El pozo de los deseos reprimidos

La televisión de 2014

Para saber quién es quién hay que mirar la televisión y la que tuvimos en 2014 fue poco menos que una radiografía magistral de nuestra situación nacional, internacional y hasta individual.

A mí no me interesa si en el año que acaba de terminar vimos muchos buenos o malos programas. Me interesa que se dé cuenta de lo que esas producciones dijeron de nosotros.

Cosas como que el mundo sufre y como que el mundo tiene miedo.

¿En qué me baso para comentarle esto? En la impresionante cantidad de refritos, cóvers, precuelas y secuelas que nos chutamos en los últimos 12 meses.

Desde lo que padecimos en cine, música y teatro hasta lo que gozamos en series, miniseries y telenovelas.

Cuando no se trató de los mismos superhéroes, monstruos y personajes que emocionaron a nuestros bisabuelos hace más de 70 años, se trató de viajes a otros tiempos, a otros lugares.

Así fue como nos la pasamos de Gotham, The Walking Dead y Doctor Who a Masters of Sex, Mad Men e Isabel, por mencionar solo unos cuantos ejemplos.

¿Qué tiene que ver esto con sufrimiento? ¿Qué tiene que ver con miedo?

Que cuando uno se la está pasando mal no está de humor para descubrir cosas nuevas.

Lo que quiere es refugiarse en los temas y en los personajes que conoce, en las cuestiones que lo hacían feliz cuando era niño, en otras épocas, en otros espacios.

¿Puede haber algo más gratificante para una sociedad en crisis que regresar a los superhéroes como Batman, Arrow y The Flash?

¿Puede haber algo más satisfactorio que volver a los cuentos de hadas, a los piratas y a la historia como en OnceUpon a Time, Black Sails y Marco Polo?

Así como a los niños les encanta que uno les cuente el mismo cuento una y otra vez para evitar la incertidumbre, a los adultos nos fascina regresar al origen cuando tenemos miedo.

Casi ninguna casa productora se atrevió a romper con esta regla en 2014.

Por eso volvimos a ver La gata, Muchacha italiana viene a casarse y Yo no creo en los hombres, y a muchas personas les gustó.

Por eso volvimos a observar El jinete sin cabeza, El hombre lobo, Drácula e incluso volvimos a mirar historias que ya conocíamos de otras industrias culturales como Psicosis, El silencio de los inocentes y Ricardo III.

Sí, la mayoría de las veces fue con otros nombres, disfrazadas como “los antecedentes de”, como “la biografía jamás contada del villano tal” o como “ahora vamos a ver a estos monstruos de antes pero como nunca los habíamos visto”.

Pero finalmente las volvimos a ver y a sus productores les fue de maravilla. La nostalgia fue el negocio del año.

Los empresarios que no le quisieron entrar a esto, incluso, se fueron por una línea más o menos parecida.

¿Cuál? La de la fantasía, el terror y la paranoia como en Game of Thrones, The Strain y The Last Ship.

Atención a esto de la paranoia porque es un ingrediente particularmente legendario que, como en los peores momentos de la historia de la humanidad, volvió en los últimos dos semestres.

¿O qué, usted no encuentra una macabra relación entre ejercicios como 24 y Helix, y los grandes filmes ideológicos de los años 40 y 80?

A propósito de paranoia, de ideología y de propaganda, ¿pudo haber habido algo más sintomático que todo ese fenómeno de represión que vivieron las pocas, pero magníficas emisiones de crítica social que se vieron el año pasado?

¿A qué me refiero cuando hablo de represión? No necesariamente a un tema noticioso.

Me refiero al final abrupto de joyas tan inteligentes como Crónica de castas o al hecho de que la única manera de ver títulos como House of Cards, The Newsroom, Antes de que nos olviden y True Detective fue pagando, y pagando mucho.

En los últimos 365 días, los únicos que pudieron ver bien grandes contenidos políticos y sociales, salvo honrosas excepciones de barras y de canales de nicho, fueron las personas ricas.

Los pobres se tuvieron que conformar con Laura, Sabadazo, Extranormal, Venga el domingo y los comediantes del mundial de futbol, entre muchos otros ejercicios de una televisión tan polarizada como el mundo, tan atomizada como el México de 2014.

Por lo mismo, internet se convirtió en un refugio para las multitudes. Refugio para observar. Refugio para crear.

Por lo mismo, insisto, cuando el planeta, cuando el país entero, necesitó unirse a través de conceptos que pretendieron romper con esta división, como cuando la captura de El Chapo Guzmán o como cuando se transmitió Teletón, el resultado fue el rechazo.

Hubo muchas cosas que la televisión perdió en el año que acaba de terminar. Cosas que urge rescatar si queremos que esto sobreviva, que siga brillando.

¿Ahora entiende cuando le digo que mirar la televisión de 2014 fue como observar una radiografía de nuestra situación?

Sí está de pensarse. ¿O usted qué opina?

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