El pozo de los deseos reprimidos

El mundo te necesita, 'House of Cards'


Que nadie se mueva. Ya está aquí. Ya llegó la quinta temporada de House of Cards a Netflix y le juro que es la experiencia más sublime pero al mismo tiempo aterradora de la temporada.

¿Por qué? Porque yo no sé cómo le hacen los responsables de esta serie, pero siempre le atinan al momento histórico que estamos viviendo a escala nacional, Estados Unidos y global.

Y este no es precisamente el momento histórico más bonito para el mundo. ¿O me equivoco?

Por supuesto que no le voy a contar nada de lo que usted va a poder ver ahí, pero se va a querer volver loco de la desesperación.

Es como si, en lugar de estar viendo ficción, uno le estuviera echando un ojo a las noticias, a lo que está pasando con Donald Trump, a lo que estamos observando en el Estado de México, a lo que están padeciendo en muchos otros rincones del planeta.

Tuve el privilegio de haber visto por adelantado todo este material y todavía no lo puedo creer.

Lo nuevo de House of Cards es más negro, más escalofriante y más duro que todo lo que habíamos visto antes. ¡Y mire que habíamos visto hasta lo que no!

El crecimiento de los personajes es brutal y no sé si a usted le vaya a pasar lo mismo que a mí, pero yo miraba aquello y me acordaba de un ex presidente mexicano, y luego de otro, de otro.

Aquí pasa un fenómeno muy interesante: cuando uno mira una serie, es normal que se identifique con algún personaje, que se reconozca en la interpretación de un actor.

House of Cards tiene la virtud de generar eso pero hacia el universo político.

Uno no se identifica, no se reconoce, identifica a sus políticos, reconoce a quien quiere reconocer, solo que con un plus que me parece de lo más revelador.

¿Cuál? Que en House of Cards amamos a los políticos que en la vida real odiaríamos, que en esa producción original de Netflix celebramos y hasta admiramos las acciones criminales y corruptas que en la realidad le criticamos y hasta le rechazamos a la clase política en todos sus niveles.

¿Se da cuenta de lo que le estoy diciendo? En una absoluta contradicción pero tal vez en ella se escondan las claves del éxito de esta obra maestra que cambió la historia de la televisión.

¿Por qué adoramos, por ejemplo, a Frank Underwood (Kevin Spacey), el más maldito de los malditos?

¿Por qué veneramos a Claire Underwood (Robin Wright), la más siniestra de las siniestras?

Es como si alguien viniera y nos dijera que su máximo en la vida es Javier Duarte. ¿Sí me entiende?

¿Por qué en la ficción nos atrevemos a ser como no somos en la vida real? ¿No será que en el fondo sentimos envidia de nuestros políticos?

¿No será que quisiéramos ser como ellos, como los malos, tener su poder, abusar de él?

¿Qué diferencia hay entre admirar a los protagonistas de House of Cards y admirar a los de El señor de los cielos?

Son mercados diferentes, estéticas distintas y, lo más importante de todo, ventanas opuestas, pero a final de cuentas son una oda al mal. ¿O me equivoco?

Aquí está pasando algo y cuando usted termine de ver este paquete de capítulos me entenderá.

¿Cuál es la nota? Que este lanzamiento de Netflix, tal vez el más importante del año, a diferencia de otros, no va a ser en viernes. Es en martes.

¿Y? Que mañana habrá millones de personas desveladas en todas partes del mundo, que una vez más este importante sistema de distribución de contenidos en línea va a generar cambios.

¿Cuáles? Lo sobremos muy pronto. Yo solo le recuerdo que hace cuatro años, cuando este título salió al mercado, nuestra idea de ver y hacer televisión era otra.

House of Cards nos convirtió en dueños de las series de estreno, nos enseñó que era la televisión la que tenía que atendernos a nosotros y no nosotros a la televisión.

Nos llevó a mirar la pantalla donde nunca la habíamos visto con esa intensidad: en los celulares, las tabletas, las computadoras, las consolas de videojuegos, los Smart Tv.

No más monitoreos grupales. Cada quien en la familia, en la pareja, mira lo que quiere cuando quiere y como quiere.

¿Y qué me dice de la parte de los contenidos? House of Cards nos confirmó que sí se podía hacer otro tipo de televisión, sin censura, bajo un esquema legal mucho más libre, auténtico.

¿Cuántas casas productoras no han querido copiar, sin éxito las aventuras de Frank Underwood?

¿Cuántos sistemas de distribución de contenidos en línea no han aparecido después de este indiscutible fenómeno global?

El mundo está en deuda con Netflix pero muy concretamente con House of Cards, sus actores, directores, escritores y productores.

Por lo que más quiera en la vida, no se pierda la experiencia de temblar ya con los nuevos capítulos de esta joya.

Le doy mi palabra de que enloquecerá de felicidad como yo porque, maldad o no maldad, cuando algo es bueno, es bueno, y House of Cards es buenísima. ¿O usted qué opina?

alvaro.cueva@milenio.com