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El que tenga ojos, que vea

La Avenida Morelos es todo un universo semántico que se extiende como una invitación abierta a despertar el interés y la curiosidad, te hace frenar, bajar del auto y querer recorrer la calle a un ritmo diferente, que se siente bien porque es tuyo. Detenerse frente a un muro que ha estado ahí desde 1920, tocarlo, incluso probarlo. Permitir que los sentidos te narren su historia. Caminar para encontrar y encontrarse.
De pronto la ciudad, las prisas, el semáforo, el celular, ya son las 5:00, me van a cerrar, date prisa, córrele y todas esas cosas nos envuelven en una masa monótona. La vida se desvanece en esa vorágine circunscrita. Vamos de un lado a otro, transitamos centenares de veces la misma ruta sin prestar atención en el camino. La velocidad automovilística nos arrebata el sentido del asombro. Nos es difícil pensar en un paseo en bicicleta por el centro de nuestra ciudad para deleitarnos con los grifos de la fachada del Museo Arocena o sonreír con la tipografía de la Estética D’Sosa.
En la actualidad no es fácil caer en la maravilla, la humanidad está perdiendo la capacidad de asombro. Antes la base de todo conocimiento era la observación, ahora no tenemos el tiempo ni para ver. Tal vez se crea que ya no hay nada nuevo bajo el sol o tal vez confundimos el verbo “observar” con “subir imágenes al instagram”. Como siempre –dijo una vez Mafalda– lo urgente no deja tiempo para lo importante.
Nada acontece para quienes solo ponen atención superficial a una primer lectura, pero entre líneas, cada acción te va narrando quiénes somos. Hay que dejarse llevar por la ciudad, la forma y el acomodo de las construcciones, las reacciones de la gente ante las circunstancias, las tonalidades que predominan, los materiales, los sabores y más que emitir un juicio de valor hay que sorprenderse con la impresión que deja en nosotros.
Basta con que uno decida tomarse un momento para recorrer las calles a su propio paso para dar comienzo a la magia. De nuevo la Avenida Morelos se muestra ante nosotros. Los detalles en las rejas de herrería, las figuras caprichosas de los mosaicos multiformes, la intervención casi perfecta de la maleza entre las grietas. De un lado a otro se extiende la oportunidad de admirar. Entre Art Nouveau y Art Decó. Entre una plaza y una alameda. Los sentidos exploran el entorno. Se percibe la sensación de pertenencia, te reconoces entre la gente, el centro ya no parece tan ajeno. Te descubres saludando al desconocido.
Hay que tomar las calles, hacerlas nuestras y no solo por el hecho de recorrerlas, sino encantarse con el discurso de sus formas y sus vicisitudes, retratar en el recuerdo los detalles que te robaron el aliento, permitir que sean detonantes de ideas. Envolverse en la fascinación de una historia latente e ir por ahí deleitando las texturas de tu ciudad.


Nelly David

@moreleandoTRC/@laNellyRifa/