Ojo por ojo

París, los medios y nosotros

Lo que más me sorprendió de los ataques terroristas del viernes pasado fue la reacción en las redes sociales.

El mundo entero participó en una peculiar dinámica de histeria colectiva y la combinación de esto con la impotencia de los medios tradicionales generó un fenómeno sobre el que vale la pena reflexionar.

¿Por qué? Porque la información pasó a un segundo término, porque esto, en esta clase de acontecimientos, es gravísimo, y porque al rato nos puede tocar a nosotros.

¿Eso es lo que queremos que se genere? ¿Nos va a servir de algo?

¿A quién le sirvió que se dijera todo lo que se dijo casi inmediatamente después de los atentados?

¿A las víctimas, a sus familiares, a Francia, a los amigos de Francia, a los enemigos de Francia, al negocio de los medios de comunicación, al negocio de las redes sociales o a la combinación de ego con relaciones públicas de quienes enviaron textos de condolencias?

¿Qué tan espontáneo fue lo que vivimos a nivel medios el 13 de noviembre y qué tanto fue automático, como si se tratara de un protocolo?

Y esto aplica lo mismo para los jefes de Estado que autorizaron a los administradores de sus cuentas a mandar mensajes, que para los hombres y mujeres que pidieron cadenas de oración.

¿Usted se puso a rezar? ¿Cuántos rosarios? ¿Cuántos minutos? ¿Lo hizo o nada más compartió la primera convocatoria que vio en sus redes?

¿A cuántas personas conoce que lo hayan hecho? ¿De qué sirve hacerlo? ¿Sirve más hacerlo o sirve más decirlo?

Lo del viernes en París no fue como lo de 2001 en Nueva York. Fue distinto.

No hubo espectáculo, no había manera de estar ahí en directo, pero existía la necesidad de cubrirlo, de narrarlo, de participar, de ser parte de la historia.

¿Entonces qué fue lo que hicieron muchos medios tradicionales? Comenzaron a alucinar.

¿Cómo? Llamándole al primer amigo que su gente tuviera en Francia para que contara su versión de los hechos, como si París fuera un parque de diversiones donde todos pudieran levantar la mirada y ver lo que está pasando en la montaña rusa.

Perdón, pero los cuates no son periodistas, la mayoría de ellos no aportó nada.

Fue tan vergonzoso como la exigencia que muchos comunicadores le hicieron a los especialistas que se dejaron, de hacer un análisis exprés.

Se necesita estar verdaderamente mal de la cabeza para analizar algo sin datos. Bueno, esas señoras y esos señores, lo hicieron.

Por supuesto, no faltó el comunicador sensacionalista que sugirió que todo París estaba cubierto de sangre.

¿Por qué se comportaron así? ¿Qué era lo que querían? ¿Informar, competir, rating?

Yo solo espero que regresando de este fin de semana largo haya enormes juntas de autocrítica en todos lados, porque lo primero que hay que hacer en estos casos es conservar la calma y casi nadie la conservó.

¿Y qué era lo que sucedía en las redes sociales mientras esto pasaba en los medios tradicionales?

El juego de siempre, pero peor. Los usuarios que no estaban retuiteando a destajo estaban inventando conspiraciones, poniéndole nombre y apellido a los culpables y hasta explicando sus razones. ¡Cómo!

El mundo vivió una noche de terror el 13 de noviembre, pero no nada más por lo que sucedió en París.

No, también por la propagación y multiplicación de ese terror que todos hicimos comportándonos con irresponsabilidad, tanto en los medios como en las redes.

Los responsables de esto deben estar más que felices. Se salieron con la suya. ¿O usted qué opina?


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