El pozo de los deseos reprimidos

La mejor telenovela

El martes fui a saludar a la productora y a los actores de la telenovela Qué pobres tan ricos de Televisa.

¿Por qué? Porque la amo, porque creo en ella, porque estoy convencido de que es el mejor melodrama seriado que tenemos en México en este instante.

Usted me conoce y sabe que yo casi nunca voy a nada. Imagínese lo emocionado que estoy con este proyecto que hasta me tomé fotos con algunas de sus estrellas.

¿Y por qué tanta emoción? ¿Qué hay en este título de importante, de diferente, de especial? La reivindicación de la figura del pobre en la televisión mexicana.

Le explico: Qué pobres tan ricos es una telenovela que narra, en un tono cómico, las aventuras de una familia de ricos que se ve obligada a abandonar su mundo de lujos para irse a vivir con una familia de pobres.

Obviamente no es la primera vez que nos enfrentamos a una emisión que maneje este tipo de contrastes. Acuérdese de El premio mayor, de Los Sánchez, de Una familia con suerte y de Corazón en condominio.

Solo que aquí hay algo que marca la diferencia y que se resume en una frase: pobre pero honrado.

Por alguna extraña razón, de un tiempo a la fecha, nuestra televisión se olvidó de sus orígenes.

En lugar de acordarse de que una parte fundamental de nuestra identidad está en la riqueza cultural de los pobres, como en las películas de Pedro Infante, equivocó el camino.

Nos comenzó a manejar la idea de que los pobres eran lo peor de lo peor, de que eran ladrones, secuestradores, asesinos, gente mala, fea, ignorante, floja, naca, grosera.

¿Resultado? Una desgracia. Por un lado, la ofensa. Y por el otro, un medio que en lugar de integrar al país, contribuyó a dividirlo, a fomentar el odio, a que los pobres vieran a los ricos como sus enemigos y viceversa.  

Los pobres no son pobres por gusto y en México sufren de una manera violentísima.

Póngase a pensar nada más en lo que pasa por la mente de todos esos millones de hombres y mujeres que además de luchar a diario por las cosas más básicas, encienden el televisor y se topan con programas que los ridiculizan, que los agreden. ¡Es terrible!

Qué pobres tan ricos es exactamente lo contrario, una telenovela que nos invita a integrarnos como nación, a que los ricos aprendan de los pobres, a que los pobres aprendan de los ricos y a que todos juntos nos reconozcamos, nos respetemos.

¡Es precioso! Es justo lo que México necesita en este momento. El principio de la paz, de una armonía.

Si usted observa con atención, los pobres de Qué pobres tan ricos no son caricaturas grotescas ni malhabladas de nuestras clases menos favorecidas.

Son personas admirables, con valores, con principios, que nunca se rinden, que trabajan de sol a sol, incapaces de cometer un delito, que buscan la superación, que sueñan con una vida mejor.

Por si esto no fuera suficiente, son gente hermosa, limpia, sana, pacífica, estudiosa.

No son personajes perfectos porque en la vida real nadie es perfecto, pero son algo muy distinto a lo que nos hemos acostumbrado a ver en televisión.

Yo no sé si todas las personas que participan en la creación y transmisión de Qué pobres tan ricos estén conscientes de lo que están haciendo, pero este título es un proyecto muy importante para nuestro país.

Es recordarnos nuestras raíces como pueblo, reconciliarnos como sociedad y, lo más bonito, divertirnos.  

Qué pobres tan ricos no es la típica telenovela mexicana donde los actores lloran, sufren, gritan y se arrastran una, y otra, y otra, y otra vez durante más de 300 capítulos.

Es una propuesta comiquísima, pero fina, y eso es algo que me llena de orgullo.

La televisión popular no tiene que ser televisión mala, chafa, barata.

Si usted mira con cuidado esta producción de Rosy Ocampo, va a descubrir que los chistes no son corrientes.

Están sustentados en situaciones verdaderamente cómicas y, por lo mismo, increíblemente críticas como en María de Todos los Ángeles.

E, igual, va a encontrar a un reparto de figurones como Jaime Camil, Sylvia Pasquel y Manuel Flaco Ibáñez, por mencionar sólo a unos cuantos, pero los va a encontrar cuidados, bien vestidos, bien iluminados, con bellas locaciones, con buena música.

Sí, yo sé que las telenovelas, como formato, no están pasando por su mejor momento en términos de imagen pública pero ésta, vale la pena.

No por nada, a pesar de estar en el peor horario de la gran pantalla chica, es un cañonazo.

No por nada también está funcionando en términos sociales y eso es algo que todos tenemos que celebrar. ¡Por fin hay algo bueno en la televisión comercial!

Luche por ver Qué pobres tan ricos. Diviértase con ella, estúdiela y reconózcala.

No todos los días la televisión mexicana puede presumir de contar con un proyecto tan positivo, tan bien hecho y que, al mismo tiempo, esté triunfando. ¿A poco no?  

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