Vertebral

La famosa institucionalidad

Conozco dos casos de funcionarios que militan en un partido político y se desempeñan en un gobierno de origen opuesto al suyo, que actúan como lo hacen sus similares en el primer mundo.

Son personajes que cuentan con una ideología propia e incólume, pero se desenvuelven con “institucionalidad” en una administración contraria, un término “venido a menos” en los últimos tiempos. Ese factor (el de la institucionalidad) les permite mantener sus principios políticos en el desempeño de funciones, su carta de permanencia. Me refiero a Carlos Bracho (ex diputado federal) y Roberto Carlos López (actual delegado de la Condusef en Coahuila). A Carlos lo conocí cuando fue Director de Atención Ciudadana en tiempos de Guillermo Anaya, alejado de la “grilla” y de los medios de comunicación, dio buenos resultados en un área muy conflictiva, la que vigila que el gobierno cumpla su tarea en materia de servicios públicos, muchos lo han intentado y pocos lo lograron. Esa asignación, le valió para convertirse en candidato y a la postre, diputado federal. La prueba de que Carlos no ve la política y la función pública como un negocio redondo, fue que una vez finalizado su periodo legislativo, regresó a la cadena comercial Cimaco a dirigir una de las divisiones de la compañía.

El jueves pasado saludé a Roberto Carlos López durante la grabación del programa Cambios. La historia de Roberto es peculiar, trabajó para una disquera como jurídico, luego en el área legal de la administración de Anaya Llamas y desde 2010 es el delegado de la Comisión Nacional para la Defensa de los Usuarios de las Instituciones Financieras en el estado. Durante la entrevista le pregunté la fórmula para permanecer como funcionario en un gobierno priista militando en el Partido Acción Nacional: “la institucionalidad” me contestó, “Cuando ingresas al servicio público se deben olvidar los colores y simplemente ponerse a trabajar”. Ambos estarían obligados a compartir sus dichos con sus correligionarios (mucha falta les hace).

Si todos los militantes políticos (todos priistas, panistas, perredistas) pensaran igual, las cosas en nuestro país serían distintas, diametralmente distintas. Sería un excelente ejercicio político el “probar” a afiliados de un partido, en un gobierno de oposición, para demostrar si ese “discursito” de: “yo a esta vida vine a servir a la gente” es genuino.

 angel.carrillo@multimedios.com