La pantalla del siglo

Scorsese y los "Lobos de Wall Street"

“Money, money, money. Money makes the world go round”, canta el genial maestro de ceremonia de un cabaret berlinés en Cabaret, de Bob Fosse (1972). Al salir de la película El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street), de Martin Scorsese, el espectador está convencido de que el dinero no sólo hace girar al mundo sino que desquicia y corrompe al que lo idolatra y elige como el centro de su vida. El filme de Scorsese no es, desde luego, el primero que se ha realizado sobre el tema. En la filmografía del director descubrimos por ejemplo el título El color del dinero, filme de 1986 que describe una estafa maquinada por el protagonista (Paul Newman) y su joven protegido (Tom Cruise), un talentoso jugador de billar. En la cultura popular estadounidense la atracción – y obsesión – por el dinero está presente a través de personajes como el pato Dagobert, de Disney, que se baña en una tina llena de billetes verdes; también en individuos y grupos de gángsteres, políticos e instituciones que se profesionalizan en el robo, asalto y la estafa.

Con su filme El lobo de Wall Street, Martin Scorsese creó una sátira ácida acerca del capitalismo desenfrenado que crea personajes – y freaks – como Jordan Belfort que se aprovechan sin escrúpulos de las “oportunidades” que ofrece el sistema. Basados en un texto que el autor Jordan Belfort escribió en prisión donde purgó una sentencia por estafa, el guionista Terence Winter y Scorsese crearon un filme realmente fuera de serie. Con elementos de biopic, cine de gángster, comedia musical y autobiografía, el filme narra el ascenso y la caída de un estafador de bolsa, líder y motivador con enorme poder de seducción y construye, pieza por pieza, el mosaico de una sociedad dominada por el dinero. Lo hace con la observación detallada de lo que pasa con el ser humano cuando el dinero domina su vida y cuando se dedica a manipular a otros para amasar bienes materiales y poder. Es el mismo protagonista Jordan Belfort (Leonardo DiCaprio) quien se dirige a los espectadores para contarles de frente y través de su voz fuera de cuadro, cómo empezó y creció su carrera de corredor de bolsa, cómo fue interrumpida de tajo por el crash de la bolsa en 1987, cómo aplicó sus estrategias de venta a papeles de basura con los que estafó a miles de pequeños inversionistas y se convirtió en millonario antes de cumplir los treinta años. Su empresa y el grupo de personajes extravagantes con el que rodeó, llamaron la atención del FBI, que empezó a investigar sus negocios y depósitos en bancos suizos.    

A través de una cámara y puesta en escena sumamente ágil, cambios de ritmo y una banda sonora de mucho impacto, Scorsese crea un relato fílmico que oscila entre escenas desenfrenadas que muestran la histeria creada por el ambiente de la bolsa, las fiestas y orgías, con momentos de tranquilidad y humor en los que el protagonista nos da, por ejemplo, una lección de mercadotecnia o comparte una plática intimista con una mujer inglesa en un parque de Londres. En estos momentos Scorsese recurre a la cámara acelerada o lenta, o congela la imagen y pone al protagonista a compartirnos su pensamientos. Ciertamente el filme trasmite únicamente el punto de vista masculino con rituales, expresiones verbales y corporales cargados de excesos, fanfarroneo y vulgaridad. En algunos países del mundo el filme ha sido censurado o prohibido por obsceno. De acuerdo, tiene escenas obscenas pero no son más obscenas que la codicia y la criminal amoralidad con la que se amasan riquezas engañando a pequeños ahorradores que persiguen el sueño del bienestar económico.

Scorsese mismo nos da la clave para interpretar su filme en una entrevista con una periodista australiana que le preguntó qué pretende decir sobre los Estados Unidos. Le contestó que querría “mostrar el lado oscuro de la mentalidad de manera totalmente abierta y con humor”. “It’s funny but not funny”, agrega Scorsese con  una sonrisa pícara. Después habla de sus antepasados italianos que migraron a EUA como el “país de las oportunidades”, que se convertiría en el sueño del dinero fácil. Con una anécdota ilustra su primer contacto y la atracción físico erótica del dólar: siendo un niño de once años le llevaron “de excursión” a Wall Street para conocer las instalaciones de un banco. Al final del recorrido el guía los invitó a un salón; sacó de un cajón un billete de mil dólares, mismo que mostró y dejó tocar a cada visitante. “Ahí donde me di cuenta que el dinero se puede idolatrar como en una iglesia”,  dijo el cineasta. La última escena de El lobo de Wall Street es contundente: Ni la prisión pudo quebrar la ciega fe del protagonista en el poder del dinero. Con dinero se mueve el mundo.

annemariemeier@hotmail.com