El pozo de los deseos reprimidos

Algo muy malo

Piensa mal y acertarás. Estoy convencido de que algo muy, pero muy malo pasó este año en la industria de las telenovelas mexicanas.

Algo que tiene que ver con poder, con gobierno, con dinero, con censura, con conservadurismo, porque solo así existiría una explicación para el horror que millones de personas padecimos en este rubro durante 2013.

¿A usted no se le hace demasiada casualidad que nomás comenzó el sexenio de Enrique Peña Nieto y nuestros melodramas seriados se volvieron peores?

Salvo honrosas excepciones como Vivir a destiempo, Fortuna y Las trampas del deseo se nos acabaron los temas de conversación, las ideas, los debates que antes nutrían a la prensa, los escándalos.

De enero a la fecha, México, en contraste con lo que está sucediendo en otras partes del mundo, incluyendo a nuestros hermanos de Miami y de otros rincones de América Latina, se la pasó contando historias viejas, mediocres, absurdas, anticuadas.

Y produciéndolas con las patas. Barato sobre barato. Grabación exprés sobre grabación exprés. Improvisación, corrección al momento. Cero noción de la planeación, de la creación de un efecto, de un suspenso, de algo.

Si algunos títulos funcionaron o medio funcionaron en el último año no fue porque las multitudes hubieran enloquecido de placer con sus situaciones.

Fue porque, tristemente, muchos de esos hombres y muchas de esas mujeres no tuvieron ninguna otra cosa que ver en su paupérrima televisión abierta.

Es un asunto parecido al de los monopolios, el juego perverso de un sistema que casi no permite que el público reciba contenidos de calidad.

Y qué doloroso, porque si algo tuvimos de enero a la fecha en materia de telenovelas nacionales fue talento en pantalla.

El talento de grandes productores, directores, actores, escritores, musicalizadores, cantantes, diseñadores de vestuario, maquillistas, escenógrafos, administradores y posproductores.

¿Pero todo en función de qué? De un imperdonable retroceso.

Ver hoy los refritos de Marimar, Imperio de cristal, Bodas de odio, Lo que es el amor, Señora y Mi segunda madre, por mencionar solo unos cuantos ejemplos, es no tener dignidad, carecer del más mínimo amor propio, una vergüenza ante los mercados internacionales.

¿Por qué? Porque hoy, más que nunca, hay miles de cosas que decir, cientos de historias que contar, muchísimos personajes que crear.

Con razón las nuevas generaciones están migrando hacia las series o hacia los melodramas de otros países como Colombia, Corea y Brasil.

Con razón pasa lo que pasa con los ratings, con las ventas y con el impacto en las redes sociales. 

Cualquier parecido entre este retroceso y otros que nuestra pobre nación ha estado padeciendo últimamente no puede ser coincidencia. ¡No puede ser!

2013 fue el año en que las telenovelas terminaron de perder su prestigio.

Antes, si una estrella decía que estaba grabando un melodrama, todos la miraban con admiración. ¡Guau! ¡Te queremos! ¡Vales mucho!

Hoy, la miran con pena, con lástima. ¡Pobrecita! ¡Debe estar bien muerta de hambre! ¡Yo creo que ya nadie la quiere contratar!

A mí no me interesa si William Levy se puso peluca o si Anette Michel tiene un cuerpazo.

Me interesa que usted se dé cuenta de que así como estamos perdiendo muchos de nuestros grandes recursos nacionales, también estamos perdiendo las telenovelas.

En los últimos dos semestres nos quedó claro que vale mil veces más un proyecto mexicano grabado con capital extranjero, como La patrona, que la telenovela estelar de Televisa.

Los mismos actores, los mismos realizadores y hasta los mismos escenarios se vieron mejor, funcionaron mejor. ¿No es como para ponerse a pensar? ¿No es como para preocuparse?

Hacer un resumen anual de telenovelas en este instante ya no es lo que era antes, es un viaje a la depresión.

No solo vamos cada vez más hacia atrás, cada vez se diluye más el star system de nuestra industria y un negocio como el de los melodramas, sin star system no es nada. No existe. Está muerto. Apesta. Punto.

Por si esto no fuera suficiente, en el año que está por terminar, el acento de las telenovelas mexicanas dejó de estar en las mujeres para irse hacia los hombres.

En otros tiempos se hablaba de la telenovela de Verónica Castro, Lucía Méndez, Angélica María o Silvia Derbez.

Hoy hablamos de la telenovela de Víctor García, Sebastián Rulli, Víctor González, Fernando Colunga. ¿A usted no se le hace como haber perdido la brújula?

Sí, siempre habrá historias dignas como Mentir para vivir y bocanadas de aire fresco como Qué pobres tanricos, pero pesan muy poco ante errores como La tempestad, Libre para amarte y Qué bonito amor.

Piensa mal y acertarás. Estoy convencido de que algo muy, pero muy malo pasó este año en la industria de las telenovelas mexicanas. ¿Usted no?   

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