La pantalla del siglo

El patio de mi casa

El cine documental tiene características que involucran de manera muy especial al espectador. Una de ellas es la expectativa con la que nos disponemos a ver un filme del que sabemos que lo que captó la cámara y registró el sonido es único e irrepetible. Ese conocimiento crea un suspenso muy distinto al del cine de ficción, donde el espectador está consciente de adentrarse en un mundo construido e imaginario del que participará mientras esté viendo la película (siempre y cuando el relato no abandone el aspecto de la verosimilitud). El documental El patio de mi casa, del mexicano Carlos Hagerman, parte de una premisa aún más seductora que la mayoría de los documentales puesto que atrapa al espectador con el punto de vista subjetivo del director: Mientras la cámara recorre lentamente una casa rústica con un patio cubierto de maleza, columnas de madera y habitaciones vacías, la voz de Carlos Hagerman comenta que entre todas las viviendas que habitó, esa es la casa que más recuerda y relaciona con su familia y niñez.

Sin embargo, la mirada personal del hijo mayor sobre su familia no se limita a la visión personal. El director observa a sus padres en sus momentos de intimidad, sus reflexiones, sus actividades diarias y profesionales que los mantienen activos y comprometidos con la sociedad. La descripción del hijo está marcada por la curiosidad de un documentalista que no esconde su profunda admiración por los personajes, pero tampoco la preocupación por el proceso de envejecimiento de sus padres. Incluso se pregunta hacia el final del filme por qué está haciendo un documental sobre sus padres. Llega a la conclusión de que quizás es para tenerlos más tiempo con nosotros.

A través de un montaje de secuencias de observación, material de archivo y relatos hablados, el filme construye la historia de vida de Oscar Hagerman, padre del director, arquitecto y diseñador de ascendencia sueca, quien encontró en México su vocación para la enseñanza y el desarrollo de proyectos arquitectónicos adaptados al entorno. La película acompaña a Oscar en sus andanzas, reflexiones y talleres por los pueblos donde no sólo es bienvenido sino tiene amigos, ahijados y jóvenes que siguen su camino en la arquitectura rural. También la madre es protagonista de varias secuencias en las que la vemos tomar aviones y camiones para desplazarse a Chiapas, Oaxaca y Puebla donde trabaja con grupos de niños, adolescentes y adultos. El filme profundiza menos en el origen y la historia de vida de Doris (Dora Ruiz-Galindo) que en la línea paterna. Sin embargo, la mujer y psicóloga que viste huipiles, maneja la computadora, divierte y educa a los niños y adultos por medio del diálogo intercultural, juegos y teatro de títeres tiene una presencia sumamente fuerte y activa en el filme. También ella ha sabido trasmitir la pasión por la educación y el compromiso social. Es, por ejemplo, fundadora del centro educacional Tanesque y trabaja con educadores e investigadores del medio rural y académico.

El filme resalta la importancia de "la casa" y "la educación" a través de hilos narrativos que muestran el proceso de construcción de una casa rural que un joven arquitecto indígena planea y construye bajo la supervisión de Oscar Hagerman. Las escenas que el filme dedica a la construcción de la casa muestran con humor y guiños una propuesta es innovadora que no complace a la esposa del joven arquitecto quien le reprocha que su futura casa no es de concreto como las del resto del pueblo. También la labor de Doris es ilustrada por subtramas. Una joven asistente indígena narra, por ejemplo, cómo los hombres del pueblo se burlan de su esposo porque le ayuda con las tareas de la casa y los hijos.

El complejo, pero fluido montaje documental se enriquece con secuencias en las que reconocemos el espíritu juguetón de Carlos Hagerman que ya se mostraba en sus películas El contrabajo (1990), Los que se quedan (codirigido con Juan Calos Rulfo en 2008) y especialmente en Vuelve a la vida (2010). En El patio de mi casa es un baile de sillas animadas que divierte al espectador y rinde homenaje a Oscar Hagerman quien inventó una rústica, pero cómoda, silla de madera. Otra secuencia está dedicada a la pasión ciclista del padre: Lo vemos subirse con dificultad a una ecobici en La Condesa, pero pedalear a toda velocidad por los bosques de Valle de Bravo y Finlandia, pueblos y ciudades de España.

El patio de mi casa también reflexiona acerca del proceso de envejecimiento. "Me faltó escribir un libro sobre los errores que cometí para no disfrutar la vejez", concluye con ironía Oscar Hagerman antes de someterse a una operación de catarata. La reflexión conmueve al espectador ya que se siente parte de la familia e historia de los Hagerman. 

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