Hurgar con catalejos

Hurgar con catalejos

En su desaforada urgencia por descalificar todas las acciones, los regidores de la capital jalisciense  pasaron por alto que la presentación del plan nacional de Cultura, programado para el pasado lunes nueve de diciembre en Guadalajara, Jalisco, se pospuso por el viaje del Presidente de la República a los funerales de Nelson Mandela.

Estas propuestas que prácticamente nunca llegan a cumplirse, suelen ser documentos de gran complejidad y más que una directriz política, el plan nacional de Cultura, es la fórmula para ejercer el control sobre los recursos públicos que se invierten en ese rublo.

Pero no se preocupen, es peccata minuta. Es tal la perversión que Conaculta  no tiene reglamento, y Fonca opera sin tener respaldo legal alguno.

Estas tribulaciones, qué le vamos a hacer, contribuyeron, de pasadita, a alimentar las presiones que se ejercen sobre el presupuesto cultural del ayuntamiento de la capital del estado.

Salvador Caro, regidor de la fracción edilicia del partido Movimiento Ciudadano, solicitó al alcalde Ramiro Hernández García, retirar el apoyo que se otorga anualmente para la Feria Internacional del Libro, (FIL) y el Festival Internacional del Cine de Guadalajara.

(FICG), ambas empresas parauniversitarias de la Red Universidad de Guadalajara.

La reacción inmediata, y lógica, no tardo en aparecer: Juan Carlos Guerrero Fausto, líder del PRD en Jalisco, abandonó el lenguaje cultural y añadió: “Eso de golpear por golpear para obtener reflectores es chafa... Hacen esto no en nombre de la cultura, sino como respuesta a su pérdida de adeptos por falta de claridad y responsabilidad”... ¿En qué ayuda?”  Concluyó.

Pero no todo aquí es capricho, desde luego.

El interés y la simpatía son cosas distintas, flotar en el éter de las instituciones puras, es hacerle ojitos al presupuesto, a la posteridad, los pleitos no se libran consigo mismo, el voto de la confianza no es neutro epílogo, sino una prueba de evaluación, que sintetiza la identidad lectora del jalisciense común, es decir la subordinación a las firmas españolas de la cultura, a pesar de su insignificancia en obras, es la gremialidad y conservadurismo basado en la estética del espectáculo autoral.

Unas fotografías posadas al lado del autor o los libros, son deplorables, son la otra cara del abandono social y económico que compartimos la gran mayoría de los profesionales del arte a pesar de las muchas variantes que puedan existir.

Los merecimientos agigantados y las obras injustamente olvidadas, obligan a legislar, no solo en la cultura, sino también en los reglamentos que regulan la operación de esta importante actividad en la vida nacional.

Urge una ley estatal de cultura efectiva, y respetable. Un reglamento que regule la actividad municipal, y sus discrecionalidades, en el ejercicio del gasto. 

No olvidemos el gran cúmulo de obras que hoy se reeditan con el adjetivo de clásicas y vieron luz primera en este estado.

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