La pantalla del siglo

“Sólo Dios perdona”

No me explico porqué me gusta tanto la película si la violencia en el cine me choca”, comentó mi amiga después de haber visto Sólo Dios perdona (Only God forgives), de Nicolas Winding Refn, por segunda ocasión. Fue en la Cineteca Nacional de la ciudad de México y yo me esperaba una reacción del  público totalmente distinta después de leer que en el festival de Cannes los espectadores habían abucheado el filme. En México la sala estaba en total silencio y se percibía sorpresa, tensión pero también admiración frente a los sucesos y la estética poco convencionales del filme. Es cierto, Sólo Dios perdona, escrito y dirigido por el realizador danés, es brutal, sangriento y extrañamente desconcertante; sin embargo, también es bello y poético y atrapa por mezclar la historia de una cadena de venganzas con el ambiente oscuro y corrupto de un filme noir  - o mejor dicho néo-noir - ubicado en Bangkok. El ambiente oscuro y corrupto del llamado “cine negro” sirve de fondo para una historia que gira alrededor de dos hermanos norteamericanos y su madre que se dedican al narcotráfico y utilizan un club de box para encubrir sus actividades en Tailandia. Cuando Billy, el hijo predilecto de la madre, es asesinado, ella exige que Julian (Ryan Gosling) vengue la muerte de su hermano. Entre la exigencia de su madre Crystal (Kristin Scott Thomas), la condena del instinto criminal de su hermano, el acoso de un policía retirado que toma la justicia en su propias manos y el deseo por una femme fatale inalcanzable, Julian se encuentra en un callejón sin salida. Las acciones, enfrentamientos y persecuciones transcurren en el ambiente rudo de un club de box y en la oscuridad de bares, prostíbulos y callejuelas de Bangkok. La artificialidad de la estética y los quiebres de fluidez narrativa recuerdan la falta de lógica de una pesadilla. Los hechos son narrados a modo de thriller; sin embargo, la estética  es tan extravagante que se impone al suspenso y lleva al espectador a un viaje – o sueño – surreal. Una clave para disfrutar el filme, sin tratar de explicárselo, es, sin duda, la dedicatoria a Alejandro Jodorowsky que aparece en los créditos iniciales.

Nicolas Winding Refn ha mostrado su maestría para el thriller y el cine de acción con la trilogía de Pusher (1996, 2004 y 2005) y Drive (2011), filme con Ryan Gosling que ya es considerado una obra “de culto”. En las entrevistas los reporteros suelen cuestionar a Winding acerca de la necesidad de mostrar tantas escenas de violencia. “El arte es un acto de violencia”, suele contestar Winding. “No estoy realmente fascinado por la violencia, no soy nadie violento y no me gusta la violencia”, contestó a una crítica de cine de la revista alemana Der Spiegel. “Cuando hablo de violencia, es más en relación a la violencia creativa, algo que emane de manera intuitiva. Mi método podrías quizás describirse como pornografía. Hago películas sobre cosas que me atraen, siempre parto de mis instintos”. (cita de Hannah Pilarczyk, Spiegel online, septiembre de 2013)

Si combinamos el comentario de Winding sobre “la violencia creativa que emane de la intuición” con la dedicatoria para Jodorowsky, nos queda claro que el realizador comparte con los espectadores de sus filmes sus propias incertidumbres por un mundo caótico cargado de corrupción y violencia. Nos muestra una especie de corrupción globalizada en la que no existe ni un lado bueno ni uno malo. La ley y justicia no aplican puesto que todos son culpables. No existen héroes, ni hay diferencia entre héroes y villanos, hombres y mujeres  (la ciudad de Bangkok es concida por su escena transexual), víctimas y victimarios, Dios y el Diablo. La irreal luz roja que invade los ambientes orientales y “enciende” los cuerpos y rostros, parece emanar de los personajes mismos. ¿De sus deseos y violencia instintiva? ¿De la incertidumbre acerca de la identidad? La ritualidad y estética con la que están coreografiadas las luchas, los asesinatos y las persecuciones, los transportan - y transportan al espectador - a un nivel simbólico.   

No hay duda de que cada espectador reacciona de manera distinta a un filme como Sólo Dios perdona. Hay que reconocerle a Winding que después de Drive hubiera sido relativamente fácil crear un relato parecido para repetir la hazaña y el éxito comercial. Sin embargo, el realizador se arriesgó en proponer algo nuevo, exaltado y totalmente fuera de serie. Con Sólo Dios perdona me convenció aunque, al igual que mi amiga, necesito una segunda visión del filme.

annemariemeier@hotmail.com