Hurgar con catalejos

Perdido en mi omelette

Empecemos por descartar la novedad, quien tiene las manos manchadas de sangre; ¿o es de parto? ¿O es de un crimen? A nadie le importa, Israelís y palestinos, Caín y Abel. La fórmula ya es antigua, así que si me permiten apelando a que el hombre es el único animal en busca de sabiduría, se me ocurrió que igual  convendría empezar por platicar que la música habla, antes que los poetas, de los que uno olvida hasta como chiflan un verso.

A mí me sorprendió desayunando un domingo, 21 de diciembre del año pasado.

Creí que era un error mío. Esa gotita de sangre chorreando antes de contar lo minúsculo. Me alertó. No somos estúpidos. Esgrimir que somos espíritus cicateros para contrarrestar un rio de méritos, me pereció una falta de respeto a la paremiología.

Cierto el premio jalisquillo en letras afecta a los habitantes de la zona metropolitana de Guadalajara. Pero que en Capital menosprecien a los provincianos, tiene mucho más argumentos, que una falacia por sólida que sea.

Colocar oportunamente adjetivos en las sesudas columnas de opinión es tan nocivo y dañino, como afirmar que la dialéctica es confusa y en el mejor de los casos, falsa.

José María Muria, muy crítico con la señora Magdalena González Casillas olvido que la crítica se evapora al ignorar la inmensa crisis que vive la cultura jalisciense y la Secretaria del mismo ramo.

Entre los puntos que olvida esta aquel refrán que reza “la ropa sucia se lava en casa”.

Lo exculpo porque soy cínico y me vale progenitora. Mi omelett podría describirme situaciones sorprendentes, ridiculizar al diferente, al débil, es un viejo y pobre recurso humorístico, así que trinche mi zetas y reí, como un domingo cualquiera.