El pozo de los deseos reprimidos

El error de Televisa

Me siento profundamente culpable por no haberle escrito la semana pasada del final de La apuesta, el reality show musical de Las Estrellas.

¿Por qué si el cañonazo fue MasterChef México de Tv Azteca? ¿A qué viene al caso abordar este tema hoy, con tanta información en el ambiente?

Me siento culpable porque me gusta ser parejo y se me hace injusto haberle dedicado una columna completa al programa estelar dominical de Azteca 13 y no haberlo hecho con el de Televisa.

Viene al caso porque a pesar de lo que vimos ayer entre el futbol y los especiales navideños, y lo que está pasando alrededor de casos como los XV años de Rubí, aquí hay una lección de televisión que aplica para los deportes y para situaciones como la de la quinceañera consentida de México.

¿Cuál es esa lección? Una empresa con el tamaño, el poder, la importancia y el prestigio de Televisa no se puede dar el lujo de cometer tantos errores, y menos que esos errores sean tan básicos.

La apuesta perdió ante MasterChef México porque lo importante ahí nunca fue la gente, fue la búsqueda del rating.

El rating nunca debe ser el fin de un programa de televisión. El rating es una consecuencia.

Si se cumplen con las reglas de atención al público, del formato y de la pantalla para la que se está trabajando, hay rating. Si no, no.

La apuesta jamás fue un reality show humano. En su primera etapa, una máquina, una App, era más importante que la presencia y la participación de los jueces.

¿Quién se puede involucrar emocionalmente con eso? ¿Cómo se pelea uno con un aparato? ¡Cómo se debate!

Sí, me queda claro que el objetivo de eso era buscar credibilidad (explicación no pedida, acusación manifiesta), pero el acento en esta clase de espectáculos nunca está en la credibilidad, está en el reparto (la gente).

Cuando hay buenos participantes, buenos jueces y buenos conductores, a nadie le importa lo demás. Funciona. ¡Es un juego!

Y tan lo es que, tristemente y más en el caso de Televisa, casi ninguna de las personas que ganan esta clase de reality shows termina haciendo una carrera tipo Alejandro Fernández.

No, ¿y qué me dice de la programación?

Los señores de Televisa estaban tan conscientes de que La apuesta era una mugre que la cambiaban de horario como si a nadie le importara, lo cual es una profunda falta de respeto para el público, los anunciantes y los involucrados en su producción.

Así no se puede disfrutar de un reality show.

¿Entonces todo estuvo mal en La apuesta? La verdad, no.

Para empezar, ver aquello fue infinitamente superior a lo que Las Estrellas nos dio el año pasado en ese mismo momento del año que fue la peor versión de Parodiando de toda la historia. ¡Hubo un avance!

Y la producción sí fue un derroche en muchos sentidos, y algunos de los participantes eran mucho muy talentosos.

Y el trío de jueces formado por David Bisbal, Paulina Rubio y Pepe Aguilar era atractivo, y la pareja integrada por Cynthia Urías y Leonardo de Lozzane hacia una labor bastante decente en términos de conducción.

Si no hubiera sido así no hubiéramos gozado de una final tan espectacular y con momentos de oro como el homenaje a Juan Gabriel.

No sé usted pero yo, por ejemplo, si me encuentro el disco nada más con lo que sucedió ese domingo, lo compro. ¡Fue maravilloso!

Pero volvemos a lo mismo, aquí hay un asunto como de mensajes que no deja de ser preocupante.

Le voy a mencionar nada más uno que se me hizo peligroso y muy revelador del espíritu de la nueva Televisa.

Como usted vio, en ese último capítulo cada uno de los jueces ponía a pelear a su mejor gallo para que de ahí saliera el gran ganador de ese concepto.

¿Quiénes fueron los finalistas de MasterChef México en Azteca 13? Tres mujeres.

¿Quiénes fueron los finalistas de La apuesta en Las Estrellas? Tres hombres.

¿A usted esto no le dice nada?

No, pero espérese, viene lo peor. Había tres chavos disputándose el primer lugar. ¿A qué clase de audiencias representaban con su música esa noche?

El del equipo de Paulina Rubio y el de Pepe Aguilar, al pueblo-pueblo. ¡Padrísimo!

El del equipo de David Bisbal, a la clase media baladista.

¿Y los ricos? ¡Bien, gracias!

¿Y quién ganó? Héctor, el del equipo de David Bisbal, el baladista.

¿Necesita que le haga una interpretación de lo que esto le dice a las audiencias más humildes?

Ojo, los tres muchachos tenían posibilidades y no se trataba de hacer un juego social. Se trataba de darle el trofeo a quien en verdad lo merecía.

La bronca, repito, fueron los mensajes. Se pudieron haber dicho algunas frases, las cosas se pudieron haber manejado de otra manera, más humana.

Y es que, insisto, la gran lección que hay detrás de esto es la falta de humanidad, de humildad, de creer que ser pueblo es ser chafa, de pensar en todo menos en lo que hay que pensar. ¿O usted qué opina?

alvaro.cueva@milenio.com