La pantalla del siglo

"La asesina"

Descubrir en la cartelera el estreno de La asesina (The Assassin), la nueva película de Hsiao –Hsien Hou, despierta grandes expectativas. No sólo porque el taiwanés fue distinguido por el festival de Cannes como mejor director sino por la enorme diversidad y atracción de su obra fílmica de la que muy pocas películas han encontrado distribución en México. Para los festivales internacionales, sin embargo, el director es un viejo conocido, ya que de las diez películas que presentó entre 1980 y 1989 siete ganaron premios a mejor filme o director. Entre sus cerca de veinte obras recuerdo especialmente Ciudad doliente (1989), El maestro de marionetas (1993) y El vuelo del globo rojo (2007), filmes inolvidables por sus dramas humanos y belleza visual.

Hou realizó The Assassin (La asesina) después de una pausa de varios años. Podemos entender perfectamente que para realizar su primera película del género Wuxia necesitó un largo tiempo de investigación y una inmensa carga de energía y valor para no sólo variar sino romper con la mayoría de las convenciones del género. El Wuxia, considerado el más noble de los géneros del cine chino, narra dramas históricos en fastuosos escenarios, luchas con sables o dagas que a menudo son verdaderos ballets acrobáticos. La mayoría de los directores chinos y taiwaneses han realizado sus versiones del género. Las más conocidas son, sin duda, Tigre y dragón de Ang Lee (2000), La promesa: los caballeros del viento (2005) de Chen Kaige, Cenizas del tiempo (1994) de Wong KarWai y Héroe de Zhang Yimou (2002),cuatro filmes que han tenido mucho éxito entre el público occidental. La asesina del exquisito estilista Hsiao -Hsien Houno sólo se agrega a la lista como una nueva interpretación del género sino como una maravillosa obra de arte altamente estética, significativa y enigmática.

La asesina empieza con un prólogo en blanco y negro. Es una introducción  extraña para un filme de artes marciales ya que empieza con la imagen de dos burros debajo de un árbol cuyo follaje se mece tranquilamente en el viento. A cuadro aparecen dos mujeres, una de edad mediana vestida de blanco y una joven con cabellera larga y abrigo negro. La mujer de blanco es una monja taoísta (según la que “cada acción propicia que se cree una fuerza opuesta”) y la joven de negro, su pupila en artes marciales. Al acerarse un grupo de hombres a caballo, la joven, escondida detrás de arbustos, da un giro rápido que hace volar su cabellera y abrigo. El movimiento provoca el agudo sonido metálico de una daga y, sin el menor ruido ni una gota de sangre, el líder del grupo cae del caballo. Con ese prólogo, el realizador Hou marca la pauta: Lo que narra en su filme es un drama de poder y violencia situado en la provincia china a finales del siglo IX - la última etapa de la dinastía Tang – con una protagonista mujer, maestra en la lucha y el dominio de la daga. El filme, sin embargo, no se centra en las escenas de lucha ni de asesinatos sino que registra con paciencia y exactitud el entorno y los detalles diarios de la clase en el poder: Los impresionantes paisajes y elegantes interiores, los rituales diarios y la relación con los demás, las texturas y colores de las telas del vestuario, el vuelo de una mariposa y el juego de entre padre e hijo, gobernador y concubina. En el centro de este mundo en decadencia profundamente estético, está la joven Nie Shu Qui, la mujer de negro, que experimenta un drama emocional y un dilema ético que termina en una decision femenina liberadora.

La minuciosa descripción de cada detalle de la fastuosa vida de la clase alta, la belleza y sensualidad de las imágenes y sonidos y el drama de la joven Nie atrapan al espectador de tal manera que se abandona a la fascinación de la estética del relato fílmico y olvida que otro de los placeres del espectador de cine es no perder de vista ningún detalle, saber en cada momento quién es quién y seguir la trama hasta su desenlace. Como narrador fuera de serie, Hou, sin embargo, le dificulta al espectador su rol de “constructor de trama”. En su filme, que se experimenta como sueño, el espectador olvida seguir la lógica de los sucesos. Es al salir de la sala que tratamos de reconstruir la trama, relacionar los personajes con los hechos y reconocer los enredos familiares y políticos. Sin embargo, creo que resulta imposible armar el rompecabezas. No tanto porque carecemos del kit de prensa de los críticos del festival de Cannes que contenía una gráfica de la relación entre los personajes, sino porque nos damos cuenta que en realidad no es importante saber quién es quién. Gobernador, general, esposa, concubina, luchadora, asesina …, los personajes adquieren roles y funciones diversos y tendríamos que ser expertos en cultura e historia china para poder interpretar el lenguaje simbólico del filme.   

Lo que gozamos profundamente es la calma y estética con la que Hou narra la trama de una liberación femenina. Los colores saturados – en especial los rojos y el oro -, las texturas de los brocados y sedas, cuyo roce sensual se escucha en la banda sonora, las cortinas de encaje que esconden y revelan la presencia y tensión entre los personajes están cargados de suspenso y significado. Los paisajes, tambores lejanos y silencios son testigos de dramas y tragedias milenarias. Con La asesina Hou nos comparte su visión del pasado de China y su ficción de una mujer que, educada y adiestrada como máquina de matar, se rebela contra su destino.