Ojo por ojo

Odio las elecciones

Los comicios tendrían que ser una fiesta, el reforzamiento de nuestros valores, la más pura manifestación de la paz.

A mí no me da pena decirlo: odio las elecciones. De 2006 para acá siempre que hay un proceso electoral, me va mal.

Si no me quedo sin trabajo, me bajan el sueldo. Si no tengo que cerrar el único negocio que pude abrir, me lo quitan. Si no aumentan los precios, se devalúa la moneda.

¿En qué momento esto se convirtió en una desgracia?

Todo el mundo se pone de malas con las elecciones. La gente no para de pelear, las familias se dividen, los amigos se enojan.

¿Y qué me dice del comportamiento en las calles? Más allá de las marchas y de los estallidos de violencia, siempre que hay un proceso de este tipo hay una especie de rabia colectiva.

Los mexicanos salimos de nuestras casas como con ganas de pelear: automovilistas contra peatones, ciclistas contra motociclistas, ciudadanos contra policías.

Y esto se pone cada vez peor. Entre más pasa el tiempo, más violento se pone. ¡No puede ser!

Las elecciones tendrían que ser una fiesta, el reforzamiento de nuestros valores, la más pura manifestación de la paz.

Pero algo ocurrió en los últimos años que esto mutó y se transformó en una suerte de botín político, manjar económico y pretexto para la guerra.

Ya ni siquiera tenemos claros los conceptos. ¿Me creería si le dijera que hay gente que cree que la democracia es salirse con la suya?

¿Me creería si le dijera que hay personas que piensan que cuando no gana el candidato que ellas quieren que gane es porque hubo fraude?

¡Bueno, ya, el colmo! Hay gente que supone que sembrando el terror, destruyendo casillas o anulando su voto está atacando a los políticos.

¡Qué tiene que ver una cosa con la otra! ¡Quién le dijo al pueblo de México que las elecciones eran un mecanismo de presión!

¡Quién le dijo que eran una solución mágica para convertir al país en Disneylandia! ¡Quién!

Sí tendríamos que volver a las clases de civismo, a explicarle a las multitudes qué es esto y qué hacen y qué no hacen, por ejemplo, los diputados, los gobernadores y los jefes delegacionales.

A mí me da un ataque de rabia cada vez que pasamos por un proceso electoral y me topo con las promesas de campaña.

La mayoría son irrealizables. No corresponden ni a lo que se va a votar ni a lo que se puede hacer.

¡Y nadie dice nada! Nuestros “benditos” analistas políticos están más preocupados por jugar al talk show que por orientar al público.

Es más, la mayoría ni siquiera trabaja para el público.

¿Y qué me dice del juego de las encuestas que se practica en muchos medios de comunicación?

Hay un momento en que las elecciones ya no sirven para elegir, sirven para ver qué medio le atinó y qué medio no le atinó con sus encuestas, y no se vale.

Los medios no son el proceso, no son la nota, pero su obsesión por serlo es tan grande que ahí está la venganza de los partidos: el atascadero de spots, uno peor que otro; la avalancha de filtraciones, una más sucia que la otra.

Resultado: las elecciones dejan de ser elecciones para ponerse al mismo nivel que las transmisiones de la final del futbol mexicano o que los desenlaces de los reality show y las telenovelas.

En cualquiera de estos casos siempre hay golpes, chistes, cambios, suspenso, reclamaciones y una asquerosa sensación de vacío.

Por eso estamos tan confundidos, por eso hay tanto mexicano que le hace más caso a las redes sociales que a una reflexión política de verdad.

A mí no me da pena decirlo: odio las elecciones, odio esto en lo que se han convertido. ¿Usted no?

¡Atrévase a opinar!

alvarocueva@milenio.com