El pozo de los deseos reprimidos

La transmisión del grito

Todavía no me repongo de la pésima transmisión de la ceremonia del Grito de Independencia que tuvimos la noche del lunes pasado.

Lo único hermoso era Angélica Rivera. Lo demás, créame, es como para ponerse a pensar.

¿Por qué? Porque El Grito es la gran fiesta de México, nuestro más importante termómetro social.

¿Y qué fue lo que vimos? Un espectáculo triste y vacío como si el país, en lugar de estarse yendo hacia arriba, se estuviera hundiendo.

Ni en los tiempos de los presidentes panistas, cuando los pobres tenían cualquier cantidad de problemas, padecimos una transmisión tan opaca.

No, y si nos metemos con la parte de la manipulación de las imágenes vamos a salir de pleito.

Me encantaría decir que me sentí como en los tiempos de Luis Echeverría, pero ni siquiera eso.

Si a Luis Echeverría le hubieran salido con esa producción, ya todos sus responsables estarían despedidos.

Bueno, ¿pues qué fue lo que vimos? Una desgracia. Para que me entienda, recordemos algunas transmisiones de gritos recientes.

¿Qué era lo primero que veíamos? Derroche. ¿De qué? De todo.

Para empezar, las cámaras se paseaban por el interior del Palacio Nacional dejándonos ver a los invitados especiales del señor Presidente y uno, lo menos que sentía, eran ganas de estar ahí.

En la transmisión oficial veíamos a cualquier cantidad de conductores de televisión, de muchos medios, públicos y privados, llevándonos de un asunto a otro.

Luego, cuando aparecía el Presidente, ¡guau!, se veía alegre, feliz, orgulloso.

La mejor toma era la de su salida al balcón central ante aquel escándalo de gritos, de todo tipo, que hacían que uno, o se emocionara, o entrara en polémica con la familia y con los amigos.

El presidente podía gritar lo que quisiera, meter temas, quitar héroes. Era su noche y luego venían los fuegos artificiales y las multitudes fascinadas, en pachanga.

Por supuesto, no podía faltar la toma del poder ejecutivo, acompañado de su gente, mirando el espectáculo ante el pueblo y una pequeña secuencia de saludos entre el presidente y sus numerosos invitados.

El tema no es si la ceremonia es bonita, fea, funcional, disfuncional, anticuada o vigente. El tema es que su traducción al lenguaje de la televisión abierta nacional, este año, fue espantosa.

De entrada, llegamos a lo que llegamos. Cero ambiente en el Palacio. Como que alguien, o tenía prisa, o no sabía, o no le importaba o nos estaba escondiendo algo.

Fíjese todo lo que se puede concluir cuando hay un mal trabajo en términos de producción.

¿Derroche? ¡Cuál! ¿Invitados especiales? ¡Quiénes!

¿Conductores? Dos muy buenos elementos (Hannia Novell y Guillermo Ochoa Millán), pero párele de contar. Como si no hubiera habido presupuesto. Como si nadie hubiera querido ir.

¿Y los medios públicos? ¡Cómo! ¿Existen?

Total, que aparece Enrique Peña Nieto pero como que nadie lo asesoró bien porque llegó con una cara que proyectaba todo menos alegría, felicidad y orgullo.

¿Y la toma en la que sale al balcón? ¡La cortaron! ¡Le juro que no la vimos!

En ese momento, el más esperado, el director de cámaras decidió que tenía que sacar una toma abierta del zócalo para que usted y yo viéramos la bonita carpa central que le metieron a ese precioso estacionamiento.

Yo no lo podía creer porque no se necesita ser ni muy observador ni muy desconfiado para suponer que aquello no fue un accidente, que fue a propósito, que fue porque algo pasó en ese instante que nadie debía ver y escuchar.

Sí es importante detenerse en la parte del audio porque el sonido, en lugar de reflejar la monumentalidad del Zócalo, o estaba apagado, o nada más estaba colocado en las primera filas de un público rarísimo que en lugar de gritar “México” gritaba “Peña, Peña, Peña”.

Eso, por supuesto, es un error. Pero luego vino lo peor: las tomas.

Por un lado, el presidente en ángulos que en lugar de proyectarlo como figura de autoridad, lo mostraban solo y lo ponían al nivel del televidente.

Y por el otro, una tendencia a sacar puras tomas cerradas de unas cuantas personas estratégicamente colocadas al frente del asunto…¡posando!

Sí, una chica de negro, incluso, cuando el “¡Viva Allende!”, estaba esperando que le dieran la instrucción para mostrarse eufórica mirando a la cámara en lugar de estar mirando al balcón.

¡Está clarísimo en el video! Primero sale como anticipando su entrada e inmediatamente después comienza a gritar y fíjese que coincidencia, a diferencia del resto del sonido, sus porras sí se entendieron.

No, ¿y qué me dice de la “salutación”? Eso, que antes era breve, el lunes duró años y en lugar de que viéramos a una inmensa masa de celebridades, vimos a los mismos políticos de siempre, a muy pocos. Estuvo feo.

En resumen, fue una de las peores transmisiones de los gritos de independencia de los últimos años. ¿O usted qué opina?  

http://twitter.com/AlvaroCueva

www.facebook.com/AlvaroCuevaTV