La pantalla del siglo

Tim Burton y los "Ojos grandes"

El estreno de Big Eyes (Ojos grandes) de Tim Burton en las salas de cine no fue tan espectacular como el de otros filmes del director. Quizás porque Burton no retoma su estilo oscuro de influencia expresionista, ni el género fantástico de gran parte de su obra. Ojos grandes recrea el ambiente y la moral de los años cincuenta al narra la historia de una emancipación en un periodo de modernización de Estados Unidos al mismo tiempo que describe el consumo cultural y la industria del arte de la época. El filme es un festín de dirección de arte y de actuación que contagia al espectador por su humor y estética sin pretensión de hurgar a profundidad ni en el tema ni en la reflexión.

“Basado en hechos reales”, leemos en la pantalla antes de conocer a Margaret (Amy Adams), mujer rubia de ojo azules, que llena a toda prisa un par de maletas, descuelga pinturas de las paredes y sube con su hija a un coche para huir de su marido. Ya en camino Margaret empieza a llorar, alarga un brazo hacia su hija en el asiento trasero y la niña pone su mano sobre la de su madre. A partir de ese momento  el guión de Scott Alexander y Larry Karaszewski arma la crónica de una nueva época en la vida de Margaret quien se establece en San Francisco y vive de su trabajo como pintora de retratos infantiles. La mujer no tarda en conocer a una nueva pareja que comparte su gusto por la pintura. Pero mientras Margaret tiene talento y pasión por la pintura, Walter (ChristophWaltz) es experto en las relaciones públicas y la venta. El éxito del matrimonio y equipo de trabajo basado en el engaño a los clientes, incomoda a Margaret: sin embargo, las convenciones la mantienen atrapada hasta que la situación se vuelve inaceptable.

La dirección de Burton crea un relato que no esconde los homenajes a Hitchcock- con San Francisco y el puente Golden Gate - y al melodrama norteamericano de los cincuenta con susdecorados y vestuario exquisitos. Con un humor juguetón el filme se mofa de la pintura decorativa que se compraba – y sigue comprando - en las calles y tiendas de souvenirs de todo el mundo, aunque tampoco crea simpatía hacia los galeristas y críticos de arte (el más ácido interpretado por el gran Terence Stamp). Los únicos personajes genuinos son la pintora Margaret y su hija. Los retratos de niños con ojos desorbitados que miran de frente al espectador, nacen de las entrañas de la mujer que ha estado toda su vida bajo la tutela masculina. No sabe explicar porqué pinta retratos con ojos sobredimensionados como los del animé japonés. En cambio Walt, quien se hace festejar como pintor de los cuadros de su esposa, responde a la pregunta con la frase muy poco original: “Los ojos son las ventanas del alma”.

Burton arma un relato fragmentado, aunque lineal, con largas elipsis  en la que Margaret sigue pintando, su hija crece y Walter amasa una fortuna, mientras que las mentiras distancian a la pareja. En el camino hay escenas memorables, una especie de comentarios aparte, que muestran la moral y los usos de la época. Margaret busca, por ejemplo, consejo en un confesionario donde relata cómo el dilema de vender obra firmada por su marido, la preocupa. El sacerdote le aconseja confiar en su esposo y hacer lo que él considera correcto. En otra escena que transcurre en un supermercado, Margaret descubre que los ojos grandes se pusieron de moda ya que las mujeres que la rodean se las han maquillado al estilo de sus pinturas.

La banda sonora de Danny Elfmann acompaña la estética visual con ligeros toques de ironía y tonadas populares de la época. El espectador se divierte con el relato ligero y juguetón, admira los decorados y el vestuario y se sorprende por el choque de estilos de actuación entre la retraída Margaret /Amy Adams y el desenfrenado  Walter/ ChristophWaltz.

Las constantes de la obra de Burton se encuentran en la empatía por los genios genuinos pero poco exitosos como Margaret y personajes de filmes anteriores como Ed Wood, la observación burlona de la sociedad norteamericana consumista y cegada por el éxito material, el consumo de arte populary kitsch.

Cuando al final del filme Margaret busca una vez más la mano de su hija y las dos mujeres se sonríen, estamos realmente frente a un final feliz puesto que lo que podría parecer el fracaso de una relación y vida, es, en realidad, todo lo contrario: La emancipación de Margaret es producto de una dolorosa ruptura y lucha por la autodeterminación. La leyenda “basada en hechos reales” del inicio del filme resultó realista.

 

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