El pozo de los deseos reprimidos

El regreso de Adal Ramones

Estoy entre preocupado y triste por el anuncio de que Adal Ramones regresará en grande a las pantallas abiertas de nuestro país con Adal, el show.

¿Por qué? No, no es porque tenga algo en contra de este señor a quien considero uno de los mejores conductores de la televisión de habla hispana.

Estoy entre triste y preocupado, porque si sumamos este retorno con el de los talk shows, con el de El Chapulín Colorado, con el Amor en silencio, con el de Con toda el alma, con el de Big Brother y con el Simplemente María, por mencionar solo unos cuantos, nos vamos a encontrar con algo horrible:

Una televisión que está luchando por llevarnos al pasado, por regresarnos a los años 90 y 80, por no evolucionar, por no competir en los mercados internacionales.

Que alguien me explique, por favor, qué está pasando aquí. Estamos en 2015, a años luz de lo que nuestros padres imaginaron cuando diseñaron esas producciones.

En teoría, nuestra realidad tendría que ser muy diferente a la de los sexenios de Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo. ¿Entonces?

Por si esto no fuera suficiente como para poner el grito en el cielo, hoy el mundo entero está vibrando al ritmo de la nueva época de oro de la televisión.

Decenas de países que antes no aportaban a escala global, como Corea, España y Turquía, están creando verdaderas maravillas que se suman a las obras maestras de países que siempre han sido líderes como Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón.

¿A usted no le da vergüenza que mientras las grandes marcas como BBC, HBO, AMC, FOX, TNT, Discovery y History anuncian sus novedades para la próxima temporada nosotros estemos celebrando el regreso de Adal Ramones?

Y mire que no he incluido en esta columna ni a los sistemas de distribución de contenidos en línea como Netflix y Amazon ni lo que está pasando en internet.

Estoy preocupado. Estoy triste. ¡Qué tan desesperados no estaremos en México como para hacer fiesta cuando nos dicen que nos van a volver a poner lo que teníamos en los años 90!

Lo más lógico hubiera sido que nos hubiéramos enojado, que hubiéramos rechazado el retroceso, que hubiéramos cuestionado a Televisa.

Pero no, tan urgidos y hasta sometidos estamos que nos dicen que nos lo van a poner solamente una vez al mes y nadie, absolutamente nadie, se atreve a protestar.

¿Por qué nada más una vez al mes? Ni que fueran a venir Steven Spielberg, Madonna y Robert de Niro. Ni que lo fueran a transmitir en vivo desde el Palacio de Bellas Artes.

¡Por favor! Es el refrito de Otro rollo. Televisa tiene la capacidad técnica, económica y creativa para hacerlo de lunes a viernes si quisiera.

¿O qué, a usted ya se le olvidó lo que Verónica Castro hacía en los años 80 con las máximas estrellas de la farándula y sin límite de tiempo?

¿Por qué la televisión mexicana nos está ofendiendo con un anuncio de semejante naturaleza? ¿Por qué nos dejamos?

Con todo respeto para Adal y después de haber visto lo que los medios han transmitido de su evento de presentación, ahora resulta que Otro rollo era la cúspide de la libertad de expresión, porque hacía sketches con los candidatos presidenciales.

Perdón, pero si así era, ¿por qué nadie protestó cuando lo sacaron del aire como ocurrió con el programa de Carmen Aristegui o con la primera versión de El mañanero?

¿No será que además de todo lo espantoso que hay detrás de este aviso Adal, el show viene tan impune y enfermo de soberbia como Laura y Sabadazo? ¿A eso es a lo que nos vamos a enfrentar?

No dudo que el nuevo programa de Adal vaya a ser un cañonazo, porque el poder de Televisa es inmenso y porque así que dijera usted: cuántas opciones hay en igualdad de circunstancias, pues no, no hay.

Pero Televisa y, en general, toda la industria de la televisión mexicana se están equivocando.

Están trabajando solo para los viejos, sin darle oportunidades reales a los nuevos talentos, sin crear nuevos conceptos, sin contar nuevas historias.

Cuando esas audiencias mueran, morirá toda la industria, porque los responsables de estas sabias decisiones habrán construido un bache generacional que nada ni nadie va a poder llenar.

Estoy preocupado. Muy preocupado. Estoy triste. Muy triste. ¿Usted no?

 

GRACIAS

Muchas gracias al promotor Mario Parade por permitirme recordar a Jaime Almeida y, ahí sí, apoyar a los nuevos talentos del mundo del espectáculo en su evento Up Parade 360 el lunes pasado.

Y a la productora Yolanda Morales por invitarme a develar la placa de las 50 representaciones de Que no se culpe a nadie de mi muerte con la joven y talentosa actriz Milia Nader.

Cuando la orden es retroceder, no hay nada más satisfactorio que seguir avanzando, que se seguir luchando por las nuevas generaciones, por un futuro mejor. ¿O usted qué opina?

alvaro.cueva@milenio.com