Amador Rodríguez Leyaristi

Dos Crónicas Sicilianas: Ópera en el Bicentenario

Cavalleria Rusticana y Pagliacci son las dos óperas que representan mejor un mundo, una atmósfera, un país usualmente desconocido para todos, aún para los italianos continentales, Sicilia, que ha pasado con el tiempo a formar parte de la imaginería popular como la tierra de la mafia o la región más atrasada de Europa o la escena del crimen y la corrupción judicial por antonomasia.

Este arquetipo generalmente construido en el llamado primer mundo y que de su difusión los propios italianos no son ajenos, representa una visión errónea, trivializada o por lo menos insuficiente del territorio más meridional no solo de Italia sino de Europa.

Sicilia es dueña de una historia suculenta en glorias y adversidades pero sobre todo, es dueña y señora de unos códigos de conducta que han permanecido inalterables hasta nuestros días. Fidelidad, nobleza, devoción, respeto y honor son las columnas sobre las que se asienta primero la unidad familiar y, a través de ésta, el núcleo territorial y nacional.

Los dos melodramas que se presentan a partir del domingo próximo en el Teatro del Bicentenario son el mejor ejemplo para describir esa sociedad siciliana intemporal, cerrada y ancestral. En efecto, ambas historias suceden en la Sicilia profunda, en ambas la violación de las normas inveteradas de comportamiento es su leitmotiv y, por último, el desenlace de las dos ocurre de acuerdo a lo esperado por la violación de sus propios códigos.

Por estas razones Cavalleria, de Pietro Mascagni y Pagliacci, de Ruggero Leoncavallo, son dos óperas singulares: No se debe buscar en ellas el fasto de Aída o el confort palaciego de Don Carlo o las fiestas deslumbrantes de Violetta Valéry. Por el contrario, son dos historias tristes, anónimas, rurales que acontecen en pueblos sin destino enmarcadas por una música colosal y una soberbia partitura.

Y son óperas además tan antagónicas como complementarias: Cavalleria pareciera ser una historia más femenina, Santuzza, Lola, Mamma Lucia, pero con un detonante masculino, Turiddu, cuya transgresión moral por cierto, ocurre fuera de escena. A Pagliacci sin embargo, Canio, Tonio, Silvio y Beppe lo hacen un relato masculino pero en el que es precisamente la única mujer del elenco, Nedda, el referente y el soporte argumental y que además vulnera aquellos códigos a la vista del público…. “A te mi dono, su me solo impera. Ed io ti prendo e m’abbandono intera”.

El domingo 9, el miércoles 12 y el sábado 15 el Bicentenario seguramente nos asombrará de nuevo con otra producción digna y profesional, para seguir consolidándose como el mejor recinto operístico de México hoy en día. Más aún luego de los estrepitosos fracasos de las últimas producciones de Bellas Artes, el más reciente de ellos que provocó incluso los abucheos del público a la nueva producción de La Traviata. Cuando leo (a veces la verdad no las leo, me las platican) las crónicas de algún reportero local que se pone quisquilloso con elencos, producciones o voces de nuestro teatro, pienso que lo que sucede es que el crítico en cuestión ha visto poca ópera en el mundo y tal vez ninguna en México. De lo contrario, se daría cuenta del nivel de las producciones nacionales y de que los teatros del mundo cobran y pagan en dólares o peor aún, en euros.

Cavalleria Rusticana y Pagliacci son una puerta para adentrarnos en un universo distinto, casi desconocido, con códigos de conducta civil y religiosa que los personajes deben respetar y nosotros comprender; historias corales a la vez milenarias y vigentes en las que el motor de la vida no es la Vendetta como el cine de Hollywood nos quiere vender, sino el Honor.

“L’uom riprende i suoi dritti, e il cor che sanguina vuoi sangue a lavar l’onta o maledetta!”.  El hombre reclama sus derechos y el corazón que sangra, quiere sangre para lavar la injuria”, clama Canio transido de dolor y deshonra.