Hurgar con catalejos

Juan Lizcano Venezolano universal (1915-2001)

Frente a las jóvenes generaciones poéticas que, bajo el influjo del estructuralismo, se orientan en la creación a la búsqueda de un tono determinado, Juan Liscano se definió  como un poeta de registro muy amplio, que utiliza el lenguaje en función del tema.

Dudo que Liscano pensara en la notación en términos metapoéticos; el lector postestructuralista se apoderará de estas notas para construir su propia lectura, inventando juegos inocentes o maliciosos entre las versiones ‘históricas’ y ‘poéticas’. El lector común (si a estas alturas se puede hablar de tal cosa), poco afectado por las filosofías de las lectura más recientes, identificará su experiencia del poema con la de una hibridación de mito, epopeya, oda, y testimonio entre revisionista y proféticos.

Los aspectos formales de Nuevo Mundo Orinoco, obra cumbre de Lizcano— vacilo entre decir ideas u obsesiones — del propio poeta, es sin lugar a dudas una lectura obligada para quien se pretenda escritor.

Sincretismo y mestizaje, la turbulencia de las dialécticas naturales y espirituales que componen la resistencia americana a las reducciones ideológicas europeas; la contradicción del determinismo telúrico, con sus signos ambivalentes de esencialismo vitalizante y de fatalidad limitadora, desgastante; y electrizándolo todo, la sexualidad, el misterioso motor de todas estas materias, historias, y cosmologías en movimiento: éstos son los constantes del texto entero, como lo son también de la mayor parte de la obra que este poeta ha producido desde entonces. El séptimo canto, “Leyenda del Salvaje Durmiente”, que veo como el eje del poema, coloca, en una estructura formal binaria, el principio femenino en el centro del poema donde, en medio de una circunstancia natural de riqueza sensorial y de una violencia omnipresente, el impulso erótico satura el ambiente en que se crea la raza cuyo inconsciente colectivo queda figurado al final como el dormido solitario. Este dormido “íngrimo” marca el paso entre la leyenda y la historia de América, y habita el subconsciente continental, y del autor.

Entre los textos  por los cuales hemos ido definiéndonos la expresión hispanoamericana en el último medio siglo se destacan dos poemas extensos: Alturas de Machu Picchu (1944) y Piedra de sol (1957).

Estos textos largos son productos de detenidas meditaciones sobre la historia y la identidad individual y colectiva hispanoamericanas. Fueron escritos por poetas maduros, en el período del siglo que va de la última etapa de la segunda guerra mundial hasta la iniciación del proceso (uso la palabra sin mucha confianza) revolucionario cubano.

Frente ellos Juan Lizcano yergue amplia la voz. La voz de un poeta, poco difundido pero indispensable entre los lectores de una Hispanoamérica en deuda consigo misma.

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