Ojo por ojo

Soy un asco

Veníamos de Ayotzinapa, de un tema que nos tuvo conmocionados durante meses, y nomás ocurrió lo de Cuajimalpa y ¡zaz!, todo cambió.

Yo debo ser la criatura más mal pensada de México pero me escandalizan las coberturas especiales que se le están dando a la tragedia del Hospital Materno Infantil de Cuajimalpa.

¿Por qué? Porque se me hacen anormales, porque tantos canales le están echando tantas ganas que lo menos que puedo pensar es que se trata de una estrategia para enterrar casos como el de Ayotzinapa.

No, no estoy diciendo que lo que ocurrió con tantas familias no haya sido una tragedia, ni les estoy faltando al respeto ni estoy proponiendo que se les niegue el apoyo.

Es que todo lo que veo en la televisión se me hace raro, insólito. Le voy a explicar:

De un tiempo a la fecha ocurrían cosas, desde accidentes carreteros hasta conflictos sociales, y, salvo honrosas excepciones, casi nadie se molestaba en mostrarlas, en investigarlas, en darles seguimiento.

Era como si nuestro país se hubiera convertido en un lugar inmaculado, perfecto, la tierra de la felicidad eterna.

Veníamos de Ayotzinapa, de un tema que nos tuvo conmocionados durante meses, de un asunto que concluyó con uno de los ejercicios de comunicación política más dignos de análisis de las últimas décadas, y nomás ocurrió lo de Cuajimalpa, y ¡zaz!, todo cambió.

En cuestión de minutos todas las televisoras habidas y por haber llegaron al lugar de los hechos y hasta algunos de los periodistas más importantes de la nación se pasearon por la ruinas.

Todavía no llegaba el jefe de Gobierno de la Ciudad de México al lugar del accidente cuando los medios ya estaban exigiendo cifras exactas, conclusiones definitivas y castigo para los responsables.

No sé si usted tuvo la oportunidad de ver aquello pero fueron derroches de producción, avalanchas de entrevistas y kilos de revisiones por parte de analistas políticos, económicos, médicos y hasta de expertos en seguridad.

No digo que no sea lo óptimo, digo que me llama la atención, porque se había dejado de hacer y porque fue tan grande la insistencia por realizarlo con esta nota que se cometieron errores gravísimos.

¿Como cuáles? Como pretender que los testigos dijeran cosas que no querían decir o como utilizar un tiempo y un espacio con datos que no eran datos.

¿A usted no le tocó, por ejemplo, ver o escuchar entrevistas con algunos de los vecinos de la zona y que el periodista a cargo los quisiera obligar a hablar de la nota como si se tratara de la resurrección del caso San Juanico?

¿A usted no le tocó observar u oír a algún reportero paseándose por los edificios cercanos una y otra vez para mostrar los mismos vidrios rotos y convocarnos a una solidaridad como la del terremoto de 1985?

No sé qué me impresionó más, si todo este torrente noticioso, la cantidad de explosiones que se fueron dando, en otros lados, en cuestión de horas, o lo bien que se portaron todos nuestros políticos con esta desgracia sin importar niveles o partidos.

Pobre gente la que padeció ese infierno, qué nota tan más espantosa y qué cantidad de historias de vida tan más admirables, pero hay muchas cosas aquí que no me cuadran.

Por eso le ofrezco una disculpa por no alarmarme, por no ponerme a llorar y por no salir a las calles a pedir ayuda.

Pero es que soy un asco, un monstruo, la criatura más mal pensada de México y no puedo evitar sentirme escandalizado por las coberturas especiales que se le están dando a esta tragedia.

No encajan con el esquema mediático de los últimos meses. Perdón. De veras. Le pido perdón.

¡Atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com