La pantalla del siglo

De caballos y humanos

El viaje a un mundo desconocido y sorprendente empieza desde el primer minuto del filme Hross í oss (Historias de caballos y hombres). Largos planos con detalles del pelaje y partes del cuerpo de un caballo se detienen en la imagen del ojo vidrioso del animal en el que se refleja la figura de un hombre con cachucha y botas de montar. El hombre está frente a una bellísima yegua blanca a la que tranquiliza con palabras suaves y caricias mientras intenta ponerle el freno. El animal medio salvaje finalmente se somete y se deja montar. Con la postura de un elegante jinete y una sonrisa orgullosa el hombre empieza su paseo a trote – el característico del caballo islandés - por los caminos de un paraje solitario, observado por varios pares de binoculares desde las rancherías por las que pasa. La figura del jinete y el trote de la yegua cuya crin blanca flota en el aire, despierta la sonrisa y simpatía del espectador que se admira por las imágenes al mismo tiempo que se pregunta por el destino del singular jinete cuya historia se narra en el primer episodio del filme. A través de una serie de caballos y jinetes el filme relata las historias de un puñado de personajes que tienen experiencias dramáticas – algunas incluso crueles y terribles - pero se narran con un humor negro que las integra en una especie de farsa campirana que sorprende y divierte al espectador. Es una historia sencilla, los episodios se interrelacionan de manera orgánica y el recurso visual del close up al ojo de un caballo (en un solo caso de trata de un ojo humano) como inicio de un nuevo capítulo, muestra la identificación del humano con el caballo. La fusión hombre/caballo es corporal e incluso erótica. Por cierto, en un artículo sobre el filme me enteré que el título original en lengua islandesa Hross í oss significa en español “el caballo en nosotros”. 

La secuencia introductoria marca el tema y el tono del filme que observa rituales de convivencia, conflictos individuales y sociales en esta región aislada donde los caballos islandeses son medio de transporte, orgullo nacional, fuente para el turismo y presencia  de identificación. A través de las historias el espectador descubre características geográficas, climáticas y socioculturales de la isla y sus habitantes (humanos y caballos). El filme también muestra la relación con la naturaleza, la importancia del mar, el trato con los animales y el turismo que descubre las bellezas naturales de la isla a través de recorrerla en bicicleta y a caballo. Antes de ver el filme quizás sabíamos que el caballo islandés es una raza altamente cotizada, resistente y semisalvaje. El filme nos enseña que el caballo islandés no sólo es una curiosidad de la isla sino un factor importante para la cultura, la sociedad y la economía.

Las historias que se tejen alrededor de los personajes marcados por la presencia del caballo, hablan de fortalezas y debilidades humanas universales. La convivencia en una región apartada promueve la solidaridad pero también la envidia y los celos. En la soledad nace el deseo y la necesidad de cariño y comprensión. Los hombres libran duelos de competencia y algunos se arriesgan a peligrosas aventuras con tal de conseguir alcohol. La comunidad de lugareños se junta para los sepelios y el ritual de buscar y juntar a los caballos que viven en libertad. Es en estas ceremonias dónde nacen amistades, se despierta el deseo y se escogen a los caballos que serán los acompañantes  - y aliados  - de los próximos meses en el crudo y solitario invierno.  

Historias de caballos y hombres se proyectó en la sección Europa Nuevas Tendencias del FICG 2014 y aterrizó en la cartelera comercial de Guadalajara hace una semana. Como ópera prima de Benedikt Erlingsson la película sorprende por la eficacia narrativa y el tono irreverente que convierte una historia aparentemente sencilla en metáfora de la relación del hombre con la naturaleza. Las bellísimas imágenes captadas por el cinefotógrafo Bergsteinn Björgúlfen y la música compuesta por David Thor Jonsson que integra coros con música tradicional de Islandia y otras partes del mundo, apoyan la apuesta del director por un relato integrado altamente significativo y lleno de humor; parecido, quizás, a una pieza de jazz con un tema central y los solos de cada instrumento/personaje que abonan al conjunto al mismo tiempo que influyen en los demás.


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