El pozo de los deseos reprimidos

El odio a Álvaro Cueva

El domingo pasado publiqué en mi columna Ojo por ojo en la sección Al Frente de este mismo periódico un texto titulado “El odio a Ana Guevara y María Barracuda” y pasó algo muy curioso:

Montones de personas comenzaron a insultarme y a amenazarme por diferentes medios.

¿Y? ¿Qué tiene eso de especial si, después de 29 años dedicándome a esto, estoy más que acostumbrado a provocar cualquier cantidad de reacciones?

Tiene de especial que las acusaciones iban exactamente en el sentido contrario de mi columna.

Lo que muchos tuiteros y facebookeros hicieron fue tomar uno o varios párrafos de mi texto y mandarlo a rodar sin el más mínimo contexto, sin la más mínima referencia.

Resultado: la gente enfurecía porque yo aparecía, palabras más, palabras menos, como el peor de los seres humanos, entre misógino, golpeador, asesino y no sé cuántas barbaridades más.

La verdad, al principio no le di mucha importancia. Es una práctica común en las redes sociales.

La bronca vino cuando personas a las que yo consideraba eminencias en temas de comunicación y derechos humanos comenzaron a reaccionar igual que los cibernautas sin nombre y sin rostro.

¿Será posible que ya ni siquiera ellos acudan a las fuentes originales y las lean completas?

Le mostré mi columna a un corrector de estilo, porque jamás he trabajado de perfecto, para ver si había algún problema en la redacción.

Pero no, el texto jamás agrede ni a Ana ni a María, ni le pide a los lectores que no denuncien si les pasa algo, ni promueve el odio en contra de la mujer.

Al contrario, hasta explica por qué mucha gente reaccionó en contra de ellas después de que se supo lo que les sucedió.

Bueno, todo lo que le acabo de contar es nada en comparación con lo que vino después.

Varios medios, tradicionales y no tradicionales, algunos de ellos muy serios, se montaron en esa bola de nieve en mi contra jugando a lo mismo, a partir de una frase para generalizar.

Hubo un punto en que yo ya no sabía si reír o llorar porque la gente que más estaba en contra del odio y de la violencia era la que más me enviaba manifestaciones de odio y la que más pedía que me hicieran cosas violentísimas.

La cúspide de mi impacto llegó ayer, cuando, además de padecer los embates de los fans de María Barracuda, apareció en “change.org” una petición firmada por más de 290 personas solicitando que le ofreciera una “disculpa pública a todas las mujeres de México” y que me corrieran de MILENIO.

¿Le debo ofrecer una “disculpa pública a todas las mujeres de México” por pedir que la justicia nos trate igual a todos sin importar si somos hombres o mujeres, senadores o cantantes?

¿Debo perder mi trabajo porque alguien o no leyó mi columna, o no la leyó completa o no sabe leer?

“Change.org” era, para mí, una plataforma muy respetable a través de la cual se peleaba por cuestiones fundamentales del orden político y social.

¿Qué tengo que ver yo con eso? No soy un servidor público. No cometí ningún delito.

Bueno, esto ya ni siquiera es un tema de libertad de expresión, es una invitación a una reflexión más profunda:

¿Qué se hace en estos casos? ¿Cómo se debe escribir para audiencias que no leen?

¿Cómo se debe plantear una columna de opinión en un momento histórico donde cada vez hay menos personas dispuestas a escuchar una opinión que no sea la suya o que no coincida con la suya?

¿Me monto en el talk show? ¿Dejo de hacer mi trabajo?

Perdón pero yo no juego a la polémica ni con las estrellas, ni con los políticos, ni con nadie. Invito a la gente a reflexionar, critico, recomiendo.

Y las hemerotecas y las videotecas no me dejarán mentir, siempre he dicho que el mejor crítico es usted. Cada quien es libre de pensar lo que quiera. Yo solo sirvo la mesa.

El punto es que traté de contactarme con la gente de “Change.org” para aclarar que esa petición estaba mal, que se sustentaba en unas cuantas frases y no en el texto completo, que era una difamación.

¡Pero qué cree! “Change.org” no ofrece esa posibilidad o al menos no la ofrece de manera notoria.

¿Qué quiere decir esto? Que cualquiera puede engañar al que se deje para perjudicar a terceras personas.

¿Se da cuenta de lo que le estoy señalando? Ahora los derechos humanos, las causas y los valores pueden ser un pretexto para dañar, para ejercer venganza. ¡Se está abusando de un poder!

Y lo más triste es que, al final de esta historia, mi propuesta original, que era la de que a todos se nos tratara por igual a la hora de ser víctimas de un delito, que no se etiquetaran ciertos eventos para no distraer a la opinión pública de su posible verdadero origen y que nadie se escandalizara por las manifestaciones de odio en contra de Ana y María, se perdió.

Ahora el importante soy yo. Ya no es “El odio a Ana Guevara y María Barracuda”. Ahora es “El odio a Álvaro Cueva”. ¡Qué locura! ¿A poco no?

alvaro.cueva@milenio.com