El pozo de los deseos reprimidos

Los homenajes a Chespirito

Y ahí estaba yo, deprimido, llorando a Roberto Gómez Bolaños, defendiéndolo de cualquier cantidad de ataques, cuando comienzo a ver las transmisiones especiales de El Canal de las Estrellas y Canal 5.

Lo poco que quedaba de mi sistema nervioso colapsó y en cuestión de segundos pasé del dolor a la furia.

Televisa arruinó la muerte de Chespirito, se la robó, la convirtió en un asunto corporativo, en luto nacional, en un circo.

Transformó aquello en un atascadero, en una oda a la cursilería, en un ejercicio de oportunismo.

Esas emisiones fueron tan, pero tan excesivas que a más de uno lo hicieron odiar a don Roberto.

¿Por qué? ¿Qué necesidad había? Televisa jamás había hecho eso. Al contrario, era una empresa famosa por despreciar a sus muertos.

Acuérdese de Raúl Velasco, Silvia Derbez, Fernanda Villeli, Luis de Llano Palmer, Capulina, Luis Reyes de la Maza y de don Ernesto Alonso, por mencionar solo a unos cuantos.

¿En qué momento sus cadáveres recorrieron las principales avenidas de la Ciudad de México perseguidos por un helicóptero? ¿A qué horas les transmitieron sus misas?

Sí, Chespirito era un genio, pero no ha sido el único ni en la historia de Televisa ni en la historia de la televisión mexicana.

Aunque uno no quiera, se comienza a enojar, empieza a sospechar, y no, no es porque exista la menor duda de que una corporación como ésa se pueda volver generosa de un día para otro.

Es porque lo que vimos del viernes al domingo pasado no fue un acto de generosidad, fue una manifestación de poder.

Cuando uno le está haciendo un homenaje a un ser amado que acaba de morir, no se la pasa repitiendo la frase “su casa, Televisa”, todo el momento, retransmitiendo los discursos de su señor presidente ni hablando de fiestas internas.

No, y ni hablemos concretamente de lo de ayer, porque entonces sí nos vamos a enojar. Aquello fue el poder, del poder, del poder.

Fue lo que nadie, ni nuestras más altas autoridades, hubieran conseguido en el Palacio de Bellas Artes o en el Zócalo.

¿Qué tiene de malo que una empresa como Televisa se haya apropiado de la muerte de un mexicano ilustre como Roberto Gómez Bolaños? Mucho.

¿Por qué? Porque esto le niega la posibilidad a la totalidad del pueblo de México, incluyendo a los enemigos y a los competidores de esa compañía, de velar, llorar, cubrir, compartir, analizar y hasta cuestionar algo que, por la magnitud de su protagonista, nos pertenece a todos.

Porque la muerte no es propiedad de nadie, porque un contrato de cesión de derechos, de exclusividad o de lo que sea, no puede ir más allá de la vida. Es perverso.

¿Qué garantía van a tener decenas de figuras públicas, a partir de ahora, de que las van a respetar cuando llegue el momento de su muerte, de que no van a molestar a su familia, de que no van a hacer negocio con su fallecimiento?

México se la está pasando mal. No necesito recordarle nada de lo que le está dando la vuelta al mundo, nada de lo que ha llevado a miles de personas a salir a las calles.

Imagínese usted el impacto de haber sufrido tantas tragedias sin que ninguna de ellas llevara a más de uno o dos programas a declarar algo parecido al luto.

Y que de repente, por la muerte de Chespirito, las pantallas más importantes de los canales más poderosos de México coloquen moños negros en señal de duelo.

Sí es como para volverse loco. Obviamente, no se trata de hacer un concurso para ver qué desgracia pesa más que otra, pero sí representa algo, sí manda un mensaje, sí es como para que muchos se enojen. 

¿Ahora entiende cuando le digo que mi sistema nervioso colapsó? Ya no hay respeto ni profesionalismo.

No me caben en la cabeza muchas de las barbaridades que se hicieron y se dijeron en esas transmisiones especiales.

¿Por qué los señores de Televisa no colocaron las repeticiones de los programas y de las películas de Chespirito en un orden que nos hiciera apreciar su evolución y grandeza?

¿Por qué metieron todo al aventón, cosas muy malas con cosas muy buenas, sin un presentador que nos pusiera en contexto, que nos fuera diciendo, por ejemplo, cómo fueron apareciendo cada uno de los personajes de este gran autor?

¿Cómo es posible que Laura G haya cubierto la parte más delicada de esos especiales, la de la misa en San Ángel, preguntándole a la gente cosas estúpidas en un tono eufórico?

Édgar Vivar casi le mienta la madre cuando lo entrevistó. No se puede ser más insensible en la vida.

¿Y qué me dice de los comediantes de Sabadazo, de la explotación estratégica de luminarias como Chabelo, de las personas que fueron, porque las obligaron o de las que estuvieron solo ahí para lucirse?

A don Roberto todavía no lo enterraban y ya se estaba revolcando del asco.

Qué feo. De veras. Y yo que estaba deprimido, llorando y defendiendo a Chespirito. Y yo que, como muchos, lo quise de verdad.

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