La pantalla del siglo

El arte de la esgrima como acto de resistencia



Desde que vimos una breve escena de El último duelo: El esgrimista (The Fencer) durante la ceremonia de la entrega del Oscar, el filme del finlandés Klaus Härö llamó nuestra atención por la calidad de la fotografía y la ternura que despierta un grupo de alumnos de primaria que ejercitan el deporte de esgrima en un viejo gimnasio de Estonia después de la segunda guerra mundial. El filme estaba entre los nominados de la sección de “mejor filme en lengua no inglesa” y encontró, por suerte, distribución comercial México.  

Ahora que pudimos ver la película en el cine, se confirma nuestra primera impresión: El último duelo: El esgrimista (en finlandés: Miekkailija, en inglés The Fencer) es una película bella e inteligente, profundamente humana que enternece por la fragilidad de sus personajes, despierta admiración por la sutileza y estética de la puesta en cámara y escena e involucra al espectador porla manera de mostrar las heridas y angustias de una época de represión que ha marcado la historia europea y universal.

A principios de los años cincuenta el joven esgrimista Endel Nelis huye del Servicio secreto de Stalin para esconderse en un pueblito costero de Estonia. Recién llegado de Leningrado (hoy de nuevo San Petersburgo) el director de la escuela local le ofrece el puesto de maestro de deporte. La relación con los alumnos, niños profundamente marcados por la guerra y la represión, provoca que Endel “aprenda una lección” y transforme su inicial trato autoritario en un acompañamiento paternal de los alumnos. El aprendizaje del arte de la esgrima, considerado por el socialismo como deporte feudal, emociona a los niños al mismo tiempo que desarrolla su autoestima y esperanza en el futuro. 

El guión de Anna Heinämaa y la dirección de Härö construyen un drama que, a primera vista, es bastante convencional: Se narra una historia de éxito, los niños y el amor rompen los corazones del protagonista y los espectadores, hay malos y buenos y el duelo final parece enfrentar a David - en el personaje de la pequeña niña estona Marta - con con Goliat, un espigado niño ruso con fama de vencedor.

Sin embargo, los elementos dramáticos conocidos se olvidan a los pocos minutos del filme por la manera cómo imagen y montaje se fijan en los detalles, construyen un relato sutil y melancólico. Los conflictos y peligros no se verbalizan, el espectador tiene que sentirlos y entenderlos por el entorno de un dictadura que llena de miedo a niños y adultos. Una reunión de padres de familia con el director de la escuela muestraa escala escolar, los mecanismos de represión de un Estado autoritario. La cámara, sin embargo, también observa los gestos y actos de resistencia que defiendenla autodeterminación y la libertad de decidir por el bien común. No como sacrificio en pro del prójimo sino como acto de resistencia y defensa de la libertad de decisión.

El esgrimista es el quinto largometraje de Klaus Härö después de Elina(2000), Adiós Mamá (2005), The New Man (2007) y Cartas al padre Jacobo (2009). Como coproducción entre Finlandia, Francia y Alemania la película se realizó en Haapsalu, la locación estona en la que transcurrió la historia de Endel Nelis, un esgrimista que vivió de 1925 a 1993. El filme nos recuerda que Estonia, miembro de la Unión Europea desde 2004, contó con una larga historia de ocupaciones. Durante la segunda guerra mundial fue ocupada tanto por los alemanes como por los rusos y a partir de 1945 sufrió la dictadura de Stalin. El desenlace del filme resulta de la muerte del dictador en 1953 y la liberación de los miles de presos que tuvieron la suerte de sobrevivir a los campos de trabajo en Siberia.  

El contexto geopolítico e histórico en el que se desarrolla El esgrimista es, sin duda, un atractivo más del filme. Su corte de época y el tono melancólico contagian al público. El pueblo solitario, el frío invernal y la neblina sobre los campos contrastan con el gimnasio y los niños de ojos y piel transparentes. La fragilidad del maestro (Märt Avandi) y su colega (UrsulaRatasepp), la belleza de los movimientos de los esgrimistas, que más que un duelo interpretan una corografía de ballet, atrapa por su calidad estética. El filme también nos hace viajar: En su trayecto en tren de Estonia a Leningrado para participar en una competencia de esgrima, los niños descubren las cúpulas de la maravillosa ciudad museo San Petersburgo, (llamada Leningrado de 1924 a 1991).

Estamos en época de vacaciones y se justifica disfrutar El esgrimista como viaje histórico, geopolítico, cinematográfico y humano.