El pozo de los deseos reprimidos

La noche de Daniela Romo

México es un país rico en figuras, pero pocas como Daniela Romo.

La señora canta, baila, actúa, conduce y es capaz de hacer cine, televisión y centro nocturno. ¡Lo que le pongan enfrente!

Daniela es como solo son las grandes, las verdaderamente grandes luminarias del entretenimiento mundial y eso me quedó claro la noche del miércoles pasado.

¿Por qué? Porque tuve el honor de ir a su espectáculo Para soñar en el Auditorio Nacional de la Ciudad de México.

Yo no sé si usted viva en el Distrito Federal, si haya tenido oportunidad de ir a algún show ahí o si sepa de lo que le estoy hablando.

Pero de un tiempo a la fecha se ha hecho costumbre que muchas celebridades se presenten en ese recinto, diseñado para que entren poco más de 10 mil personas cómodamente sentadas.

El detalle es que la mayoría de estas personalidades, quién sabe por qué, en lugar de ofrecer una presentación acorde a su categoría, abusan de la producción, tal vez para ocultar sus imperfecciones o caen en lo ridículo con tal de llamar la atención.

Daniela Romo, no. Ella nos regaló un recital digno de su trayectoria, de su público y de las mejores capitales de entretenimiento del mundo.

Ahí es donde a uno le queda clara la diferencia entre estrella y artista. Daniela era una artista total, de verdad.

Yo la veía, la escuchaba y no me sentía en un típico show del Auditorio Nacional. Me sentía en Las Vegas o en Nueva York escuchando a Barbra Streisand o a Cher.

De ese tamaño de evento estamos hablando, pero con varios ingredientes adicionales que lo convirtieron en algo más que un concierto, en una celebración.

Tengo la impresión de que todas las personas que llenamos el Auditorio Nacional esa noche no fuimos a divertirnos viendo un show, fuimos a rendirle homenaje a una de las figuras más famosas y queridas de todo el espectáculo de habla hispana.

Le juro que yo estaba ahí, mirando hacia todos lados, y en contraste con otras presentaciones donde veo al público instalado en la más descarada superficialidad o a los invitados especiales viboreando en muy mal plan en lo oscurito, sentí amor.

La gente se entregaba a Daniela con auténtica devoción y las pocas o muchas figuras públicas que andaban por ahí, la observaban con respeto, con admiración. Lo cual es poco menos que insólito en el medio artístico mexicano.

¿Qué fue lo que pasó ahí? Tal vez que la intérprete de “Yo no te pido la luna” se había visto demasiado prudente en su manejo de los conciertos en los últimos años.

Tal vez fueron los problemas de salud a los que se enfrentó o simple y sencillamente, porque tenía otras inquietudes. Se vale.

Lo bueno es que esta ausencia generó una ansiedad muy especial en sus fanáticos. La ansiedad de irla a buscar a donde fuera, la ansiedad de decirle: ¡Gracias por todo lo que nos has dado! ¡Te amamos!

Eso fue lo que pasó esa noche. Fue mágico. Además, no sabe usted qué show tan más hermoso.

Por un lado, Daniela nos hizo cantar, bailar, brincar; pero por el otro, nos recordó que ella, como casi nadie, ha sido la voz de algunos de los mejores compositores de la industria. ¡Qué letras! ¡Qué arreglos! ¡Qué ritmos!

Estructuralmente aquello era muy sólido y desde la perspectiva escénica, precioso.

El escenario estaba dispuesto para el mejor de los lucimientos y el más espectacular desfile de recuerdos.

No solo vimos fotografías personales y fragmentos de los legendarios videos musicales de esta luminaria, vimos a algunos de sus grandes amigos como Mijares y Francisco Céspedes.

El ballet, por su parte, era bastante bueno, pero lo que más me encantó fue la parte del vestuario.

Daniela se veía radiante en cada número, pero siempre fiel a su esencia, a su edad.

Lo que tuvimos enfrente no solo fue el concierto de una magnífica cantante, fue la presentación de una señora en toda la extensión de la palabra.

Y así, como señora, la Romo triunfó.

¿Cuántas otras señoras conoce usted, en el negocio del espectáculo mexicano, que llenen solas un Auditorio Nacional entre semana?

¿Cuántas otras conoce usted, de la generación de Daniela, que se asuman con esa clase, con esa dignidad?

¿Ahora entiende de lo qué le estoy hablando? Y no, esta mujer no está instalada en el pasado, no vive de sus recuerdos.

Está más dinámica y más activa que nunca, proyectándose hacia un futuro espléndido.

¿Me creería si le dijera que en plano espectáculo ofreció un fragmento de lo que será su nuevo disco de canciones inéditas? 

¿Quién más, en ese momento de su vida, hace eso? ¿¡Quién!?

México es un país rico en figuras pero pocas como Daniela Romo.

Qué privilegio haber estado ahí esa noche, haber sentido tanto amor, haber visto tanto talento. ¡Felicidades, Daniela! ¡Así se hace!

Y si  usted tiene oportunidad de ir al próximo Para soñar en noviembre, ni lo dude. Lo va a gozar tanto como yo. Se lo garantizo.

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