Ojo por ojo

Un año después

No compito contra el mundo, compito contra mí. Lo que ejercito no son mis piernas, es mi voluntad.

Estoy cumpliendo un año de haber tomado la decisión de convertirme en corredor.

A lo mejor a usted le consta porque, cuando empecé, subí un video a YouTube.

Es importante que se lo comente porque en estos 12 meses he aprendido mucho y porque quiero compartirle esto que choca contra mil y una cosas que se dicen o que, incluso, han manejado nuestras autoridades.

Yo no comencé a hacer ejercicio para bajar de peso o para ponerme sabroso.

Lo comencé a hacer para no volverme loco con tantas deudas y con tantos problemas. Era eso o cometer un error.

Como no tenía un quinto para inscribirme en un gimnasio ni tiempo para meterme en alguna clase y ya medio había empezado a caminar, decidí correr.

¿Dónde? En la calle, en los parques. Donde no me cobraran ni me vieran de arriba a abajo.

¿A qué hora? En las madrugadas porque yo, como muchas personas, tengo que hacer milagros con mis tiempos.

Corrí con frío, con calor, sano, enfermo, en medio de la lluvia, durante los viajes de trabajo. Corrí.

Y para que el compromiso fuera mayor, siempre, al final de mi ejercicio, me tomaba una foto y la subía a las redes. Quería sentirme presionado, que el peso de mis seguidores me obligara a no dejarlo nunca.

Mis carreras no son nada espectaculares. Solo corro 5 kilómetros de lunes a viernes. Es una distancia que me funciona y que impide que me lesione.

Hasta ahora no he participado en carreras públicas porque para mí esto es un asunto íntimo.

No compito contra el mundo, compito contra mí. Lo que ejercito no son mis piernas, es mi voluntad. Y cuando corro, no soy ni periodista, ni padre de familia, ni tengo problemas ni nada.

Ese momento en el que corro, es mi momento. Solo estamos el suelo y yo, y algo ocurre en el acto de correr que cuando uno menos lo espera, todo desaparece.

Uno deja de escuchar la música a través de los audífonos, de mirar y pasa a un estado como de meditación. Es mágico, parecido a la paz.

Y esa paz dura todo el día y hay cosas que comienzan a cambiar en lo físico y en lo emocional.

Por eso apoyo el hashtag #bemorehuman (se más humano). Uno se vuelve mejor a través del deporte.

Que si bajé de peso, pues sí. Algo pasó, pero no me interesa jugar a las transformaciones milagrosas ni publicar fotos de antes y después.

¿Por qué? Porque uno no debe hacer ejercicio para cambiar, uno debe hacer ejercicio porque debe hacer ejercicio. Punto. Porque así tiene que ser la vida.

Así como respiramos y dormimos, la actividad física debe ser algo tan, pero tan cotidiano, que ni siquiera nos debe llamar la atención.

Me opongo a las concepciones comerciales y políticas del deporte. Por eso no funciona. Por eso somos un país y, en general, un planeta de gente o muy gorda o muy trabajada.

No existe lo normal, lo que nos tenga satisfechos.

Yo, por ejemplo, sigo esperando los maravillosos resultados de los impuestos que se le pusieron en este país a los productos con alto contenido calórico.

¿Dónde está la gente sana y delgada que ya no está consumiendo chatarra? ¿Dónde están los bebederos que se iban a construir con ese dinero?

¿Ahora me entiende? Mientras no le demos a la actividad física (y a la nutrición) su justa dimensión, vamos a ser víctimas de cualquier cantidad de situaciones.

Y eso no lo deben poner ni los empresarios ni el gobierno, lo debemos poner nosotros aunque sea, como en mi caso, por desesperación.

Por favor, haga algo con su cuerpo, haga ejercicio. Le va a gustar.

¡Atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com