Vertebral

Entre el amor y la política

Esta vez, comencé escribiendo el título de mi columna después de un concienzudo ejercicio de anécdotas. Los primeros días de este mes (del amor y la amistad) llegó hasta la redacción el caso de un funcionario público (casado) que estaba siendo denunciado por una mujer que refería ser su pareja sentimental. Según quedó asentado en el acta levantada ante las autoridades del estado de Durango, el funcionario en cuestión habría pagado para que un tercero golpeara a esta persona y así evitar que esa relación fuera descubierta por su esposa. Ni tarda, ni perezosa la mujer acudió a interponer este recurso legal, para ampararse contra futuras agresiones, de paso (vaya usted a saber) alguna remuneración económica “escurriría”. Meses atrás, otro personaje de la vida pública de la región también se vio inmiscuido en un asunto similar, su actual pareja sentimental, al parecer, lo atrapó “con las manos en la masa” en su coche con otra persona... Y así nos podemos llevar un recuento de varios servidores, que se han metido en “camisa de once varas” pegándole al “gígolo”. ¿En qué momento esta clase de escándalos se convierten en noticia? La respuesta no la sabemos a ciencia cierta, el valor periodístico radica (creo yo) en el momento en el que se ejerce una acción legal, en el instante en el que las mujeres ofendidas deciden (despechadas) interponer denuncias ante la autoridad, sabedoras de que el golpe mediático es irreversible, letal. Ahí, cuando pierden los estribos, el control de la relación y es en ese preciso momento en el que a nosotros (los representantes de los medios de comunicación) entramos en un predicamento. Para nada es un precepto periodístico usar el escarnio en un medio como el nuestro, los personajes indiscretos nos señalan de “amarillistas”, y al final de la historia resultamos ser los “malos de la película”: “Van a destruir a mi familia”, sentenció el último servidor público que nos abordó. ¿Por qué nosotros destruiríamos una familia? Nunca, creo. Qué no es más sencillo que los políticos se preocuparan por comportarse, que por “apagar fuegos” de forma innecesaria. Ahí está el dilema, cuando el amor (y toda la bola de emociones que se desprenden de él) los lleva a enfrentarse a circunstancias como éstas, más en nuestros  tiempos, donde todo es documentado morbosamente a través de teléfonos celulares y se potencializa en la red. La moral es relativa, cada uno de nosotros tenemos nuestro concepto, medida y límite sobre este término, cada uno sabe cómo lleva su vida íntima, lo cierto es que, la clase política principalmente, está expuesta y cualquier “desliz” puede resultar catastrófico y uno nunca quiere terminar como el villano.  


angel.carrillo@multimedios.com