La pantalla del siglo

Tornatore le apuesta al arte y el suspenso

En El mejor postor (La migliore oferta), el exitoso martillero y coleccionista de arte Virgil Oldman tiene dos colecciones secretas: Una está guardada en un armario de su cuarto y consta de cientos de pares de guantes de piel. La otra está en una bóveda secreta cuyas paredes están tapizadas con retratos femeninos de gran belleza y valor. Los guantes son necesarios para manipular las valiosas obras de arte pero también lo protegen del contacto con los demás. La colección de retratos -entre ellos uno de Renoir otro de Durero- muestran su admiración por la pintura pero también su pasión por la belleza femenina. El arte y el misterio de la belleza femenina son los elementos que atrapan al coleccionista quien vive como ermitaño y se concentra por completo en su tarea como experto de una conocida casa de subastas. Un nuevo encargo de valuador lo lleva a una casona en ruinas repleta de objetos de valor. Virgil se obsesiona -junto al espectador- por la joven heredera de la villa, quien lo instruye y vigila detrás de una puerta de su cuarto puesto que padece un trauma y tiene quince años sin salir a la calle. Virgil empieza a centrar su vida en la misteriosa joven y las partes de un antiguo mecanismo que manda armar. Como coleccionista acostumbra asegurarse la propiedad de la mejor pieza que, en esta ocasión, no es fácil de conseguir.      

Como realizador siciliano Giuseppe Tornatore nos ha seducido con dramas y melodramas humanos y familiares como Cinema Paradiso (1988), Todos están bien (Stanno tutti bene) (1990), La leyenda del pianista en el océano (1998), y  Malena (2000). Sorprende que después de Baaría (2009), un relato auto referencial y detallado de su natal Sicilia, Tornatore haya realizado un thriller acerca del mundo globalizado del mercado del arte. El mejor postor se desenvuelve en una ciudad europea no definida pero la acción también lleva a la ciudad de Praga, la ciudad dorada, que atrae cada año a miles de turistas. Los elementos misteriosos que hacen avanzar la acción son la curiosidad, el interés por los objetos antiguos, la atracción por la belleza y un extraño mecanismo que podría ser un prototipo de robot del siglo XVIII.

El personaje de Virgil, interpretado por Geoffrey Rush, atrapa por la ambigüedad de sus sentimientos y conducta. Despierta simpatía cuando se tiñe el cabello y sufre por la soledad pero pierde nuestra empatía cuando trata mal a sus colaboradores y se “agandalla” las mejores obras de una subasta. Es un martillero hábil e inteligente pero un amigo bastante insensible e incluso cruel. Hasta que la ternura por el sufrimiento femenino lo ablanda y despierta en él deseos y necesidades que no se imaginaba. También la joven Claire (Sylvia Hoeks) parece despertar al mundo (exterior) por la relación con el coleccionista. Robert (Jil Sturgess) y Billy (Donald Sutherland) acompañan a Virgil como asesores y cómplices.   

El espectador se abandona de lleno al suspenso, al conflicto del protagonista y a las escenas de las subastas que suceden con un ritmo y amor al detalle sumamente atractivo. También las largas y contemplativas escenas de observación de objetos de arte se disfrutan como se disfruta el paseo por un museo. No hay duda: Tornatore es un admirador del arte, de la belleza y de bellezas femeninas. La banda sonora de Ennio Morricone subraya y acentúa las escenas que el filme dedica a la observación del arte.    

Sin embargo, cuando la trama del suspenso acaba y el filme se convierte en una película “de amor”, el espectador empieza a sentirse engañado. Todo se vuelve dulzura. El “viejo” encuentra a su objeto del deseo, la joven traumada a su salvador y la música de Morricone acentúa los sentimientos que se desbordan. ¿Un final feliz para el coleccionista y su musa? Por suerte el filme no termina ahí. Sin embargo, tampoco el desenlace que propone Tornatore como guionista y director, satisface por completo. El espectador sale del cine con la tarea de “repensar” lo que el filme narró bajo la premisa que le propone el desenlace. Una tarea que sólo podríamos hacer con un segundo visionado del filme y me temo que pocos espectadores la harán.

A pesar de la segunda parte repetitiva y melodramática, nos quedamos con la curiosidad por un tema central del filme que no se logra tratar a fondo: La pregunta alrededor del valor de una original y la de su copia, es decir la falsificación. Orson Welles trató el tema en su genial F for Fake, de 1963 . El mejor postor la aborda en varias ocasiones pero sin profundizar. Lo más profundo es quizás a lo que llega uno de los personajes cuando dice: “Todo puede ser falso, hasta el amor”.