Ojo por ojo

Mi vida en "bullying"

Yo, Álvaro Cueva, fui víctima de bullying. Lo siento, lo tenía que decir.

A mí, de niño, me iba muy mal con esto y no nada más en la escuela, también en el transporte escolar, en mi propia casa, en la casa de mis familiares, con los vecinos. Era como una maldición.

Me pegaban, me robaban, me insultaban. Cuando no me rompían la camisa me quitaban la mochila, me sacaban sangre, me ponían apodos, me pegaban chicles.

¿De casualidad usted vio Después de Lucía? Bueno, pues para acabar pronto y omitir los detalles más dolorosos, haga de cuenta que así era mi vida.

Por eso me afecta tanto lo que está pasando y todo lo que se está diciendo alrededor del bullying y de muchas otras manifestaciones, cada una con su nombre específico, del odio, el acoso y la violencia.

Solo hay algo que me anima y que me hace darle gracias a Dios: ahora soy un adulto.

Si hoy tuviera cinco, diez o 14 años, le juro que o ya me hubieran asesinado o que yo mismo me hubiera quitado la vida.

¿Por qué? Porque lo que le está pasando a los chavos en la actualidad no tiene nombre y porque como las soluciones siempre están en manos de los adultos, nuestros pobres jóvenes están completamente abandonados, indefensos.

Abandonados en un contexto que les exige cuestiones insólitas, desde lo más cruel a nivel físico hasta lo más perverso en términos de popularidad.

Indefensos, sin información confiable sobre temas fundamentales de todo tipo, desde lo sexual hasta la drogadicción y el alcoholismo, pero con herramientas tan directas, contradictorias y sofisticadas como las redes sociales. ¡Imagínese el golpe al cerebro!

No es lo mismo hablar de bullying para un adulto que fue niño en los años 70 que para un chavo de 2014. ¡No lo es! Cuidado con las comparaciones. Cuidado con la trivialización.

¿Pero sabe qué es lo que más me duele de la realidad actual del bullying en México?

Que esto ya se politizó, que ya se convirtió en un pretexto para el lucimiento personal de dos o tres gobernantes y de tres o cuatro periodistas, y no se vale.

Que a usted lo obliguen a vivir en el terror no es bandera de campaña, no es un truco para jalar rating.

El infierno que miles de jóvenes mexicanos están sufriendo hoy no es un espectáculo.

Si está pasando, es, en gran medida, porque las mismas autoridades lo han permitido, porque los mismos medios lo han fomentado.

¿Con qué cara vienen ahora y nos dicen que lo van a combatir? Es como si un grupo de neonazis nos saliera con la puntada de que va a patrocinar una campaña de amor hacia el pueblo judío.

¡Que se lo crea su madre! Es lo más enfermo que he escuchado en mucho tiempo y mire que nuestra realidad no es precisamente la más sana del planeta.

¿A usted no se le hace extraño que el tema del bullying se haya puesto de moda tan intempestivamente y justo hoy?

¿A usted no le llama la atención que a la hora de contar estas historias todo el mundo opine menos los verdaderos afectados?

Sí, el hecho de que sean menores de edad es muy buen pretexto para mantener una distancia. ¡A que no ha sido pretexto para que se cometan muchos delitos!

¿Cómo pretenden nuestras autoridades que no exista el acoso entre niños en este país si nuestros jóvenes se la pasan viéndolas acosarse todo el tiempo y con lujo de rencor?

¿Cómo creen nuestros políticos que nuestros chicos van a tenerle miedo a las consecuencias de sus actos si cada vez que atrapan a alguien de esa cúpula en algún acto ilícito no pasa nada?

Igual, ¿cómo quieren nuestros medios que no existan estos problemas si permanentemente nos están educando para que consideremos que el hecho de atacar al otro es algo normal y divertido?

Ponga usted el programa que quiera, desde la docta mesa de análisis político hasta el show de espectáculos y casi todo es una oda al pleito.

Las grandes lecciones son vamos a burlarnos de los demás, a humillarlos, a destruirlos. ¡Es chistoso!

El que se burla es importante. El que agrede recibe reconocimiento. Cero broncas. ¡Hazlo! Y a las pruebas me remito:

“¡Que pase el desgraciado!”, “¿Quieren que les enseñe la Reata?”, “¡Le apesta el sope!”, “¡Quítense, perras, que ya llegué!”, “Vente para acá, bizcochito”, “¡Por qué no eres una niña normal!”

¿Queremos acabar con el bullying? Es obvio por dónde tenemos que comenzar, ¿no?

 

¡atrévase a opinar! alvarocueva@milenio.com