La pantalla del siglo

Simios y humanos en un festín de cine digital

El rostro duro de un chimpancé con una raya roja pintada en la frente parece retar desde el cartel publicitario de El Planeta de los Simios: Confrontación (2014). En el tráiler oficial son los ojos transparentes del simio las que nos miran y recuerdan que en El origen del Planeta de los Simios (Rise of the Planet of the Apes) dirigida por Rupert Wyatt en 2011, un grupo de chimpancés de laboratorio sometidos a experimentos farmacológicos desarrollaron una sensibilidad e inteligencia que los impulsó a retar al humano y buscar la libertad. El enfrentamiento decisivo entre humanos y chimpancés se llevó a cabo en el puente Golden Gate de San Francisco que se estableció como límite entre la civilización del hombre y la selva paradisiaca donde se asentó la comunidad de primates. En los primeros minutos de Dawn of the Planet of the Apes (El planeta de los simios. Confrontación, Matt Reeves 2014) se nos informa que han pasado más de diez años desde el desenlace de aquel filme, que los humanos y los primates no se han vuelto a enfrentar y que un mortal virus desató una pandemia que mató a la mayoría de los humanos mientras que el grupo de primates creció y desarrolló una civilización primitiva integrada a la naturaleza.

La primera secuencia del nuevo filme está dedicada a la observación de la comunidad de primates, su asentamiento, entorno natural, su organización social, con reglas de convivencia y una comunicación primitiva pero eficaz. Los primates - casi todos chimpancés -  viven en familia, cazan en equipo, se comunican con un lenguaje de señas, se alumbran con fuego, individualizan su cuerpo con tatuajes, body painting y adornos, disponen de una especie de lanzas como arma para la defensa y la caza y cuentan con una escuela en la que se enseña el lenguaje escrito y reglas morales como “Simio no mata a simio”. La comunidad no sólo construyó un pueblo de madera protegido sino que lo adornaron con totems e imágenes. Un líder de nombre César – el mismo que nos reta desde el poster y el tráiler - los dirige con inteligencia y sensibilidad por la igualdad y la buena convivencia pero también a través de la imposición del poder, la fuerza y estrategia militar. Impresionante ver a César montado a caballo en medio de su guardia/ ejército como si fuera el Napoleón de la jungla. Impresionante también, cómo los cientos de simios se descuelgan por los árboles en una especie de ballet aéreo para cazar una manada de ciervos o correr a la defensa de su territorio. La primera media hora del filme con su descripción detallada de la comunidad de simios nos recuerda La guerra del fuego de Jean- Jacques Annaud (1981).

Una segunda secuencia nos lleva a las ruinas de lo que quedó de una metrópoli y en la que sobreviven algunos cientos de humanos. También los humanos tienen un líder rodeado por un equipo de técnicos y científicos. Lo que da lugar a que se plantee y desarrolle el conflicto del filme es la necesidad de electricidad. El nombre de “gripe de simios” con la que los humanos bautizaron el mortal virus, no promete nada bueno; como tampoco lo hace la presencia de la xenofobia, el racismo, y un arsenal de explosivos y armas. A partir del nuevo encuentro de los humanos con los simios, el filme construye la posibilidad de un acercamiento pacífico que, sin embargo, deriva en agresión y un enfrentamiento bélico que ocupa la segunda mitad del filme. 

Aunque el interesante arranque nos recuerde la guerra del fuego y la secuencia introductoria de 2001, Odisea del Espacio de Stanley Kubrick (1969), el filme decepciona por no plantear ninguna idea ni crítica nueva en cuanto al país y la sociedad en la que se origina. La idea detrás de las ocho versiones de El Planeta de los Simios se encuentra en la novela de Pierre Boulle publicada en 1963, en la que todos, incluso el narrador se descubren como simios. El primer filme de 1968 dirigido por Franklin J. Schaffner, es inteligente y divertido (también por los vestuarios, el maquillaje, los efectos visuales y la actuación de Charlton Heston). Inolvidable la escena final en la que Heston en una playa cerca de nueva York descubre parte de la estatua de la libertad sobresalir de la arena. Se arrodilla,  pega el piso y grita con furia: “¡Desquiciados. Provocaron que la tierra explote. Los condeno. Los condeno a todos, a todos!”. A lo más que llega un personaje al final del nuevo filme es a defender la carnicería desatada por los humanos con la frase: “Salvo la raza humana”. “Raza” no es ni la palabra ni el concepto que esperaríamos de un personaje del siglo veintiuno en un país multicultural. Pero, en fin, el cine de catástrofe con tintes de ciencia ficción, suele mostrar distopías y no utopías democráticas.

 

annemariemeier@hotmail.com