La pantalla del siglo

El Gran Hotel Budapest

El cartel muestra un edificio tipo castillo de color rosa que podría ser  un pastel de quinceañera. Los interiores exuberantes y la elegancia decadente están rodeados por paisajes nevados, castillos medievales,  trenes, funiculares y se escucha la nostálgica melodía de un alphorn (corno tradicional de los alpes ). En el lujoso hotel , los empleados y huéspedes viven su rutina diaria en medio de cambios políticos y guerras que amenazan con destruir el mundo de juguete con su aristocracia, sirvientes, amor al arte y  buenos modales. The Grand Budapest Hotel (El Gran Hotel Budapest) es el escenario ideal para mostrar el paso del tiempo y narrar dramas individuales y tragedias colectivas en el aislamiento de los Alpes.

¿Un filme de época? Si en efecto, pero también un típico filme de Wes Anderson, realizador nacido en Houston, Texas, que crea películas como si fuera el heredero de Méliès y Lubitsch juntos. Un maestro en crear mundos alternos y artificiales que no tratan de llevar la realidad a la pantalla ni pretenden involucrar al espectador con historias realistas. Los filmes de Wes Anderson son construcciones audiovisuales que muestran su artificialidad, su carácter de representación simbólica y confían en un espectador que “se presta al juego” mediante una especie de contrato firmado por ambas partes para la duración del filme. Por el lado del realizador el contrato parece decir: Te contaré y divertiré con una historia que quizás no tenga nada que ver con tu vida, pero que, sin embargo, te llenará de magia y arte. Déjate llevar y disfruta la experiencia. Mientras que del lado del espectador el contrato podría decir: Prometo entregarme a la magia de tu historia sin buscar realismo ni verosimilitud sino más bien fruición artística y la visión de un cuentista y esteta visual y sonoro.

El Gran Budapest Hotel narra una historia empacada en otra historia que, a su vez, abre y cierra el relato de manera circular. Una joven mujer hojea el libro de un conocido poeta cuya estatua adorna la plazoleta de una ciudad europea. En un flash back conocemos al escritor quien se hospeda en el Grand Budapest Hotel en decadencia. Entre los pocos huéspedes está el dueño del hotel, un viejo ex botones de nombre Zero, quien heredó el Gran Hotel de “Monsieur Gustave”, legendario conserje con un especial talento para satisfacer las necesidades de sus huéspedes octogenarias y ricas.  Amante y confidente de octogenarias aristócratas. Monsieur Gustave con su refinados gustos y la amistad por el botones Zero, se convierte en el protagonista de un thriller alrededor de una herencia millonaria, una persecución por nazis, estalinistas y herederos y en medio de racismo, clasismo, avaricia y guerra.

Como formalista Wes Anderson se da el lujo de empacar la historia en una estética anticuada como si la hubiera realizado en los estudios Babelsberg en Berlín Potsdam, al lado de Fritz Lang durante los años veinte del siglo pasado. Al igual que en Metrópolis los trenes, coches y funiculares son animados sobre carreteras, puentes y cables de un modelo, lo que en tiempos del 3D y su efecto “realista” es un recurso encantador y refrescante. En los amplios y lujosos salones del Gran Hotel, los personajes lucen insignificantes y los empleados uniformados parecen juguetes antiguos. Los colores, en especial los rojos, la composición, los movimientos, la puesta en cámara y en escena, son exquisitos. La figura de Monsieur Gustave, verdadero maestro de los buenos modales y el bien hablar, atrapa, divierte y enternece al espectador quien admira su fortaleza de carácter, su generosidad con las mujeres y su solidaridad con su joven colega. 

El espíritu juguetón de la banda sonora de Alexandre Desplat y la maestría actoral de Ralph Fiennes, Frank Murray Abraham, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jude Law, Edward Norton y Tilda Swinton entre otros, llenan de vida y humor el festín de colores, decorados, obras de arte y música que ofrece el filme. En los créditos finales descubrimos una referencia a la obra literaria del escritor austriaco Stefan Zweig que muestra que a pesar de ser un narrador profundamente audiovisual, Anderson reconoce influencias estilísticas y temáticas en la literatura.  

El Gran Hotel Budapest abrió la Berlinale, el Festival Internacional de Cine de Berlín. En las entrevistas en internet Anderson se ve contento y bromea con los reporteros. Lástima que les faltó preguntarle por qué la joven y genial pastelera que se casa con Zero tiene en su mejilla un lunar con la forma de la República Mexicana.

 

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