La pantalla del siglo

"Ginger & Rosa"

A primera vista Ginger & Rose, de Sally Potter (2012) parecería ser una típica película de adolescentes como las que se realizan en todo el mundo pero especialmente en el cine de Estados Unidos donde en los últimos años se han conformado en una especie de género cinematográfico alrededor del tema de la pubertad y adolescencia. Como gran realizadora del cine británico y con una filmografía compuesta por largo y cortometrajes autorales, Sally Potter creó Ginger & Rosa como drama que se distancia de las constantes – y frivolidades - del típico filme de adolescentes. La decisión de la guionista y realizadora de ubicar la historia en Gran Bretaña, durante la Guerra Fría, la construcción y el desarrollo de los personajes convierten a Ginger y Rosa en una obra que conmueve profundamente. Al mismo tiempo el filme armoniza con la filmografía y estética de la directora inglesa y muestra su identificación con personajes complejos que integran el ámbito privado con los elementos del ámbito público.

El arranque del filme es potente. Mientras que en Hiroshima estalla la bomba atómica, en un quirófano de Londres dos madres dan a luz a dos niñas. El nacimiento no sólo sella la amistad entre las madres sino que teje un profundo lazo que une a las niñas y las vuelven inseparables. Ya crecidas, Ginger y Rosa se dedican a los típicos rituales adolescentes: “Secretean”, se toman de la mano, ríen a carcajadas y “ablandan” sus pantalones de mezclilla en la bañera. A sus diecisiete años las jóvenes siguen profundamente unidas a pesar de ser totalmente opuestas. Ginger (Elle Fanning) con su espléndida melena rojiza, quiere ser poeta. Frente a la psicosis de la crisis de Cuba y la amenaza de una tercera guerra mundial, se vuelve activista política. Mientras tanto, la morena Rosa (Alice Englert, hija de Jane Campion), quien se dedica a probar su poder de seducción con el sexo opuesto, se pone a rezar, preocupada por su “fin del mundo” personal. Con su amistad simbiótica las jóvenes han creado una especie de cápsula que las protege contra las constantes crisis familiares y las “traiciones” de sus seres queridos. De manera magistral el filme entreteje las crisis personales de los personajes con las que amenazan al mundo y provocan el miedo – e incluso la histeria – de toda una época.

Formulada como reseña, la descripción del filme evoca un relato didáctico que abonaría tanto al discurso feminista como al político. Sin embargo, el guión y la dirección de Sally Potter son tan sobresalientes que el doble drama – el de las jóvenes y el del mundo en pánico – conmueve profundamente. Es obvio que Sally Potter es una autora que apela a la experiencia y la inteligencia del espectador. Conocemos la maestría de la realizadora para narrar una biografía y un desarrollo femenino con películas como Orlando (1992), la magistral adaptación de la novela de Virginia Woolf, La lección de tango (1997) y Vidas furtivas (The man who cried) (2000). Al observar minuciosamente a sus personajes, Potter logra construir retratos de época que respiran autenticidad y convencen por los detalles y una estética exquisita. En Ginger y Rosa son las madres - mujeres decepcionadas de la vida -, el adorado padre pacifista (de Ginger), quien revela su carácter egoísta y el atractivo y progresista maestro de música, quienes construyen un mosaico social que representa a un mundo y un época. Son las contradicciones de los personajes en una situación mundial compleja y una sociedad atrapada entre el pánico del “fin del mundo” y la “esperanza de la libertad”, quienes crean una película redonda y convincente.

Puesto que la cartelera comercial ofrece pocos filmes de la calidad de Ginger y Rosa - que carece de copias y promoción - me permito agregar una sugerencia de cultura cinematográfica: Un ciclo de nueve programas de Cine Experimental que ofrece el Laboratorio Sensorial los miércoles con cortometrajes de Maya Deren, Jonas Mekas , Peter Kubelka entre otros.