La pantalla del siglo

"Chef a domicilio"

Las películas que tejen sus historias y conflictos alrededor del arte de cocinar y comer tienen la ventaja de atrapar al espectador por las sensaciones y emociones. Es casi imposible observar a un personaje cocinar en una cocina equipada en medio de cacerolas brillantes, cuchillos afilado y hoyas con vapor, sin sentirse atraído y recordar los olores y sabores de ingredientes y alimentos que nos gustan. El cine como discurso audiovisual únicamente dispone de dispositivos visuales y sonoros; sin embargo, los emplea de manera tan eficaz que despiertan reacciones sensoriales y una película que muestra a un verdadero artista de la comida nos abre el apetito y las ganas de cocinar al mismo tiempo que nos convence que un filme también puede tener olor y sabor.

Chef a domicilo (Chef) dirigido y actuado por Jon Favreau arranca con escenas que seducen por el profesionalismo y la pasión de Carl Casper, chef de cuisine en un afamado restaurante californiano. Y vaya que el hombre es un cocinero – y gourmet - apasionado: Pasa las noches experimentando con platillos y menús innovadores, sale de madrugada al mercado para comprar ingredientes frescos y contagia a sus colaboradores y clientes con su energía y placer por cocinar y seducir el paladar más refinado. Trabaja con entusiasmo puesto que un conocido crítico culinario llegará al restaurante para probar sus platillos y escribir una reseña. Sin embargo, Caspser olvidó que tiene jefe y que “su” restaurante le pertenece a un dueño que rechaza toda innovación y creatividad. La resistencia del dueño despierta la ira de Caspser y la molestia del crítico culinario que se burla del menú y humilla a Casper en su orgullo profesional.

Hasta aquí todo va bien: Casper es un protagonista que despierta empatía, el público está de su lado puesto que la injusticia del dueño es denigrante y la arrogancia del crítico culinario insoportable. El cocinero cuarentón, pasado de peso y desempleado, enfrenta una profunda crisis de autoestima que se acentúa por el sentimiento de culpa hacia su pequeño hijo quien vive con su ex esposa. El desarrollo del conflicto se construye a través de un road movie que arranca en los círculos cubanos de Miami, recorre los estados del sur de EUA para llegar de nuevo a California. En un puesto de comida rápida ambulante Casper prepara tortas cubanas, tacos y lonches de carne asada e incluye ingredientes locales y especialidades de la región que lo convierten en una especie de chef en movimiento. El viaje de Casper, su hijo y un ayudante, muestra las bellezas naturales y urbanas de Florida, Louisiana, Arizona, Texas y California, al mismo tiempo que promueve la cultura latina, la música y la solidaridad entre los migrantes. También se resaltan valores: El valor de la persistencia que lleva al éxito, el valor de la paternidad que vence el distanciamiento de la pareja, el valor de la comida artesanal que gana sobre la de los restaurantes de categoría. La comida une, crea comunidad y provoca bienestar.

Para sazonar el road movie con suspenso y actualidad, el filme recurre a la herramienta de las redes sociales: Casper se libra un duelo virtual con el crítico culinario, su hijo descubre el potencial publicitario de las redes sociales y el espectador tiene la oportunidad de leer los twitts sobre la imagen de la pantalla. Las piezas de música latina y texana que acompañan las secuencias de transición, no ayudan a conformar un relato coherente y fluido. Están separadas y sobrepuestas al flujo narrativo y evidencian un diseño sonoro que no es capaz de crear matices e introspección. Algunas escenas están bien logradas y el personaje de Casper, interpretado por Jon Favreau, llega a conmover al espectador. Me parece que Dustin Hoffman como dueño del restaurante y Scarlett Johannson, como recepcionista, no se aprovechan. Terrible  y bastante misógino es el rol que el filme le otorga a las mujeres latinas que, como Sofía Vergara en el papel de Inéz, la ex esposa de Capser, se pasean por la pantalla sobremaquilladas y en vestidos de noche que les quitan toda posibilidad de sujetos.

Salí del cine con enormes ganas de refrendar mi entusiasmo por películas de cocina y comida como La cocinera del presidente (Les saveurs du palais) de Christian Vincent (2012), Comer, beber, amar (Eat, Drink, Man, Woman) de Ang Lee (1994), Como agua para chocolate de Alfonso Arau (1992) y La gran comilona (La grande bouffe) de Marco Ferreri (1973).


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