El pozo de los deseos reprimidos

Las "series" españolas

Ayer platiqué con Susana Moscatel en MILENIO Televisión de la asquerosa decadencia de las telenovelas mexicanas frente a las producciones de países que nunca fueron potencia en esta materia, como Turquía y Corea.

Me guardé para hoy la que tal vez sea la parte más dolorosa de esta crítica, la que tiene que ver con las series españolas.

Pero antes déjeme lo pongo en antecedentes, porque a lo mejor usted es muy joven o no lo sabe, pero México era el campeón mundial de las telenovelas.

Los mejores actores de este país y de muchos otros mataban por salir en nuestros melodramas seriados, porque eran garantía de éxito y calidad.

Y ni hablemos de lo que pasaba con los escritores, directores, diseñadores de vestuario, fotógrafos y productores.

Esta era una industria maravillosa que convocaba a las multitudes, que paralizaba las ciudades y cuyas lecturas económicas, políticas y culturales eran indiscutibles.

Hoy, como en muchos otros aspectos de nuestra vida nacional, no somos ni la sombra de lo que fuimos.

A lo mejor a la industria telenovelera mexicana le sigue yendo bien, porque nuestros canales tienen un poder descomunal y porque nuestras audiencias son particularmente nostálgicas y tradicionalistas.

Pero si no hacemos algo pronto, esto también va a morir y miles de personas acabarán en la calle con todo lo que esto significa para nuestros talentos y para nuestra imagen como nación.

España es un país con una historia mediática muy especial. Ellos, por diferentes circunstancias, más que telenovelas, hacen un tipo de ficción a la que llaman serie, pero que en realidad son telenovelas de alta calidad.

Melodramas que a lo mejor no pasan al 100 por ciento las pruebas de los expertos en realismo o en acontecimientos históricos, pero que están tan bien hechos que no hay manera de no caer cautivados ante sus encantos.

El peor de ellos es mil veces superior que la mejor de las telenovelas nacionales.

¿Por qué? Porque a pesar de que tienen pocos capítulos divididos en temporadas, cuentan con los más impresionantes repartos que usted se pueda imaginar.

Luminarias del cine español de todos los tiempos, figuras del mejor teatro y estrellas internacionales a las que usted va a reconocer inmediatamente de series como Sense8.

A todo esto, súmele unas producciones, muchas veces de época, deliciosas.

Ojo con lo que estoy diciendo, porque es de todos conocido que España, a diferencia de México (que jamás ha dejado de presumir el éxito de sus reformas), se la ha pasado pésimo en materia económica.

Y así, con problemas de dinero, los ejecutivos de su televisión han sacado títulos prodigiosos como Isabel, El internado, Física y química y El tiempo entre costuras.

Yo aquí me podría pasar todo el día elogiando esta riquísima manera de satisfacer las necesidades sentimentales de las audiencias ibéricas.

Créame, no solo debemos aprender de los turcos y de los coreanos. Nos urge estudiar a los españoles. Usted seguramente tiene su serie favorita de ese país.

¿Cuál es la nota? Que gracias a los sistemas de distribución de contenidos en línea como Netflix, Clarovideo y VEO, y gracias a la llegada a México del canal de paga Antena 3 Series, ya es posible gozar sin pudor de estas preciosidades.

Con la ventaja adicional de que como vienen de la madre patria, son 100 por ciento compatibles con nuestra cultura.

Usted, al verlas, jamás tendrá problemas ni para entenderlas, ni para involucrarse, ni para tomárselas en serio ni para nada.

De todo el larguísimo menú de series españolas de este corte hay dos que yo le quiero recomendar de manera especial: Gran hotel y Velvet.

Las razones son las siguientes: Uno, muy pronto Televisa hará una versión mexicana de Gran hotel y va a ser muy interesante comparar y evaluar cuál será mejor, si la original o la copia.

Y dos, Velvet es un título muy reciente, entrañable, que seguramente, por sus características ideológicas, ya le está haciendo ruido a quienes van a hacer Simplemente María.

Gran hotel se desarrolla a principios del siglo XX. Velvet a finales de los años 50.

Las dos cuentan suculentas historias de amor imposible entre gente de diferentes clases sociales, en espacios monumentales, más otras tantas cuestiones que tienen que ver con secretos e intrigas.

Son argumentos de una redondez gloriosa y ni hablemos de sus magníficos personajes, de sus inmensas actuaciones o de sus finísimos detalles de arte, música e iluminación.

Si a usted le gustaban las telenovelas mexicanas de antes, estas dos series lo harán levitar de placer.

Luche por verlas y por comentarlas, porque solo así conseguiremos despertar la envidia de esta televisión mexicana que vive en una lamentable zona de confort y que está negada para cualquier cosa que signifique autocrítica, evolución y competencia internacional. ¿O usted qué opina? 

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