Ojo por ojo

El enemigo público número uno

¿De qué sirve que la tarifa del Metro capitalino sea tan baja si a final de cuentas sus usuarios terminan pagando una fortuna para compensar sus deficiencias?

Es muy curioso cómo van entrando y cómo van saliendo las noticias a los medios de comunicación.

Por eso las nuevas generaciones se niegan a seguirlos con la misma fuerza de antes.

No se necesita ser un experto para detectar que ahí está pasando algo raro, algo que le dice a las audiencias en qué, cómo y cuándo pensar.

Y si no me cree, viva usted en la ciudad en la que viva, échele un ojo a todo lo que se ha estado diciendo en los últimos días sobre el Metro del Distrito Federal.

Resulta que una mañana, mágicamente, los hombres y mujeres que practican el comercio informal en los vagones se convirtieron en los enemigos públicos número uno.

Esos tipos lo único que hacen es “estorbar, molestar, invadir” y no solo eso, “merecen el peor de los castigos”, porque “representan un brazo silencioso del crimen organizado”.

“Si en México hay asesinos, secuestradores y narcotraficantes, es por culpa de los vagoneros”.

No, y espérese, ¿se quiere reír? Pues nada más acuérdese del remate de estas sorprendentes declaraciones:

“Usted, los habitantes de la Ciudad de México y yo somos los culpables de que esos malditos se vuelvan millonarios traficando en el Metro”.

¿Por qué? Porque usted y yo les compramos artículos tan “peligrosos” como plumas, chicles y mazapanes.

¿Sí entiende lo que tenemos aquí? ¡Es una vergüenza!

Perdón, ¿pero a quién le importa si los vagoneros del Metro hacen ruido con sus bocinas si el servicio del Sistema de Transporte Colectivo de la capital de todos los mexicanos es una porquería?

¿Quién quiere condenar a los vendedores que van de vagón y vagón si la mayoría de las veces ni siquiera ellos se pueden subir a los trenes de lo llenos que van?

Antes de pensar en los vagoneros, tendríamos que pensar en el mismísimo Metro.

¿Usted lo ha tratado de usar últimamente? ¿Le ha servido?

Más allá de los accidentes que a muchas personas se les han estado olvidando, es imposible llegar a tiempo a cualquier destino en esos trenes que se van deteniendo de a tiro por viaje.

Y luego, cuando uno llega en el último Metro a estaciones como la de Indios Verdes, ¿qué pasa?

Que ya no hay manera de conectar con algún otro transporte público que nos lleve a nuestro destino.

¡Mucha gente le acaba pagando hasta 120 pesos por pasaje a unos camiones que aparecen de la nada, que nadie supervisa y que son los únicos dispuestos a “ayudar”!

¿De qué sirve que la tarifa del Metro capitalino sea tan baja si a final de cuentas sus usuarios terminan pagando una fortuna para compensar sus deficiencias?

Y no me he metido con el tema de los asaltos.

Estamos ante algo muy grave, algo que pone en riesgo nuestra movilidad, nuestra calidad de vida, nuestra estabilidad escolar y laboral, y nuestra seguridad.

Si el tema fuera: odiemos a los vagoneros porque ponen en riesgo nuestra vida, ¿por qué las autoridades no liberan las salidas de las estaciones que están plagada de puestos irregulares que impiden la circulación de la gente hasta con carbones encendidos y tanques de gas?

Esto es una mala broma y no, no estoy defendiendo ni al crimen organizado ni a la piratería.

Estoy defendiendo a la gente honesta que se transporta en el Metro y que antes que distractores morales, merece un respeto que no está recibiendo en lo más básico de este servicio que es y debe ser el transporte.

Mientras el Metro no nos transporte bien, cualquier otra cosa está de más. Ojalá que los medios lo entendieran. ¿O usted qué opina?

¡Atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com