Ojo por ojo

¡No más reformas!

A mí, la verdad, me tiene muy sin cuidado si vivo en México, DF, en la Ciudad de México o en Chilangolandia; si tengo un jefe de Gobierno, un gobernador o un alcalde.

Yo debo ser el más amargado de los mexicanos, pero me importa un comino esa reforma que se quiere hacer en la capital del país.

¿Por qué? Porque no es una reforma para los ciudadanos, es una reforma para los políticos, para que se la pasen mejor, para que les vaya mejor.

A mí, la verdad, me tiene muy sin cuidado si vivo en México, DF, en la Ciudad de México o en Chilangolandia; si tengo un jefe de Gobierno, un gobernador o un alcalde.

Quiero estar en un lugar donde pueda vivir en paz, donde pueda llegar a mis trabajos de manera rápida, segura y eficiente, y donde no le tenga más miedo a los policías que a los asaltantes.

Quiero vivir en una ciudad que no me sorprenda cada día con una marcha diferente, donde se hagan obras que sirvan para algo más que para que los turistas se tomen la foto, donde sepa que nadie me va a sacar una pistola en el semáforo.

Quiero un espacio que no se inunde cada vez que llueva, que tenga calles de verdad, con buen pavimento, con buena iluminación, con buenas banquetas, con botes de basura, donde no tenga que luchar contra cualquier cantidad de puestos para moverme de una esquina a otra.

Quiero subirme al transporte público a la primera, circular por una red rica, diversa y eficiente, manejada por gente profesional, educada y capacitada, en vehículos estables, cómodos y seguros, y llegar a mi destino a la hora acordada y en buenas condiciones.

Quiero habitar en un lugar donde no le tenga que dar “propina” al barrendero, al de la basura o a cualquier burócrata de cualquier trámite para que haga su trabajo, para que no me amenace inventándome delitos, para que no me complique más cualquier cosa que yo quiera resolver con el gobierno.

Quiero pagar mis impuestos en un sitio donde tenga la certeza de que no me van a construir una mole de oficinas en medio de una zona residencial, donde no tiren una casa de tres recámaras para levantar una torre de departamentos, donde se respeten las normas.

Quiero estar en una zona donde los antros estén con los antros y los hogares con los hogares, donde vaya a los servicios públicos de salud y me traten con respeto, donde me pueda subir a un taxi con confianza, donde pueda salir de noche, a pie, sin pánico.

Quiero vivir en una ciudad de verdad, como las que he visitado en otros lugares del mundo, donde las cosas funcionen apegadas a la ley, al sentido común, a la lógica, y no al capricho de una larga cadena de gente que no sabe hacer su trabajo.

Desde el agente de tránsito que complica la vialidades hasta la persona que lo atiende a uno cuando va a denunciar un delito, pasando por los camiones de basura que paralizan media avenida, en hora pico, para ponerse a esculcar lo que llevan.

Esto de la reforma para cambiar el estatus político del Distrito Federal, como lo de las nuevas cadenas de televisión, se debió haber hecho hace más de 20 años.

Hoy es una ridiculez que, independientemente de que se haya bloqueado o no, para lo único que va a servir va a ser para que nuestros políticos se vuelvan a despachar con la cuchara grande.

¿Y nosotros? “Bien, gracias”. Aquí, padeciendo el horror de vivir en la porquería, en la mediocridad, en una ciudad de puras apariencias.

¿A usted y a mí en qué nos va a beneficiar que pasemos de México, DF a Ciudad de México?

En nada. Puro atole con el dedo. Mejor, en lugar de reformar, que nuestros políticos se pongan a trabajar en lo que deben. ¿O usted qué opina?

¡Atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com