La pantalla del siglo

Woody Allen entre la magia y la razón

Magic in the Moonlight (Magia a la luz de la luna) empieza con la acostumbrada pantalla en negro, los créditos con letras blancas y la música de jazz con la que Woody Allen no solo recibe al espectador como a un viejo amigo, sino que también lo hace sentir “en casa”, lo invita a sentarse cómodamente en la butaca y entregarse a un nuevo divertimiento, fruto de su imaginación. Leí en una entrevista que el realizador cargaba con la idea para el filme desde hace muchos años pero no sabía cómo “empacarla” en una historia. Un buen día tuvo la iluminación de ubicarla en el pasado, escogió los años veinte del siglo XX, la ciudad de Berlín, el sur de Francia y la idea cuajó. Solo había que construir y poner a interactuar dos personajes totalmente opuestos para crear la contradicción necesaria para su acostumbrado tono irónico. La solución de Allen fue desarrollar la relación entre un hombre británico totalmente racional y una atractiva joven estadounidense con vocación de vidente.        

El filme no empieza en un cabaret berlinés, como se esperaría, sino en un teatro donde un mago de pomposo nombre chino presenta sus trucos de ilusionismo frente a un público ávido de dejarse sorprender. La escena remite a Oedipus wrecks (Edipo reprimido) de Historias de Nueva York, pero en esta ocasión el mago no hace desaparecer a la madre del protagonista sino a un elefante. Woody Allen tampoco desarrolla la trama del filme a partir de un hecho fantástico como el de Edipo reprimido, sino que provoca que los personajes, y con ellos el espectador, participen en un duelo de argumentos entre el pensamiento científico y el pensamiento mágico (o más bien entre la razón y la fe en una dimensión más allá de la realidad física del humano y su mundo).

La descripción del tema de Magia a la luz de la luna suena a ensayo fílmico pero Woody Allen traicionaría su vocación de cuentacuentos inspirado e irónico, si se contentara con debatir los pros y contras entre razón y fe. Deja los argumentos en manos de los personajes, cita frases célebres del filósofo alemán Friedrich Nietzsche y fragmentos literarios de escritores anglosajones, mientras se dedica a lo que sabe hacer: Imaginar una historia de personajes que viven, sienten, dialogan, se atraen, se rechazan, pelean, sufren (no demasiado) y defienden su manera de ver, experimentar e interpretar el mundo. 

La historia lleva al británico Stanley (Colin Firth), ilusionista de profesión y escéptico por naturaleza, de Berlín al sur de Francia para desenmascarar a Sophie (Emma Stone), una joven estadounidense, quien tiene “hipnotizados” a una rica viuda y su hijo inocentón. Como especialista en trucos de magia Stanley observa el trabajo de Sophie y se libra una duelo de argumentos con la joven de rostro inocente e inmensos ojos azules. Como buen británico Stanley es escéptico,  hábil con el verbo y el diálogo rápido, irónico y agresivo. Sophie, en cambio, recurre a los argumentos emocionales y la necesidad del humano de creer en el alma y una vida después de la muerte. El dolor por la muerte de un ser querido, la grandeza del universo, las bellezas naturales y la atracción de la luna apoyan los argumentos de Sophie, la mujer sabia, en pro de una dimensión que trasciende la razón. Como si fuera un adolescente inocente (¿enamorado?), Stanley  descubre un mundo nuevo que le provoca felicidad. La ciencia alegre, se llama un libro de Friedrich Nietzsche, pero como construcción de Woody Allen, el personaje de  Stanley no puede alcanzar la alegría ni por la ciencia ni por una dimensión sobrenatural. La trampa para el hombre que vive de hacer trucos, está por un lado en la atracción femenina y por el otro en la competencia masculina.   

De nuevo admiramos la maestría de Woody Allen para desarrollar personajes poco simpáticos, proveerlos con rostros y miradas poco expresivos - como los que muestran Colin Firth y Emma Stone - y armar con estos ingredientes una historia sin fisuras que fluye, divierte y termina con elegancia. La fotografía, dirección de arte, el vestuario y la música apoyan la trama “de época” y los diálogos mantienen alerta al espectador como si estuviera presenciando un juego de ping pon. He leído por ahí que Magia a la luz de la luna es una película menor de Woody Allen. No lo sé, ni me interesa. El realizador continua desarrollando su obra y no hay duda que su más reciente filme es un aporte atractivo y valioso que como espectadores disfrutamos de principio a fin.  

 

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