Ojo por ojo

Lo que "Odila" se llevó

Yo sí estoy asustado con lo que sucedió en Los Cabos a raíz del paso del huracán Odila.

Asustado por lo que me cuentan mis amigos, asustado por el tratamiento mediático y asustado por todo lo que ha quedado al descubierto.

Como usted sabe, mientras nuestra nueva Gendarmería marchaba en uno de los más lamentables desfiles militares de los que se tenga memoria en la historia reciente de nuestro país (¡Hasta se les cayó la bandera!), en Baja California Sur se vivía un infierno.

Infierno, porque Odila arrasó con todo con lo que pudo en esa región. Infierno, porque al desastre natural se le estaba sumando una catástrofe social.

Como en película del Apocalipsis, la gente comenzó a saquear tiendas.

A mí no me importa si lo que se saqueaba era leche, cigarros o pantallas de televisión.

Saqueo es saqueo y existe algo que se llama decencia, que ahí desapareció, y que requería de la atención inmediata de nuestras autoridades.

Ni modo de decir que las imágenes que comenzaron a circular a través de las redes sociales estaban manipuladas o que eran parte de un complot político.

Mucha gente, insisto en lo de la palabra mucha, entraba a los comercios y robaba lo que se le pegaba la gana.

Algunos estaban armados y, lo peor, existen reportes de personas como usted o como yo, en internet, de que algunos de esos individuos estaban encapuchados y de que no se conformaban con hacer su santa voluntad en las tiendas.

Se metían a las casas habitadas y deshabitadas, las saqueaban y hacían cosas peores con las familias que encontraban a su paso.

¿Ahora entiende cuando le digo que estoy asustado? Baja California Sur es México, somos nosotros. ¿En eso nos hemos convertido?

Y no, ésta no es la historia ni de una pandilla, ni de unos cuantos grupos aislados ni del crimen organizado, es la historia de los hombres y de las mujeres que vivimos en este país. Es nuestra historia.

¿Qué fue lo que pasó ahí que la gente reaccionó de esa manera? Si algo caracterizaba a los mexicanos en momentos de catástrofes naturales, hasta hace algunos años, era que nosotros, a diferencia de lo que ocurría en otros lugares del mundo, no robábamos.

Al contrario, éramos famosos por nuestra honradez, por nuestra solidaridad, por nuestros valores.

Y ni modo de echarle la culpa al Presidente, a un partido político, a una televisora o a Facebook. Éste es un tema social, un tema que nos habla de una decadencia profundísima.

¿Cómo es posible que llegue un huracán a su ciudad y que lo primero que pase por su mente sea ir a robar cervezas? ¿Qué es lo que usted tiene en la cabeza? ¿Qué es lo que tiene en el alma?

Y más allá de los cuestionamientos individuales, ¿cómo es posible que ocurra una tragedia de este tamaño en su estado y que usted se sienta con derecho a robar, violar y matar?

¿Qué clase de instituciones son las que gobiernan aquí? ¿Adónde se fue el temor a la autoridad? ¿Por qué usted actúa con semejante cinismo, con semejante libertad?

¿Tanto es el abandono en el que vivimos? ¿Tanta es la desesperación que sentimos? ¿Tanto es el odio? ¿Tanto, el rencor?

Esto se está pudriendo, pero en todos los niveles, parejo, y si no tomamos cartas en el asunto se va a poner peor.

Lo que dice la gente en las redes sociales no es cualquier cosa. Lo que dicen nuestros amigos de allá, entre sollozos, cuando tienen oportunidad de comunicarse, es alarmante.

Ese pueblo tiene miedo y no está pidiendo ni comida, ni medicamentos ni pañales. Está pidiendo seguridad.

¿Cuándo había escuchado usted una petición de este tipo después del paso de un huracán? ¡Nunca!

Y cuando digo pueblo no solo estoy hablando de San José del Cabo y de Cabo San Lucas, estoy hablando de las ciudades vecinas que están temblando ante la posibilidad de que los ataques lleguen a sus colonias.

Estoy asustado porque, mientras muchos medios insisten en echarle la culpa de esto hasta a los migrantes (lo cual es de una xenofobia asquerosa e indigna del pueblo de México) con tal en encontrarle justificaciones esotéricas a este caos, no se ve una solución a mediano plazo.

Porque la electricidad y los servicios básicos se pueden reponer, porque los edificios y los comercios se pueden volver a levantar, ¿pero cómo se repone lo demás? ¿Cómo se levanta a un pueblo que ha caído tan bajo? ¡Cómo!

¡atrévase a opinar!

 

alvarocueva@milenio.com