El pozo de los deseos reprimidos

Querido Valentín Pimstein:

No estoy triste por su muerte. Estoy enojado. ¿Cómo es posible que todos los años que usted estuvo en su casa, en Chile, Televisa jamás le hubiera hecho un homenaje?

Si alguien convirtió a esa empresa en una máquina de hacer dinero fue usted. Más que Chespirito. Más que Jacobo Zabludovsky. Más que Raúl Velasco.

¿Y qué le hicieron? Nada. Al contrario, su nombre estaba como prohibido. Usted, como prácticamente todos los grandes personajes que pasan por ahí, se fue “mal”.

¿Y qué ocurrió cuando le coquetearon en Tv Azteca? Nada. Ni siquiera lo escucharon.

Usted, que pudo haber levantado ahí el nuevo emporio de las telenovelas, acabó huyendo porque nadie lo entendía.

Por si esto no fuera poco, usted se muere justo ahora que la ficción en Televisa es un barco que navega sin rumbo, ahora que San Ángel es tierra de huérfanos donde las cabezas ni siquiera conocen el currículum de sus productores, mucho menos al país.

Es como si usted cerrara la puerta, como si se estuviera llevando a la tumba una época que ya no le interesa a nadie.

¿Ahora entiende por qué estoy molesto? Cuando tuve el honor de presentar su biografía, la que con tanto cuidado y profesionalismo escribió Tere Vale, vi a muy pocos de los productores que usted formó.

¿Y las grandes estrellas? Brillaron por su ausencia. Seguramente, como mil escritores, directores y “expertos”, desde ayer no han parado de presumir lo mucho que lo querían.

¡Puras mentiras! Si lo hubieran querido no lo hubieran abandonado.

Si lo hubieran querido no estarían como están ahora viviendo en una suerte de museo en ruinas, asfixiándose en su vanidad y peleando por cobrar la quinta parte de lo que cobraban antes, cuando se quejaban de usted… ¡por tacaño! ¡Por tirano!

Pues tacaño, tacaño y tirano, tirano, pero usted fue quien convirtió a las telenovelas mexicanas en un fenómeno mundial.

A usted le debemos la incorporación del cine popular de los años 50 a la industria, la suma del lenguaje de las historietas a la televisión abierta nacional y subgéneros como el de la telenovela infantil.

Esto sin contar con que usted trajo a México lo mejor de las historias de otros países de América Latina para su adaptación y proyección global y con que usted armó repartos verdaderamente internacionales.

¿Hablamos de humor? Usted incorporó personajes cómicos a los melodramas seriados mucho antes de que se pensara en las telenovelas cómicas.

Usted hizo de la música, de las canciones, un elemento fundamental para la consagración de cada uno de sus títulos.

Y jugó con el suspenso, y jugó con los elencos, y se divirtió con los vestuarios, y acercó al público masculino a las telenovelas y convirtió a la Virgen de Guadalupe en la gran protagonista de toda, de absolutamente toda nuestra televisión.

A cada rato me preguntan: ¿cómo es posible que un chileno haya conquistado así al mercado mexicano? ¿Cómo es posible que un judío haya catapultado así a la virgen de los católicos?

¡Pobres! ¡Por eso están como están! Les cuesta mucho entender la verdad. Usted hizo lo que hizo por amor.

Usted siempre amó a México, a su gente, sus películas, sus canciones y sus tradiciones.

Por eso cambió una vida convencional en Chile por una aventura delirante en los barrios más pobres de la capital del país.

Por eso trabajó de chofer, de mariachi, de mesero.

Por eso, atendiendo al muy joven Emilio Azcárraga Milmo en Garibaldi, renunció a su gran ilusión de trabajar en las películas de charros para experimentar en esa cosa tan rara, pero prometedora, llamada televisión.

Y vinieron Gutierritos, La duquesa, María Isabel, Chucho El Roto, Rubí, La recogida, Angelitos negros, El amor tiene cara de mujer, Mundo de juguete, Rina y Viviana.

¿Y qué me dice de Los ricos también lloran, Colorina, Bianca Vidal, Chispita, Vivir un poco, Rosa salvaje, Simplemente María, Carrusel y María Mercedes?

Usted trabajaba para la gente, me consta. Escuchaba a las personas en los tianguis, observaba a las señoras en los salones de belleza, preguntaba en los sitios más humildes, atendía las críticas.

Y era una fiera a la hora de producir pero el más humilde al momento de atender al pueblo de México, ése que hoy ni siquiera figura en las ecuaciones financieras que le dan sentido a la pantalla.

¿Ya la quedó claro por qué estoy furioso? No se vale, don Valentín. Ya no hay otro igual, ya no hay manera de que exista. Esto se acabó, se fue con usted.

Tan se fue que hoy la palabra telenovela está maldita, no se dice, carece de prestigio, es sinónimo de fracaso, de basura.

Y a los pobres que los atienda a ver quién porque ya nadie trabaja para ellos, ya nadie los quiere.

Descanse en paz, querido Valentín Pimstein. Yo aquí me quedaré otro rato haciendo corajes. Un abrazo fuerte para usted y su familia de su “cuate” Álvaro Cueva.

alvaro.cueva@milenio.com