tarantino, Woody Allen, Pedro Almodóvar, Stephen Frears, Todd Haynes, Clint Eastwood, Mira Nair y Nicolas Winding. Fue muy grato volver a constatar que siguen fieles a sus temas y búsquedas formales. Tarantino construyó con The Hateful Eight un Western “a puerta cerrada” que reúne y enfrenta a un ramillete de personajes y mitos del viejo oeste estadounidense. Stephen Frears volvió a mostrar su maestría en la puesta en escena de la corrupción en el deporte del ciclismo de alto rendimiento en The Program (El engaño del siglo); Woody Allen reiteró su mirada burlona sobre las preocupaciones existenciales en Un hombre irracional y Café Society y Almodóvar volvió a seducirnos con las tribulaciones de un personaje femenino en Julieta. Todd Haynes y Nicolas Winding me parecen casos aparte: Winding porque se arriesgó con El demonio de neón a proporcionarle al espectador una experiencia estética que le hace olvidar la anécdota narrada y Todd Haynes porque los personajes y la elegancia narrativa de su filme Carol son insuperables.

Entre todos los filmes que vi en este año recuerdo algunos que me sorprendieron por innovar un género cinematográfico o el estilo narrativo de un realizador. En La llegada (Arrival) el director canadiense Denis Villeneuve escogió una trama de Ciencia Ficción para formular reflexiones ligadas a la comunicación y la filosofía mientras que en Tan solo es el fin del mundo (Juste la fin du monde) Xavier Dolan muestra sin piedad cómo los integrantes de una familia están atrapados en los resentimientos y reproches del pasado. Entre las sorpresas del año también contaría The Revenant (El renacido), una película que nos permitió vivir dos horas de intenso goce estético a través de la exquisita cinefotografía de Emmanuel Lubezki y la dirección de Alejandro González Iñárritu.

Los filmes más impactantes del año fueron, sin duda, El hijo de Saúl (Saulfia) de Lászlo Nemesy La Bruja: Una leyenda de Nueva Inglaterra (The witch: A New-England Folktale) de Robert Eggers, dos películas de época en las que la forma coincide plenamente con el contenido, es decir, que más que la historia que narra es la estética visual y sonora la que involucra al espectador con el ambiente, los conflictos, emociones, sentimientos como la culpa, el miedo, el dolor y el horror. El hijo de Saúl observa a un judío en un campo de concentración nazi encargado de preparar y “limpiar” la entrada a un cámara de gas. La Bruja se centra en una familia de colonos de Nueva Inglaterra en el siglo diecisiete que sufre el fanatismo religioso del padre.

También tuve la  oportunidad de ver películas refrescantes como Le tout nouveau Testament (El nuevo, nuevo testamento) del realizador belga Jaco Van Dormael, una especie de comedia divina surreal que propone un cambio radical de la condición humana mediante la reescritura del nuevo testamento por parte de la hija de Dios quien, por cierto, vive en Bruselas y le vive inventando obstáculos e infortunios para los humanos.

Según el IMCINE y los periodistas del espectáculo el 2016 fue un buen año para el cine mexicano, dicen que la taquilla creció y que más películas mexicanas llegaron al circuito comercial. En Guadalajara vimos  La delgada línea amarilla de Celso García, estrenada en el FICG 2015, y El charro de Toluquilla de José Villalobos, dos filmes realizados por directores tapatíos. La delgada línea amarilla se estrenó en marzo del 2015 y se exhibió con mucho éxito en festivales internacionales antes de llegar a la cartelera tapatía. El charro de Toluquilla se estrenó con éxito en el FICG 2016.

No sé si ha concluido su circuito por los festivales y se estrene próximamente. Sin embargo, el recorte brutal al sector cultural frenará, sin duda, muchos proyectos del 2017. Confiemos, sin embargo, que el cine mexicano – y el tapatío – sigan ganado espacios.