Ojo por ojo

La guerra de los gobernadores

En los tiempos de Felipe Calderón México estaba en guerra contra el crimen organizado. ¿Se acuerda?

Todo era: guerra por aquí, guerra por allá, sangre, odio, violencia.

¿Resultado? Una sensación bastante dolorosa de miedo, miedo que nos llevó a la desesperanza. Fue espantoso.

Ahora, al parecer, en los tiempos de Enrique Peña Nieto, México ya no está en guerra contra el crimen organizado, pero sigue en guerra.

¿Contra quién? Contra los pocos gobiernos estatales que no vienen del PRI o de sus alianzas.

A lo mejor la sensación ya no es de miedo, pero la de desesperanza sigue siendo la misma porque guerra es guerra. Al final nadie gana.

¿En qué me baso para decirle esto? En las noticias de las últimas semanas.

¿A usted no se le hace demasiada casualidad que todas las cosas malas solo vienen de los estados que no son del PRI?

Si no son Sonora o Puebla, que son del PAN, es Oaxaca, que combina al PAN con las izquierdas, o Guerrero y el Distrito Federal, que son de izquierdas puras.

Hasta Michoacán y Tamaulipas, que están pasando por momentos muy complicados, a nivel mediático, tienen solución. ¿Por qué? Porque son del PRI. Los otros, no.

Analice las notas en la mayoría de los medios tradicionales.

¿A usted no le llama la atención, por ejemplo, que cuando se habla de los conflictos de la Línea 12 del Metro capitalino lo primero que se dice es que ya se le acabó la carrera política a Marcelo Ebrard?

¿Por qué se le tendría que acabar la carrera política a Marcelo Ebrard y no a los gobernadores y a los ex gobernadores de otros estados donde ha pasado y sigue pasando barbaridad y media?

¿Por qué el comentario tiene que ir en relación al futuro de este señor y no en relación al Metro?

Perdón pero yo no escucho, cuando se habla de escándalos de corrupción, en estados priistas, que la nota sea la carrera política de sus protagonistas.

¿Por qué cuando el problema viene de otro lado, sí?

No sé usted, pero yo cada vez que leo, veo o escucho hablar de los gobernadores de entidades como Guerrero y Oaxaca, a menos que se trate de cuestiones patrocinadas y salvo honrosas excepciones, me encuentro hasta con insultos.

A ver, ¿por qué nadie insulta a los gobernadores priistas? ¿Por qué, cuando se les critica, se les critica hasta con cierto aire de respeto y a los que vienen de otros partidos jamás?

Es como si hubiera dos niveles de políticos, los de PRI, que aunque hagan lo que hagan son tratados con pinzas, y los de los otros partidos que, así tengan las cualidades que tengan, merecen trato como de personajes de segunda.

Lo de Sonora es violentísimo. Veníamos de una catástrofe ecológica, la convertimos en un conflicto de corrupción personal de su gobernador y ahora es poco menos que un problema de traición a la patria.

¿Por qué no se trató así, en su momento, al gobernador priista que estaba en la silla cuando murieron los niños de la Guardería ABC? ¿Por qué no se le trata así ahora que está en otras cuestiones?

Y no estoy hablando de las declaraciones del secretario de Gobernación, estoy hablando de la gente que tiene a su cargo la difusión de las noticias en este país.

¿Por qué al gobernador de la represa se le trata como al máximo delincuente del universo y al del incendio de la Guardería ABC, pues nomás se le menciona?

¿Por qué a uno se le insulta y se le califica hasta de incompetente, y al otro solo se le cita como para ver si algún día se anima a dar una explicación?

No, yo no estoy defendiendo a nadie. Me parece perfecto que donde haya problemas se investigue y que cuando haya algo que perseguir, se aplique la justicia.

Lo que no me parece es esta parcialidad. Y no me parece porque, por un lado, se presta a malas interpretaciones y porque, por el otro, en lugar de aclarar, ensucia.

Antes, México vivía una guerra entre la autoridad y el crimen organizado.

Ahora, gracias a esto que estamos padeciendo, tal parece que México vive una guerra entre los políticos de un lado y los políticos del otro. La guerra de los gobernadores.

¿Sabe quién va a ganar el final? Nadie, porque la única conclusión a la que se puede llegar con todo esto es que nadie, absolutamente nadie, vale la pena.

Todos los gobernantes de todos los partidos son iguales, igual de malos. Desprestigio total para nuestra clase política. ¿De eso se trata?

¡atrévase a opinar!

 

alvarocueva@milenio.com