Agenda Cultural

Día de Muertos

Somos productos de sincretismos, fusiones voluntarias e involuntarias que modelan identidades regionales con el paso del tiempo. Quizá lo que es imposición y barbarismo hoy, sea el folclore de mañana. Al presenciar manifestaciones aparentemente ingenuas del Halloween y de las ancestrales costumbres del Día de Muertos, pareciera que se tratase de un conflicto irreconciliable, cada grupo social defiende su postura, unos se creen anglosajones, otros se piensan herederos de los nahuas.


Si la controversia se da en Amsterdam, Holanda o en la ciudad de México, es muy interesante porque ahí radican cada una de los dos orígenes de estas fiestas de otoño, de cosechas, de la próxima llegada de la temporada de frío, de guardarse en casa y contar historias de terror, de los temibles seres que pueblan los  bosques, o de los espíritus que se pueden encontrar a la vuelta de cualquier chinampa en Xochimilco.


Pero si  se trae la discusión a La Laguna, entonces encontramos un páramo alejado en el tiempo y la geografía, de estas dos posiciones, una anglosajona y la otra mesoamericana prehispánica.


¿Qué somos en La Laguna? ¿Halloween o Calaveritas? Ni una ni otra cosa, vivimos en una frontera, un puerto en el desierto donde llegan toda clase de influencias que se enfrentan, se confunden y se dispersan. Las dos posiciones son ajenas a grupos de inmigrantes que comenzaron a llegar atraídos por el cruce de vías del ferrocarril en el siglo XIX y que siguen llegando a un cruce de caminos fundamental en la economía y la cultura del siglo XXI.


Es verdad que estamos más cerca de una forma de pensamiento mesoamericano previo a la llegada de los españoles, incluso  posterior a la conquista y que somos, de alguna forma, producto de la conquista de las almas de los siglos XVI en el Mesoamérica y XVII en Árido América: Y que salvo por la mercadotecnia, no tenemos que ver con la fiesta de las brujas y la llegada de la Gran Calabaza, como diría Linus en “Peanuts”.


También es verdad que las nuevas formas de celebración de la noche de los muertos y de las brujas, se quedan a pesar de la banalidad de sus propuestas para una mentalidad más cercana a las calaveritas, los cráneos de azúcar, las cañas de azúcar y las flores de muertos. Se quedan por el poder de la sociedad de consumo.


Por eso me da mucho gusto asistir a representaciones de La llorona en la secundaria Lázaro Cárdenas, ver los altares de muertos en las plantas de Lala, fotografiar a  escolares  disfrazados de calaveras y catrinas, comer naranjas y  mandarinas luego de la celebración del Día de Muertos y pisar los tapices de aserrín pintado dedicados a la Huasteca en el centro escolar Benavente. Porque estoy más cerca de la risa con la muerte, que del fantasma de Hollywood.


angel.reyna@milenio.com