Ojo por ojo

Te odio, Buen Fin

Odio el Buen Fin. Sí, lo odio. Soy como El Grinch de esa cosa tan extraña que se inventaron en los sexenios panistas para beneficiar a los bancos y a los empresarios.

Se supone que el Buen Fin es algo así como un “pacto” donde todo el mundo se pone de acuerdo para bajar los precios, para que la gente compre, para que de esta manera se active nuestra economía y para que al final a todos nos vaya mejor.

¡Suena perfecto! Pero, a ver, si los precios se bajan así, por capricho, ¿por qué nuestros queridos proveedores de productos y servicios no nos dan barato todo el año? ¿Por qué nada más en estos días?

¿Por qué el Buen Fin solo aplica en tiendas, hoteles, restaurantes y páginas de internet y no en dependencias oficiales?

¿Por qué no hay un Buen Fin para quienes pagamos impuestos? ¿Por qué no hay una campaña para pagar más rápido? ¿Por qué Hacienda no hace promociones?

Igual, ¿por qué no hay un Buen Fin en las gasolineras, en los recibos de luz y agua, en trámites como el de la tarjeta de circulación y en el pago del predial? ¡¿Por qué?!

¿Por qué todo tiene que ser frivolidad? Yo quiero un Buen Fin de productos básicos, de seguros, de colegiaturas. Ahí sí a todos nos iría mejor.

Y es que, no sé si a usted le pase lo mismo, pero yo llego a el Buen Fin sin dinero. Solo tengo lo indispensable para cubrir deudas atrasadas y para que la familia medio sobreviva de aquí a fin de mes.

¿Qué significa esto? Que si quiero participar en esta bonita campaña de descuentos, tengo que o pedir prestado o utilizar mi tarjeta de crédito.

¿Y qué pasa si pido prestado? Que cuando me comiencen a cobrar lo poco o mucho que me dieron (menos comisiones y gastos de representación) me las voy a ver negras tratando de compensar ese hueco en mi economía.

¿Qué pasa si utilizo mi tarjeta de crédito? Lo mismo, solo que con un enjambre de cobradores rabiosos llamándome a horas impropias para amenazarme porque nos les pude pagar a tiempo (y a partir de ese momento, más recargos) la cuota mínima que establece el banco.

¿Eso es un Buen Fin? ¿Para eso me quiero endeudar? No, y espérese, porque esta historia apenas comienza.

Sí, compro en estos días algo que a lo mejor no necesito, pero de tanto oír que me conviene termina por seducirme, como un refrigerador, una pantalla plana o una tablet. ¿Y qué hago en Navidad?

¿De dónde voy a sacar dinero para los regalos? Por más que le diga a mi familia que mi regalo va a ser ese refrigerador, esa pantalla plana o esa tablet, llegado el 24 de diciembre todo cambia.

¿De dónde voy a sacar dinero para mis regalos más personales si todo se me fue en el Buen Fin? Pues endeudándome.

En resumen, si no me endeudo hoy, me endeudo en un mes y, en el peor de los casos, me endeudo en las dos fechas y ahí le encargo la cruda realidad en enero con los nuevos precios de todo y la reforma fiscal.

¡Bonito refrigerador! ¡Bonita pantalla plana! ¡Bonita tablet! En ese momento sí me van a hacer sentir muy feliz y satisfecho. ¡Cómo no!

¿Y qué me dice de lo que sucede cuando usted va a las tiendas? Me pasó el viernes.

Allá voy como idiota a comprar mis vitaminas porque afuera del local donde siempre las compro había una “mantota” del Buen Fin con la leyenda “2x1”.

¿Y qué pasa cuando estaba en la caja con una sonrisa en los labios dispuesto a pagar?

Que el encargado me revela que lo que está al 2x1 son unos polvos, de esos que usan los fisicoculturistas para ayudarse a marcar los músculos, de la marca más chafa y a punto de caducar, y que mis vitaminas no entraban en “la promoción”.

¡Ah, claro! La idea es que uno diga: “¡Pues ni modo! Ya que ando por aquí, me compro lo que no está en oferta”.

¡Cuál! ¡Por supuesto que no! Ahí dejé las vitaminas y me salí del centro comercial no sin antes comprobar que, en la mayoría de las ofertas de los locales por los que iba pasando, todo era relativo, aplicaba únicamente para cosas inútiles o era la misma promoción que había antes del Buen Fin.

¿Ahora entiende cuando le digo que soy
El Grinch de esta ocurrencia?

Ojalá que usted sí tenga mucho dinero para despilfarrar en estos días y que sí les esté yendo maravillosamente bien con todo ese mar de supuestos descuentos.

Yo, como condenado a muerte, solo estoy esperando a que llegue el 1 de enero para despertar.

¡atrévase a opinar! alvarocueva@milenio.com