El pozo de los deseos reprimidos

La vida íntima de un crítico de televisión

Me gusta mucho Qué pobres tan ricos. Creo que es una telenovela formidable, muy positiva, muy bien hecha, divertida y que jamás pierde de vista su perspectiva de espectáculo popular mexicano.

Me encanta. Realmente me encanta. Lo digo de corazón. Por lo mismo, se me ocurrió hacer lo que nunca hago: pedirle a mi hijo que se sentara a verla conmigo.

Usted no está para saberlo ni yo para contarlo, pero tengo un hijo de 10 años que no ve telenovelas. Salvo honrosas excepciones, no le gustan. Y como a él, a prácticamente todos los niños de su generación.

Él lo que quiere es videojuegos, navegar por internet, hacer comics, videos, subirlos a las redes sociales, compartirlos. La sola idea de aplastarse en un sillón durante meses a seguir una historia melodramática le da flojera.

Pero donde manda capitán no gobierna marinero, papá dice que hay que ver la telenovela y, pues ni modo, al hijo no le queda más remedio que ver la telenovela.

Y ahí estamos los dos, frente a la tele, mirando aquello. 

Yo ya conocía este material. Aun así, vimos juntos el capítulo uno y nos la pasamos bien. Luego vimos el dos y sucedió una cosa muy curiosa:

Estaba una escena muy bien montada entre Lupita (Zuria Vega) y Don Chuy (Manuel Flaco Ibáñez) donde ella, madre soltera, estaba sufriendo amargamente porque su hijo le estaba exigiendo conocer la identidad de su padre.

En eso, mi niño me voltea a ver muy sorprendido y me pregunta: “Oye, papá, ¿está mal que las mujeres tengan hijos si no están casadas?”

¡Zaz! ¡Me fui de espaldas! Para mi hijo, un niño del siglo XXI, no pasa nada si las mujeres tienen o no tienen hijos, si los tienen solteras, casadas, viudas o divorciadas.

Para él, una madre soltera es algo tan normal como un hombre y una mujer que están casados, divorciados o arrejuntados, como una pareja de lesbianas, como una pareja de homosexuales o como un papá soltero.

Él, a sus 10 años, no encontró ninguna clase de conflicto en el hecho de que la protagonista de esa telenovela fuera una mamá soltera, ni le vio sentido a que su chavito le estuviera exigiendo conocer a su padre.

¿Como para qué, si no lo necesita? ¿Como para qué, si el hecho de que lo conozca no va a cambiar nada en su vida?

Con razón los niños de ahora no quieren ver telenovelas. No hacen clic con ellas. No les encuentran sentido. Son como de otro planeta.

Y aquí hay muchas cosas que me pusieron a pensar: ¿hasta qué punto la televisión es un medio que nos educa en términos morales y sentimentales?

¿Hasta dónde la televisión es un vehículo que transporta y fortalece nuestros peores prejuicios? ¿Qué tanto la televisión nos dice lo que está bien y lo que está mal?

Y eso que Qué pobres tan ricos es una gran telenovela que, objetivamente, promueve valores muy positivos. ¡La adoro!

¿Qué hubiera pasado si yo hubiera sentado a mi hijo a ver algún otro melodrama de esos que giran alrededor de conflictos tan añejos como lo malo que es perder la virginidad, lo bueno que es comprar una mujer o lo espantoso que puede llegar a ser tener una madrastra?

Estoy en shock, porque entre más le doy vuelta a la mayoría de las telenovelas que tenemos al aire, más me doy cuenta de lo mal que estamos y de lo mucho que tenemos que hacer para corregir esto.

No sé a usted, pero a mí sí me interesa corregir esto porque amo esto, porque creo en las telenovelas, porque estoy convencido de su enorme poder, porque México alguna vez fue el líder mundial en la producción de esta clase de formatos y porque estamos hablando de una industria que le da de comer directa e indirectamente a decenas de miles de personas.

Hoy, porque todavía tenemos una audiencia nostálgica que insiste en ver televisión a la antigüita y en seguir suspirando con las mismas cosas con las que suspiraban sus abuelos, esto funciona.

Mañana, cuando la generación de mi hijo sea la que mande, a esto se lo va a llevar el demonio.

Y México no solo va a terminar importando lo que se haga en otros lados para rellenar sus pantallas (eso ya lo hacemos), se va a volver dependiente de la televisión de otros países, tal y como ahora lo somos en otras cuestiones de nuestra vida nacional. ¡No puede ser!

Urge que todos los eslabones de la cadena telenovelera nos sentemos a platicar y a replantear el futuro de este negocio. Desde los escritores, los productores y los actores hasta los técnicos, los periodistas y el público.

Urge que nos tomemos en serio esto tal y como se lo están tomando en serio en otros rincones del mundo.

Mientras tanto, yo lo quiero invitar a seguir viendo Qué pobres tan ricos y a que, como yo, la utilice de pretexto para acercarse a sus hijos e intercambiar ideas.

Pocas veces tenemos al aire una telenovela tan rica en cuestiones sociales y morales. Pocas veces tenemos al aire una telenovela que dé gusto sintonizar.