Ojo por ojo

La muerte de la solidaridad

Tengo sentimientos encontrados con el temblor del 7 de septiembre.

Por un lado, me siento orgulloso de todas las personas que supieron cómo reaccionar, de la resistencia de nuestras edificaciones y de la respuesta tanto de las autoridades como de los medios de comunicación.

Pero, por el otro, no quepo en mí de la decepción ante lo que percibí en las redes sociales.

Me parece monstruosa la combinación de narcisismo, soberbia y autoengaño de muchas personas que, al primer jalón, se preocuparon más por reaccionar en el mundo virtual que por hacerlo en el real.

Y no, no hablo por la gente que se tomó fotos y videos escapando, espiando a los vecinos o captando el momento del sismo para la posteridad.

Hablo por las personas que atascaron plataformas como WhatsApp, Twitter y Facebook con dos tipos de mensajes: estoy bien y ¿cómo están?

Se necesita estar verdaderamente enfermo de vanidad como para suponer que, en medio de un temblor, al mundo le interesa saber que esos hombres y que esas mujeres, en específico, están bien.

Pero se necesita estar todavía peor para mandarles mensajes, sin destinatario específico, a contactos, seguidores y al público en general, preguntando cómo están.

¿Qué esperan? ¿Que la gente se detenga en medio de las escaleras de emergencia a contestar? ¿Que si alguien no responde signifique que está atrapado bajo una montaña de escombros?

¿Y si ese alguien está atrapado bajo una montaña de escombros, la persona que publicó el mensaje va a mandar a los cuerpos de rescate?

No es un tema de cortesía. Cuando hay una emergencia debe caber la cordura y así como usted y yo le exigimos profesionalismo a los medios, nos debemos exigir prudencia ante esta clase de situaciones.

No sé usted, pero lo primero que me preocupó la noche del jueves fue la manera como millones de personas saturaron líneas telefónicas, de celulares y accesos a internet para decir estupideces.

Qué bueno que aquello no colapsó, pero pudo haber sucedido y quienes en verdad hubieran tenido la necesidad de pedir ayuda, jamás hubieran podido tener acceso a nada.

Las pudimos haber matado por estar presumiendo que sobrevivimos a algo supuestamente peor que lo que sucedió en 1985, por estar contando chistes y por jugar a Los expedientes secretos X con las luces que se veían en el cielo.

Que a usted no le haya pasado nada en su vivienda de Ciudad de México no significa que a nuestros hermanos de las poblaciones más humildes tampoco.

¡Maldita cultura de la información express! Ante huracanes, inundaciones y temblores hay que esperar. Hay que pensar en los demás. Hay que ayudar.

Darle like a un meme no le va a devolver la salud a un damnificado.

Aventarse una frase célebre abajo de la publicación de alguien que propone mandar ayuda no le hará llegar nada a nadie.

A esto me refiero cuando le hablo de autoengaño. ¡Un retuit no sirve de nada!

Si a esta generación le hubiera tocado el sismo de 1985, todavía estarían los cadáveres pudriéndose entre las piedras.

Ahora sí me dio miedo el impacto de la tecnología en las catástrofes naturales.

Perdimos la solidaridad. Estamos entregados al narcisismo, a la soberbia y a cosas peores. ¿O usted qué opina?

¡atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com