El pozo de los deseos reprimidos

La guerra de los mundos

Estoy acostumbrado a provocar muchas cosas con mi trabajo, pero lo de ayer fue histórico.

Desde muy temprano por la madrugada, decenas de personas me comenzaron a buscar para felicitarme, porque, según ellas, por fin alguien se había atrevido a decir “la verdad”.

Y las que no, enloquecían en las redes sociales asegurando las cosas más insólitas que usted se pueda imaginar, desde que el crimen organizado me estaba protegiendo hasta que yo tenía en mi poder documentos confidenciales del mismísimo gobierno federal.

Al principio decidí no hacer nada. Dije: “¡bueno! terminarán de leer y llegará un momento en que se darán cuenta de la verdad”.

Pero no, a medida que pasaban las horas la cosa creció, creció y creció. Le juro que sentí miedo.

¿Y qué fue lo que pasó? Algo muy triste, la gente comenzó a opinar sobre mi trabajo sin revisarlo y, peor tantito, a moverlo sin leerlo completo. ¿Resultado? Una catástrofe.

¿Pues qué fue lo que hice? Una crítica muy severa a todas las leyendas que se han generado sobre la captura de El Chapo Guzmán.

La idea era provocar a los lectores a través de una estructura donde comienzo planteando una mentira, exactamente tan alucinante como las cosas que se dicen en las redes sociales, para que, al final, todos hagamos una reflexión sobre lo que está pasando.

¿Y qué es lo que, según yo, está pasando? Que un montón de personas solo quiere aceptar lo que le conviene como si las noticias fueran algo que se prepara al gusto del cliente. ¡Y pues no! ¡No es así!

La información es lo que es y, aunque no nos parezca, la tenemos que aceptar.

No es la primera vez que utilizo esa estructura. Hasta me da vergüenza decírselo, porque es un lugar común de la crítica. Si usted se mete a la hemeroteca comprobará que la uso desde hace más de 20 años.

La bronca es que miles de lectores únicamente leyeron la cabeza, si no es que solo uno o dos párrafos del principio del texto. ¡Y estalló la bomba!

¿Me creería si le dijera que hubo profesionales del periodismo mexicano que me llamaron para preguntarme el minuto exacto, en el capítulo uno de Destilando amor, en donde aparecía Heriberto Goyeneche?

¡Heriberto Goyeneche no existe! ¡Es un nombre que yo me saqué de la manga para evidenciar el grado de alucinación que hay en las cosas que se están inventando en muchos lados sobre la noticia más importante del año!

No, y eso fue lo de menos. Lo grueso es que, según esos cibernautas, que son los que más atacan a las figuras públicas, porque no leen, porque no hablan inglés o porque no saben de cultura, yo estaba afirmando que el señor que capturaron el 22 de febrero era un actor de Televisa.

Si usted revisa con detenimiento la columna, todo está claro.

Hay un momento, como a la mitad, en el que rompo con la narración, en el que aclaro que estoy escribiendo eso, porque es lo que la gente quiere leer y desde ahí arranco con las reflexiones.

Objetivamente no es un texto complicado. Usted sabe que a mí me gusta jugar con las estructuras y que he hecho cosas tan sofisticadas, a base de puntos inconexos que a medida que uno va leyendo se van combinando hasta crear un todo, que hasta me han citado en varios libros de periodismo.

En esta ocasión, no. Era una columna sencilla, básica. Lo que más me preocupa, como le dije a una amiga, es que todo ese escándalo que se generó no solo confirmó la tesis de ese texto, que era que la gente solo cree lo que quiere.

No, a mí, en lo personal, me confirmó algo todavía más delicado: que muchos hombres y que muchas mujeres del siglo XXI ya no leen, que solo se van con una frase y opinan. Punto.

Aunque usted les ponga un link de otro color para que lo seleccionen y se vayan directo a la columna, no lo pican.

Un amplio sector del público no quiere leer ni siquiera los 140 caracteres del Twitter, solo quiere opinar. Goza opinando, se divierte atacando, se siente importante insultando, destruyendo.

El problema es que si no se lee, ¿cómo se genera el debate? ¿Cómo le vamos a hacer para hablar de lo mismo? ¿Cómo nos podemos tomar en serio unos a otros?

Créame que estoy en shock, porque, por un lado, hay una parte en mí muy apenada con este fenómeno, una parte que le ofrece a usted una disculpa si en algún momento se vio afectado con ese texto.

Pero, por el otro, ¿cómo le voy a hacer para escribir ahora? ¿Voy a tener que hacer puros textos cortos, obvios y condescendientes?

¿Voy a tener que dejar de pensar que usted es un lector de verdad que, cuando se acerca a una columna de opinión, reflexiona, participa y espera algo más que lo que cualquier persona le puede dar gratis en las redes sociales?

Perdóneme, por favor, por escribirle hoy de esto, sobre todo en este espacio que está dedicado a la televisión, pero el escándalo no fue para menos y estoy genuinamente desconcertado. No sé qué hacer. 

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